De los placeres asequibles que nos ofrece la vida, la música es indudablemente uno de los más preciados. Dice mucho de las personas descubrir qué manifestaciones culturales son sus preferidas; para mí, la que nos ocupa. Y lo importante no es el conocimiento que se tenga sobre la materia en cuestión, sino la actitud y el esfuerzo que se dedica para aprender más allá de la convencionalidad. “Por sus músicas los conoceréis”, se dice en la Biblia. En la carta de Juan y Pablo (Lennon y McCartney) a los corintios y a los fitipaldis.

A mí me acompaña siempre de una u otra forma y la elección adecuada para cada momento es siempre un desafío. Intervienen muchos factores en esta liturgia sagrada, incluso las letras. Os cuento con ejemplos como voy eligiendo, y si os sirve para descubrir algún grupo o disco, miel sobre hojuelas. A mí me encanta que me descubran cosas nuevas, salvo los bancos.

Y ya, de paso, rindo mi humilde homenaje a algunos de los músicos que me han hecho feliz en muchos momentos de mi vida.

No me gusta etiquetar, pero si hay que hacerlo soy muy partidario de esta definición: “Sólo hay dos tipos de música, la que te toca el corazón y la que te toca los cojones”. Se le atribuye a ese ejemplo de coherencia vital que es Rosendo Mercado y a mí me vale, no voy a indagar por si acaso es de otro. 

Alejandro Sanz en cambio dice que “La música no se toca”. Y luego no hace más que perpetrar discos, a ver si se aclara.

Un consejo antes de empezar la singladura: no pongáis una canción que os guste como melodía del despertador en el móvil para los días laborales. De nada.

Por la mañana, normalmente, apetecen sonidos potentes para desperezarse. Du Hast de Rammstein, la patriarcal Morning Glory de Oasis o Jailbreak de Thin Lizzy son perfectas como complemento a ducha y café, para ir a la colocación con ánimos. Ha sido hablar de la colocación y me ha venido a la mente Extremoduro. Asociación de ideas se llama.

Para los momentos de lectura tengo dos opciones principalmente: bandas sonoras de películas y series o música clásica. Desplat y Mahler son los elegidos últimamente en la rotación. Combinados con Carol Joyce Oates o Camilleri maridan a la perfección. Pero vamos, que Ibañez o Bill Watterson con La Cabra Mecánica están al mismo nivel de excelencia, no vamos a ponernos exquisitos.

En los viajes en coche hay que diferenciar los trayectos en ciudad o en carretera. Para los primeros mejor balas directas, que busquen la satisfacción inmediata canturreándolas y que se puedan interrumpir sin que suponga un gran problema por llamadas, repostajes o detenciones… Ramones, Los Enemigos, The Black Keys, Frank Turner, Foo Fighters, Jonathan Richman, The Cult y Great White valen como ejemplos.

En los viajes largos, me gusta más elegir discos completos, directos o selecciones de varios artistas pero con un nexo de unión lógico conceptual, que me permita zambullirme dentro durante el rato de escucha. Trabajos que demanden más esfuerzo y tiempo para sacarles todo el jugo que encierran. De todo tipo de música eso sí, la que pidan cuerpo y momento.

Joe Bonamassa, Wilco, The National, Bach, Sia, Alisdair Frasier, Tool, Juan Diego Flórez, Stevie Ray Vaughn o Puccini han sido mis copilotos de lujo por la estepa castellana.

Pocos quehaceres más adecuados a la compañía musical que cocinar, porque las posibilidades son infinitas. Podemos relacionar geográficamente la combinación y preparar unos espaguetis a la amatriciana degustando una pinta de Guinness y escuchar intercalados temas de Vasco Rossi y Dropkick Murphys. Qué el plato elegido es una moussaka, Eleftheria Arvanitaki para transportarnos al Pireo.  

La ambientación musical del cocido pertenece por derecho a Burning y a Rosendo, pero si hablamos de carne irrumpen de guarnición Los Super Ratones o Charly García en los asados, y Platero y tú para las modalidades a la brasa. Aunque, pensándolo bien, para estos últimos la pareja ideal sería Alex Ubago.

Tampoco hay que ceñirse a este guion de manera estricta, porque como no sé preparar ningún plato australiano y me encantan AC/DC y Tash Sultana, hay que hacer concesiones. Los primeros para recetas clásicas e infalibles y la segunda para innovaciones arriesgadas.

Cuando la elaboración culinaria se prolonga, la reserva de cervezas mengua en proporción y acabo escuchando a Jeff Healey o Ray Charles por mimetismo sensorial. Hay veces que me he encontrado echándole queso rallado a la fregona pensando que eran papardelles.

Con la comida americana busco el acomodo sonoro en grupos y solistas de aquellos lares, menos conocidos y que he descubierto gracias a las recomendaciones impagables de mi cliente/amigo Javier. Él me ha descubierto a The Wild Feathers, a The Felice Brothers o a A. J. Legrand. Entre los que he encontrado yo tirando de sus hilos: The WashersSons of Bill o los increíbles Wiretree de Austin, Texas. El grupo con la relación calidad-repercusión más injusta que conozco. Recomiendo fervientemente sus canciones Whirl o Big Coat.    

MÚSICOS con mayúsculas que no se preocupan por idiotizar a la gente en redes sociales, por pasar más tiempo de promoción que en los estudios, por hacer declaraciones altisonantes y fuera de lugar para estar en el candelero, por opinar de lo que no saben o participar en concursos de talentos guionizados y tramposos. Músicos que viven para la música y que nos hablan con sus instrumentos. Y no les hace falta nada más para entrar en nuestros corazones y hacerse fuertes allí.  El problema siempre ha sido llegar a estas joyas ocultas, que no existen para los canales convencionales y las radios fórmulas. (Desconozco si Fernandisco se ha actualizado y es ahora Fertreaming o Spotifer, y si dejó pasar la oportunidad única de llamarse Fercedes). Hoy en día esto ya no es excusa, porque los medios a nuestro alcance son infinitos (como el torero de Córdoba que nunca se retiraba). 

Para mí, existe un gran ejemplo de genialidad incomprendida; una banda compuesta por un puñado de talentos descomunales que no se preocuparon demasiado por el negocio discográfico y el marketing, y que por tanto no trascendieron como merecían en la historia de la música popular. Es uno de mis grupos favoritos por muchas razones, pero una muy especial. Cuando yo tenía ocho o nueve años, mi padre cometió la imprudencia de llevarme al cine a ver un documental musical llamado The Last Waltz. Filmada por un tal Martin Scorsese, y que contaba un concierto de despedida de un grupo. En el momento, no puedo decir que saliera encantado, pero esa semilla se quedó dentro y fue germinando a medida que crecí y escuché el disco —numerado— de la banda sonora que teníamos en mi casa. Todos los invitados en esa celebración eran mucho más conocidos que los protagonistas: Eric Clapton, Van Morrison, Bob Dylan, Muddy Watters, Dr. John, Joni Mitchell… Un auténtico dream team. Como esto sucedió en 1977, me imagino que el zumo de piña corrió a raudales entre bastidores.

Es uno de los álbumes que más he escuchado en mi vida sin duda, una auténtica gozada.

Aquellos cinco tipos, a los que rindió más pleitesía la flor y nata de la industria musical que el público, eran, son y serán THE BAND.

Robbie Robertson y Garth Hudson todavía están entre nosotros, Richard Manuel, Rick Danko y Levon Helm ya nos dejaron. Full de muertos-vivos…

Estos días he visto un documental estupendo sobre su historia que se llama Once were brothers que también recomiendo a quién tenga la suerte de poder descubrirlos por primera vez. 

Para escribir esta crónica casera de hoy me he puesto un disco de los Stafas, actual banda de uno de los mejores y, por desgracia, menos conocidos creadores musicales de este país: Michel Molinera. Como además es amigo, me permito el atrevimiento de pediros a los más rockeros que dediquéis un ratillo a escuchar alguna de sus coplas, que os van a gustar. 138.252 Euros por ejemplo, que habla sobre los atentados de Atocha y pone la carne de gallina.

Coincidamos o no en gustos; escuchad lo que os mueva, lo que os toque el corazón y os lleve al estado de ánimo que os apetezca en cada momento, sin atender a modas, recomendaciones robóticas, campañas de marketing, tendencias o intereses de otros. 

La música es un amplificador de emociones, de sentimientos, y la vida sin ella es menos vida. Decía Ramón Trecet, y decía bien, una frase que resume en dos líneas lo que yo he tratado de explicar en muchas más. Lo hacía siempre al despedir su mítico programa Diálogos 3, referente para una inmensa minoría de mi generación.

“Buscad la belleza, es la única protesta que merece la pena en este asqueroso mundo”.

Amén.

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