Hoy es lunes, 5 de octubre de 2020. Hace una semana, creía que lo peor de este año iba a ser la pandemia del Covid-19. Hoy, sueño con abrir los ojos y que mi mayor preocupación sea el virus.

Desde el pasado domingo 27, mi país está en guerra. Guerra. Hace un par de años, en una entrevista, definía al pueblo armenio como “un pueblo acostumbrado a la guerra, o mejor dicho a la idea de la guerra como un estado permanente, natural”. Yo misma decía: “Somos muy conscientes de su realidad, de su cercanía, y la sensación de pender de un hilo no nos es muy ajena”.

Pero, realmente, una no es consciente de sus palabras hasta que le toca vivirlas. Hasta que una mañana lee: “Hoy, a las 07:10, Azerbaiyán ha lanzado un ataque aéreo y con misiles en dirección a Artsakh, bombardeando no sólo áreas militares sino también civiles, incluido Stepanakert. Se informa de víctimas y heridos”. Para entonces todavía contábamos el número de tanques, helicópteros y vehículos de combate que el Ejército de Defensa armenio había conseguido derribar. A día de hoy, ni siquiera conozco el número de víctimas. La guerra es eso.

“Acuñando un nuevo término: parálisis de la diáspora. Cuando vives fuera, pero tu país está en guerra. Cuando estás lejos del daño físico, pero estás mentalmente rota. Cuando haces todo lo que puedes, pero sientes que nunca es suficiente. Cuando estás paralizada; incapaz de pensar o hacer otra cosa porque tu cuerpo está en un lugar y tu alma en otro”.

Así llevamos una semana. ¿Por qué? Porque el domingo 27 de septiembre, Azerbaiyán, con el apoyo de Turquía, decidió comenzar un ataque militar a gran escala contra Artsakh, república independiente de facto y habitada por armenios. El bombardeo de asentamientos pacíficos ha dejado (y sigue dejando) víctimas civiles y daños en las infraestructuras y propiedades de Stepanakert, Hadrut, Martuni y Martakert, ciudades ubicadas en Artsakh. 

Entro a las redes y leo a mi gente: “Vivo en Stepanakert con mi familia. El 27 de septiembre mi pacífica mañana fue perturbada por bombardeos justo al lado de mi casa. Mientras yo intentaba entender qué ocurría, apareció el sonido de la sirena. Me vestí como pude, di de comer a mi perro, cogí mi pasaporte y algunas cosas innecesarias que encontré alrededor. 30 de septiembre: estoy en Ereván. He dejado mi casa, a mi perro Phoebe y a mi amor, Arthur, quien me trajo a Ereván y se fue al frente”.

Llegan las palabras que más me temía: Se declara la ley marcial y la movilización general en Armenia. Hago un llamado al personal adjunto a las tropas para que se presenten en sus oficinas territoriales de reclutamiento familiar”, dice Nikol Pashinyan, Primer Ministro de la República de Armenia. Pienso en mi familia, mis amigos, mis hermanos, ¿a quién se llevarán? ¿Quién de ellos se irá voluntariamente antes de que le llamen? Mientras me pregunto esto, recibo una llamada. El primero ya está de camino.

Mi padre no ha ido a trabajar, mi madre está rezando. Yo estoy pegada al teléfono móvil. ¿Es así entonces como vive la guerra la diáspora?

Guerra de Armenia
Foto: Eric Grigorian

Sabía lo que se avecinaba: Azerbaiyán iba a dar la vuelta a la historia, culpando a Armenia de haber iniciado las hostilidades. Nada nuevo.

Efectivamente, no tardó. Y me pregunto yo: Armenia, un país con una población de casi tres millones de personas, contra Azerbaiyán, con diez millones, y su aliada Turquía, con 80 millones de habitantes. ¿Cuál sería la lógica que explicase un ataque iniciado por parte de Armenia? Virginia Mendoza, en su libro Heridas del viento, Crónicas armenias dice: “No intentes comprender. Esto es el Cáucaso”. Pero ni siquiera en la particularidad del Cáucaso podría darse una locura como esta.

Aun así, dejando aparte lógicas y locuras, vayamos a los datos:

  • Aproximadamente una semana antes del suceso, el 21 de septiembre, Azerbaiyán inició la movilización de sus reservas.
  • Un artículo de la BBC informó de que, aunque se les dijo a los reservistas que la movilización sólo duraría 15 días, después se les comunicó que serían dos meses.
  • La policía azerí, durante el mismo período, comenzó a confiscar camionetas civiles con el pretexto de que los vehículos debían someterse a controles mecánicos obligatorios.
  • Dos días antes del ataque, Azerbaiyán rechazó la solicitud de la OSCE de supervisar la línea de contacto con Artsakh.
  • Ese mismo día, el coronel general Maharram Aliyev, asistente militar del presidente de Azerbaiyán, afirmó en una entrevista que “el pueblo de Azerbaiyán, así como la generación joven de fuerte mentalidad, que ha sido educada en el espíritu del alto patriotismo, son partidarios de la liberación de nuestras tierras por medios militares”. 
  • Los periodistas de Azeribaiyán y Turquía aparecieron en primera línea, en el lado azerbaiyano, desde los primeros instantes de las hostilidades.

Y por si fuera poco: Azerbaiyán cerró su principal aeropuerto internacional, bloqueó la entrada de medios extranjeros distintos a los turcos y cerró las plataformas de redes sociales como Facebook, YouTube, WhatsApp y TikTok. Para ocultar la realidad hay que obstaculizar la comunicación desde la escena. Lógico.

Al otro lado, el Ministerio de Exteriores de la República de Armenia acreditó a más de 200 periodistas extranjeros de más de 50 destacados medios de comunicación internacionales. Para ellos, la situación tampoco es fácil: los ataques azeríes contra asentamientos civiles de la República de Artsakh ponen en peligro continuamente la vida de los periodistas. El 1 de octubre, a causa de los bombardeos, fueron heridos dos reporteros franceses del diario Le Monde (trasladados al Hospital Erebuni de Ereván, capital de Armenia) y dos periodistas locales. Dmitry Yelovsky, del canal ruso DodzdTV, presenció el bombardeo pero logró escapar, al igual que el periodista español Pablo González. No se libró tampoco un automóvil que transportaba a periodistas de la agencia francesa French-Presse.

Mientras intento asimilar todo esto, debo seguir con mi realidad paralela: apartarme del móvil —mi fuente de noticias—, ir a trabajar, asistir a reuniones, conversar. Me preguntan: “¿Cómo estás?”. No sé qué decir. “Mi país está en guerra”. Es lo único que sé. “¿Tienes familia allí?”. “Sí, toda”. “Pero tú estás aquí, no te preocupes, no te llamarán, no tienes que ir, ¿verdad?”. 

No sé qué decir.

¿Cómo puedo explicar que vengo de un país del cual todos huimos cuando hay paz y regresamos cuando estalla la guerra? ¿Cómo explico que, cuatro horas después del estallido, había más de 10.000 voluntarios pidiendo ir al frente? ¿Cómo explico que, si estoy viva, es porque otros se fueron sin ser llamados?

“¿Sabes? Cada vez, perdemos la esencia de nuestra nación. Chicos de 20 años, cada cual más hermoso… es muy cruel presenciarlo”, dice una habitante de Hadrut, Artsakh, entre sollozos. “¿Entiendes por qué estoy cansada? Me siento mal viviendo a costa de su sangre“.

Las mujeres tampoco se quedan atrás. La ‘anciana armenia de 106 años que protege su casa en 1990’, retratada por la fotoperiodista Armineh Johannes en la guerra con Azerbaiyán de los 90, ha dejado su huella en todas: chicas de 19 años, mujeres de 50, madres. Una larga lista de voluntarias que quieren ir a luchar por su identidad, su existencia, su herencia. “Mi marido es voluntario, ya está en el frente. Yo también quiero luchar”, dice la chica de la imagen.

Foto: Armineh Johannes

La 01:30 de la madrugada. Intento dormir, pero escucho desde la TV del salón la lista de nombres de los soldados fallecidos, cada nombre seguido por un “nacido en 2001”, “nacido en 2002”. Vuelta a la realidad paralela: mañana madrugas, duerme.

Es el tercer día. Abro los ojos y reviso la nueva lista: ningún nombre conocido. Me duele igual. Azerbaiyán abre fuego y bombardea la región de Vardenis, territorio de la República de Armenia. Mi pánico es prácticamente inevitable. Infraestructura y objetos civiles dañados, un autobús incendiado. Estaba vacío. Suspiro.

Azerbaiyán justifica sus actos alegando que las fronteras de Artsakh están en disputa. Yo me pregunto: ¿y cómo justificará esto? Las fronteras de la República de Armenia están reconocidas internacionalmente. Una ofensiva no provocada contra el territorio internacionalmente reconocido como estado soberano convierte a Azerbaiyán en un agresor. También me pregunto: ¿cómo lo estarán justificando todos aquellos países que no reaccionan a esta violencia del Derecho Internacional? ¿Dónde quedan los derechos humanos de la población civil, las mujeres, los niños, los ancianos? ¿Qué les estará pareciendo esta agresión en mitad de una pandemia global? ¿Y qué me dirían sobre el contrato de yihadistas por parte de Turquía y Azerbaiyán? ¿Y del uso de municiones de racimo en el bombardeo de Stepanakert? Son muchas las preguntas que puedo tener, pero la respuesta es siempre la misma:  “Expresamos nuestra preocupación, condenamos fuertemente la violencia y llamamos al cese del conflicto”.

Hoy es 5 de octubre, y Armenia está en guerra.

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