Estimado P.:

La semana en que España se despeñaba, curva arriba y cuesta abajo, hacia el estado de alarma, el Madrid parecía querer identificarse con el ambiente del país. Las derrotas ante el Cádiz y el Shakhtar Donetsk habían colocado a Zidane en el disparadero y abierto un cisma entre los aficionados, divididos claramente ya entre los del “con lo que nos ha dado” y los del “con lo que nos quita”. Yo, que siempre me las apaño para caer mal a todo el mundo, seguía fiel a mi idea que tantas veces te he explicado: el primer Madrid de ZZ, plagado de estrellas, demostró una exuberancia arrolladora en la que todos los finales eran felices; sin embargo, tras su retorno encontró un equipo con algunas carencias en la delantera y el medio del campo, en aquel momento no necesitado de una revolución, aunque sí de una transición. El francés tapó los huecos como pudo entre la inclusión de Valverde y una italianización de la propuesta, pero con el transcurrir de los meses los agujeros del calcetín se fueron agrandando. A cada día que pasa la plantilla requiere de más celofán, y muchos dudan de que se trate del lampista adecuado.

Por otro lado, el baloncesto, durante los últimos años bálsamo de Fierabrás que permitía aliviar los males cuando la sección principal del club no estaba a la altura, se hallaba en una situación también comprometida. Tras una victoria ajustada en la Supercopa, el balance de encuentros en la Euroliga presentaba guarismos preocupantes. En su visita al Palau el Madrid dejó una primera parte llena de dudas que subrayó sus carencias en el puesto de base —Campazzo con la mirada dirigida hacia más allá del océano, y sus sustitutos incapaces de soportar la presión culé sin acumular pérdidas— y la imposibilidad de Tavares de sobreponerse a una defensa que, por medio de ayudas constantes, lo obligaba a duelos de hasta tres contra uno. Una reacción de orgullo dio algo de lustre a la segunda mitad para finalmente morir en la orilla. En cualquier caso, la desazón con que los blancos abandonaron el parqué no derivaba de un resultado perfectamente remontable, sino de la constatación de que, por primera vez en mucho tiempo, enfrente tienen a un entrenador superior. No únicamente un profesional meticuloso y competente: un líder.

De modo que las premoniciones cuando el Real Madrid saltó al césped del Camp Nou parecían querer evocar a Pavese: vendrá la muerte y tendrá tus ojos. La ausencia de público confería al escenario una limpieza artificial, alejada de los escupitajos de odio con que es recibido el club en sus visitas a Barcelona, una asepsia inquietante como la de los mataderos de nueva creación. No obstante, el equipo se juntó dispuesto a sufrir como un personaje de Dostoyevski, y lo que encontró fue una oportunidad en los espacios que el centro del campo y la defensa blaugranas ofrecían, vulnerables.  El gol de Valverde fue neutralizado pronto por Ansu Fati, pero de pronto el guion del partido daba alternativas incluso a un ataque tan romo como el madridista. Courtois se ganó la nómina como acostumbra, y en la segunda parte el Barça continuó la tradición de agarrar a los defensas del Madrid en el área, aunque en esta ocasión con castigo arbitral.

La indignación recorrió el entorno culé, y en parte resulta hasta entendible. Cualquier estudiante de Derecho sabe que la ley suele tener origen consuetudinario, y hasta cierto punto supone una descortesía cambiar la jurisprudencia con la coartada de la tecnología: algunos alegarán que al fin y al cabo son sus costumbres y hay que respetarlas. Sergio Ramos, al que Lenglet —un hombre a un penalti pegado, diría Quevedo— ya había zancadilleado en el área en el primer período, no se amilanó por discusiones teleológicas y puso en ventaja a su equipo. De repente los apuros se agolparon en el lado catalán, con Koeman acumulando delanteros como el agitado estudiante que estudia temas al azar la noche antes del examen. El Madrid durmió el partido al son de Luka Modric, fresco para la ocasión, quien se permitió un último baile enfrente de Neto para rubricar con belleza el aplazamiento de la defunción blanca.

Conviene no echar las campanas al vuelo, en todo caso. Tras salvar in extremis una semana de histeria y perturbación, los problemas merengues continúan ahí. Al igual que el virus. Pero es cierto que la crisis, los cuervos y el crujir de dientes cogen el puente aéreo, al menos por unas jornadas. Una vez más, se demuestra que el Madrid es el equipo que mejor responde en el filo del abismo. Ojalá no sea el único que lo haga, en estos días.

Cuídate, vienen tiempos duros.

P.     

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