Muchas veces, a lo largo de nuestra vida, nos encontramos a personas que, tras una primera impresión, parecen estar llamadas a ser, no solo parte indisoluble de nuestra historia, sino también fieles escuderos en este camino que todos iniciamos y abandonaremos algún día. Sin embargo, aquella hermandad que se anticipaba tan clara en un comienzo, empieza a diluirse más rápido que la sacarina, y lo que parecía amistad torna en indiferencia, y esta indiferencia deja un poso de decepción.

Así fue más o menos el recorrido que tuvieron el escritor César González-Ruano y Marino Gómez-Santos, quien publicó en la editorial Renacimiento César González-Ruano en blanco y negro. El título no podía ser más acertado. A lo largo de sus páginas somos testigos de la vida de un hombre con luces y sombras, luces en lo profesional y sombras en lo personal. Todo ello desde la atenta mirada de un testigo de primera mano, Marino Gómez-Santos, que conoce al escritor al poco de llegar al Madrid de la posguerra.

En un primer momento, la impresión que le merece César González-Ruano es buena. El primer encuentro tiene lugar en el Café Gijón, donde el afamado escritor deja su artículo para ofrecerle al recién llegado café y tabaco, mientras se interesa por su viaje a Madrid. César González-Ruano apadrina en un primer momento a Gómez-Santos y le da valiosas lecciones para un escritor:

“No hay que insistir. Si no se te ocurre nada hoy, mañana se te ocurrirá. El escritor es como el gato que echa de menos el cajón de serrín”.

“No leo los artículos por lo mismo que no se miran al espejo los feos y los viejos”.

Ese caballero de la triste figura que era Ruano adoptó a un joven Gómez-Santos, con el que pasó mucho tiempo de tertulia y acción. Junto a él, Gómez-Santos visitó a Pío Baroja, a Azorín, al actor Enrique Chicote, a Somerset Maugham, a charlas con Camilo José Cela… Y en este ir y venir, Gómez-Santos se da cuenta de que su padrino literario es poco más que un malvado Carabel que sí cumple con su destino.

Para los lectores que lo desconozcan, El malvado Carabel es una novela de Wenceslao Fernández Flórez —al que Ruano envidiaba porque cobraba el doble que él por sus artículos—, autor del famoso El bosque animado, en la que su protagonista, harto de la vida de oficina, de ser una buena persona a la que todo el mundo toma el pelo, torna en vil ladrón… o al menos lo intenta. Resulta ser un ladrón pésimo pues, por mucho que se disfrace, no puede ocultar su buen corazón. En el caso de Ruano ocurre al contrario. Vemos a lo largo del libro que es un ser sin compasión, sin empatía, un adorador del yo que roza la psicopatía.

Valgan dos ejemplos. Ruano se casó con Esperanza Ruiz Crespo en 1926, inteligente escritora y periodista. Con ella tuvo una hija, María del Rosario, Charito. Pues bien, este pájaro no tuvo problema en abandonarlas a su suerte en plena Guerra Civil mientras él disfrutaba de su corresponsalía en Roma y en Berlín. Durante tres años comieron algarrobas y cáscaras de melón cocidas. Esperanza donaba sangre para ganar veinte duros y un bote de leche condensada o una barra de pan. Su hija de nueve años tejía para los soldados. Esperanza pudo divorciarse de Ruano en 1937, dos años antes de que Francisco Franco volviera a prohibir el divorcio.

En Berlín se le atribuyen a Ruano acciones funestas. Gómez-Santos prefiere no pisar sobre terreno mojado, pero el periodista Placid García-Planas da buena cuenta de ello en un libro en el que demuestra que Ruano extorsionó a judíos durante su estancia en Berlín, algo que le hizo ganar bastante dinero.

Pero el hecho que deja a este escritor en peor lugar es, a mi modo de ver, el modo en que trató a su madre al final de su vida. Rosario, en sus últimos años, padecía un tipo de demencia. Permaneció “encerrada en un cuarto lóbrego, con una cama y dos armarios de luna”, escribe Gómez-Santos. Ruano terminó por llevar a su madre a una residencia del barrio de la Guindalera, provista de un mínimo equipaje. “El ambiente interior de aquella casa fuertemente enrejada era patético. En una sala grande y mal iluminada, permanecían enjambrados unos pobres seres de ambos sexos… César dejó depositada a su madre en aquel lugar y se fue a unas Jornadas Literarias en Extremadura. No volvió más a visitarla”.

Una noche, en medio de una tertulia a la que asistió Gómez-Santos con Wenceslao Fernández Florez y los marqueses de Santa Amalia, recibió una llamada de la residencia. Su madre había muerto. Sin embargo, el escritor continuó como si nada y no fue hasta la mañana siguiente cuando indicó a Gómez-Santos el motivo de la llamada. “Me parecía antisocial suspender la tertulia”, adujo. El mismo día en que su madre había sido enterrada, marchó por la tarde a ver a Gregorio Marañón, a quien hace la pelota en múltiples cartas, siempre con un interés oculto.

Gómez-Santos va alejándose cada vez más de Ruano, cada vez más perplejo por su falta de ética. Ruano, consciente de esta lejanía cada vez mayor, aprovecha para hacer algunos comentarios deshonestos sobre el que había sido su amigo en diversos artículos. Ruano fue un golfo, bohemio, mujeriego, bebedor y fumador empedernido. Un tipo, a su vez, dotado de un gran carisma con el que conseguía ganarse a todo tipo de personas.

Prueba de esté imán que poseía es una carta de Jardiel Poncela de la que da cuenta Gómez-Santos, en el que se percibe claramente el cariño que tenía por él. Y es que, César González-Ruano, siendo un canalla, era un gran encantador de serpientes. Su egoísmo y escasa altura moral es equivalente a su acidez y talento para escribir.

Sus problemas de salud le obligaron a pasar veinte años abstemio, pero en los últimos momentos de su vida retomó el alcohol. El capítulo final de su vida corresponde a un período anodino, en el que César González-Ruano se siente solo y en el que no deja de autocompadecerse. En este triste final hay un paréntesis, su viaje a Nueva York. Como Alfredo Landa en tierras alemanas, Ruano describe con gracia la tremenda impresión que le produjo la que para muchos es la capital del mundo.

En un club de jazz, asiste a un concierto de Ella Fitzgerald, a quien describe de la siguiente forma: “Una negra famosa, muy gorda, especializada en el jazz. Canta con voz bronca, aires broncos del Sur, de Nueva Orleans. Una como cachondería húmeda y triste”. También merece la pena recordar cómo escribió sobre su paseo por Harlem: “Hay un momento en que no se ven más hombres o mujeres blancos que los maniquíes en los escaparates. No hay maniquíes negros. Harlem da cierto miedo, aun de día. Cuando me quedé solo me metí en Harlem de hoz y coz. No pasa nada. Entré en algunos bares y paseé ya de noche por sus calles. Pensé que si me mataban tampoco quedaba mal para la biografía. Y además, ¿qué es lo que podían matar en mí? ¿Acaso unos meses? Pero no me mataron”.

Así es, no le mataron. Pero su mala conciencia y malhacer emborronó para siempre su trayectoria literaria. Murió bastante solo. Eso sí, con una leyenda negra a sus espaldas que, en el fondo, y como se trasluce en el libro, siempre buscó.

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