Es una lástima que todo el análisis que merece un gran partido se reduzca a discutir un penalti y la pérdida de tiempo es todavía más dolorosa cuando el penalti es claro. Lenglet agarró a Sergio Ramos dentro del área y eso, además de una imprudencia temeraria, es penalti. En un instante de enajenación mental transitoria, el central francés (notable antes y después) se olvidó de la existencia del VAR, del mínimo decoro y pasó por alto que en un Clásico hasta el Meteosat te saca fotos. Lo suyo no fue un forcejeo; fue un agarrón en toda regla que puso a prueba la óptima elasticidad del poliéster termoplástico.

El hecho es tan evidente que quienes denuncian otro favor al Madrid se acogen a la quinta enmienda y reclaman un empujón anterior de Sergio Ramos, un movimiento sibilino que anularía el agarrón posterior y las tres últimas Copas de Europa. Yo no lo veo, sinceramente. Aprecio que Ramos hace por zafarse de Lenglet cuando ya está agarrado y observo que, al no llegar al balón, el madridista se tira y gesticula para llamar la atención del árbitro. Es cierto que hubiera sido más educado levantar la mano o carraspear, pero la reacción no anula falta, como tampoco el hecho de no ser derribado, pues los agarrones con derribo están más cerca del judo que del fútbol.

No es exacto, por tanto, decir que el penalti desequilibró el Clásico. Lo más adecuado es señalar que lo desequilibró Lenglet y fue su torpeza la que afectó decisivamente a la moral del Barça, lo que dice poco de su fortaleza anímica. Hasta entonces, el encuentro circulaba por la fina línea del empate técnico, algo sugerido ya en el inicio del partido: Valverde marcó a los cinco minutos y Ansu Fati igualó a los ocho. En ambos casos, los goles nacieron de pases filtrados (infiltrados, más bien) a la espalda de los defensores.

Lo que siguió alternó el intercambio de golpes con los momentos de tanteo, mejor el Barça mientras a Messi le duró el resuello (o el optimismo) y mejor el Madrid cada vez que Benzema tocaba la pelota, siempre la devuelve con un plano.

Es obvio que los madridistas venían espoleados por las críticas. Ya hemos comentado en alguna ocasión que nada motiva tanto a un jugador como un avieso periodista. El día que lo entiendan así los entrenadores asistiremos a un fructífero pacto de colaboración y, a ser posible, a un equitativo reparto de las primas.

Zidane corrigió un problema cuando dio entrada a Lucas por el lesionado Nacho. Sin Modric de titular ganó músculo en el mediocampo y lo demás fue una simple cuestión de actitud. Si el equipo aprieta a tope el acelerador oculta la mayoría de sus defectos estructurales, al menos en España. El error de Koeman fue la inacción. No supo reaccionar a la pifia de Lenglet y el equipo se deshizo ante sus tintinescas narices. El Madrid fue superior en el último tramo y se hizo perdonar pecados recientes.

La cara de Messi cuando Modric hizo el tercero fue un poema, otro. Miró al infinito y recordó las barbacoas con Luis Suárez, los viejos tiempos, cuando todavía quería y podía. Es posible que se acordara también del 2-8 porque hay heridas que se abren fácil. Y este nuevo golpe exige tres puntos más de sutura.

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