No habría habido forma de explicar la derrota del Madrid. Así que el empate es un alivio clasificatorio e intelectual. No tenía sentido que un equipo que había hecho tantas cosas bien perdiera el partido, y tampoco era de justicia que lo ganara quien se había empleado durante más de media hora a defender su suerte, pecaminosamente conformista.

Al final, el Madrid saca más que un punto del Borussia Park: demuestra que tiene razón, que el compromiso colectivo eleva al equipo y en la máxima elevación posible sólo se echa en falta una cosa, lo de siempre, el gol, o para ser más exactos, la facilidad para hacerlos, la conversión natural del buen juego en goles.

Queda por resolver, por tanto, la distancia entre el dominio y las ocasiones, entre las ocasiones y los remates, y entre los remates y los goles. Es difícil jugar mejor de lo que lo hizo el Madrid en la primera parte, sin perder de vista que este Borussia es un equipo a tener cuenta, fresco y vertical como el Atalanta de la pasada Champions, inteligente en sus movimientos y esplendoroso en su condición física. Pese a todo lo anterior, que no es poco, el Madrid mostró su afán por imponerse, desde la presión y desde la pelota, pero también desde un dinamismo en las ayudas defensivas y ofensivas que no habíamos visto en mucho tiempo.

El equipo de Zidane (también es suyo cuando se juega bien) tenía al Gladbach contra las cuerdas cuando Thuram marcó en el minuto 33. No fue un churro, ni una casualidad. Sucede, simplemente, que los alemanes han desarrollado un depuradísimo sistema para salir al contragolpe en el menor número posible de pases. Y después no perdonan. Sin embargo, esta amenaza, bien conocida, debía ser compensada marcando más goles que el rival. A esa faena se puso el Madrid con el mejor Asensio de la temporada, con Valverde y sus botas de siete leguas, y con un Lucas reconvertido en Jesús Navas. Sólo Vinicius parecía por debajo del resto: empieza a ser ley que toma siempre las peores decisiones.

Ante semejante panorama el gol del Borussia no tenía sentido, y tal vez por eso no afectó al Madrid, que volvió del descanso con la misma convicción y energía. Cuando tuvo de nuevo contra las cuerdas al enemigo, Thuram marcó el segundo. Faltaba media hora y los alemanes participaron voluntariamente del asedio del Madrid. Se echaron atrás y lo fiaron todo al reloj, o quizá a un contragolpe improbable por la falta de efectivos. Fue peor que una imprudencia temeraria. Fue un acto de ignorancia supina.

El Madrid percutió y percutió, hasta el punto de convertir el gol en una cuestión de probabilidades. Muchas en este caso. Consecuencia: Benzema acortó distancias en el 86’ y Casemiro empató en el 92’. En seis minutos, los últimos, se pasó de morir a vivir; con cierta inquietud, pero vivos. Y con un plan que sirve para puntuar hasta cuando la suerte dice no.

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