Hay pocas cosas que desnuden más la forma de ser de las personas que el modo de relacionarse con el paso del tiempo. De la asunción natural de su inexorabilidad, gente cabal e inteligente, a los que no lo aceptan y son capaces de ridiculizarse hasta extremos insospechados para camuflarlo.

En este segundo grupo, sorprendentemente, a veces encontramos gente muy válida en sus negociados, pero que a la hora de mirarse a sí mismos no hacen gala de esa inteligencia y no se rodean de gente sincera alrededor para abrirles los ojos.

Lo de abrir los ojos es un decir, porque hay algún famoso/a que no los puede cerrar tras los continuos estirados de piel. Yo lo paso fatal cuando se ríen y meriendan en ese programa vespertino que está plagado de retocados (en todas las acepciones de la palabra). Sufro porque los remates no aguanten y les salten los puntos tras una carcajada o un bocado. Eso tiene mucho peligro, es como un tirachinas de piel que te puede desgraciar un ojo si no mantienes la distancia. Como además, por mor de las operaciones y la ingesta de sustancias, casi nadie los tiene cerrados, la tragedia puede ser irreparable.

Ya lo estoy viendo: Sálvame Pirata (Presentado por Padilla, pero no Paz, sino el torero…)

Si no entiendo a los famosos que están forrados y se operan sin conocimiento, con resultados lamentables en muchos casos, cuanto menos a los que encima están pelados y lo hacen como inversión en su notoriedad. Pagan los arreglos con lo que obtienen de la posterior exclusiva; ya sea de la revista de corazón de turno si sale bien, o de las de misterios y fenómenos “para anormales” si sale mal.

Como decía el genio Gila, valga la redundancia: «Uff, por ese dinero le puedo dejar la cara del martes pasado…».

Aparte del estiramiento, los retoques más demandados son el aumento de pecho (de tamaño, no de cantidad), el aumento de labios (de arriba, por lo general), el arreglo de narices que tiene un precio ídem y últimamente va ganado posiciones el blanqueamiento de ano… Tiene que estar uno o una muy tarado tan sólo para plantearse esta posibilidad. No digo nada ya de llevarla a cabo y encima pagar. Qué clase de vida social lleva una persona que tiene que enseñar el culo, y bien abierto, en su día a día. ¿Y qué espera de los pobres que tengan que observarlo por cualquier razón que se me escapa? Oh Glutano, que ojete más deslumbrante tienes hoy, necesito las gafas de sol…

El mundo de la cosmética también mueve miles de millones con sus embaucadoras campañas de publicidad ofertando la eterna juventud, cremas antiarrugas, anti-edad, revitalizantes, reafirmantes…  Tienen menos credibilidad que el técnico de lavadoras que recomendaba usar un anti cal para quedarse en el paro…

Las hay con ácido hialurónico, con aceite esencial de lavanda, con antioxidantes, extractos de papaya, aloe vera plus 100%, baba de caracol y ahora también soluciones veganas…  Y anunciándolas hombres y mujeres que no las necesitan. Yo encuentro paralelismos en su lenguaje eufemístico y vendehumo con el que se utiliza en mi sector, el financiero. Es sorprendente cómo las acciones suben, pero no bajan, corrigen… Hablar de recogidas de beneficios para justificar un desplome también tiene su guasa. Volviendo a los potingues, no lo tengo probado científicamente, pero creo que embadurnarse de alioli conseguiría mejores resultados. Y ojo, nos garantiza la distancia de seguridad toda la pandemia. Win win.

Siguiendo con el aspecto físico, se ha puesto de moda ahora entre los hombres injertarse pelo y en las mujeres se ha sofisticado tecnológicamente la eliminación del mismo. Al final es una suma cero entre el quitar y el poner de unos y otras.

Lo de disimular el cartón viene de lejos, y a todos nos viene a la mente un famoso político que popularizó la ensaimada en el País Vasco y al que los pronósticos de ventiscas causaban gran desazón.

Si nos paramos a pensar, hay presidentes, hay tenistas, entrenadores de primer nivel, que tienen el dinero por castigo y que no están consiguiendo resultados. Si la alopecia avanza inmisericorde para ellos, cómo lo hará para los ciudadanos de a pie.

Más vale ser calvo y sincero, que trasplantado y con cero (en la cuenta del banco).

Otros, lo que hacen para autosugestionarse de que para ellos no pasa el tiempo, es vestirse como si tuvieran veinte años. Todos hemos visto esa colegiala con trenzas de espaldas, que cuando se vuelve torna en actriz de The Walking Dead. O ese sesentón con pantalones ajustados de cuero que parece el padre de Peppa Pig. Se creen que tienen toda la vida por delante y la tienen por detrás.

Les saldría más barato invertir en espejos y básculas que en renovar el armario cada dos por tres para seguir a la última moda. Olvidaos, no la vais a alcanzar.

Con los gimnasios pasa algo parecido a los bancos. Si un día, por lo que sea, les da a todos los socios la ventolera de ir a la vez, tenemos una tragedia. En los segundos, basta con que sea más de un 8% de la clientela el que se persone a retirar el dinero para hundirlo. Y eso es más inquietante.

El primer día somos todo positividad y motivación. El segundo parecemos C3PO y cualquier movimiento nos hace ver las estrellas por las agujetas. Salimos sin calcetines, aunque sea enero, por no pasar el trance de ponerlos. El tercer día tenemos un trancazo de cuidado y se multiplica el dolor muscular. En el cuarto… el cuarto de estar y el sofá sustituyen a la colchoneta y la manzanilla al Gatorade. Con pajita para no doblar los brazos.

Reconozco que no soy un experto en la materia: escucho rinoplastia y me suena a equipo de baloncesto croata, para mí los aceites son esenciales en la tostada del desayuno y la aromaterapia que funciona conmigo es el olorcillo que acompaña a las gambas a la plancha. Pero en lo que me reafirmo es en que a mí me gusta cumplir años. La alternativa no me acaba de convencer.

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