No he visto The Last Dance.

Hala, ya lo he dicho. Pueden ustedes tirarme tomates.

No es que no me interese el tema, ojo, sino otra cosa. Varias. Cierta reticencia con los productos audiovisuales, en realidad. Qué quieren, uno es de libros. Además ahora todo son documentales y series, y tal unanimidad hace mucho más sencillo tomar la salida del snob. Entre eso y algunos otros asuntos… en fin. Nada del producto sobre los Bulls que está en boca de todos.

Cuento esto de antemano para dejar claros algunos asuntos. Que mi opinión sobre “lo escrito” no ha de verse maleada por “lo filmado”. Que llegaba con las expectativas abiertas al libro. Que no hay ideas preconcebidas. Que me ha encantado. Sobre todo esto último.

Les hablo de Air, obra de David Halberstam que recientemente ha traducido al castellano la editorial Duomo. Veamos, varias cosas. De primeras yo no soy lo que se dice “un flipado de Jordan”. Seguro que muchos de ustedes conocen a alguien, les vienen ejemplos a la cabeza. En fin, que sí, que muy grande y eso. Les podría hasta discutir su posición como segundo mejor deportista de siempre (detrás de Eddy Merckx, claro) pero no tengo en mente cada estadística de cada año, no sé si me explico. Reconozco, sin embargo, la fascinación que ejerce en otros. En otros a quienes respeto. Alessandro Baricco, por ejemplo, que cubrió unas finales de la NBA y preguntó a Jordan en la rueda de prensa posterior si había sido consciente de estar dibujando, por unos leves momentos, poesía sobre la cancha. Alessandro Baricco es, por si no lo saben, un famoso novelista italiano, uno que ha escrito algunas de las cosas más delicadas y bellas que yo jamás haya leído. Y fue como enviado especial a un evento deportivo. Ya ven, si no se tienen complejos salen cosas la mar de interesantes…

(Tres apuntes: aquí tenemos muchos complejos; Baricco dedicó un libro a Valentino Rossi, y especificó que alguien se lo dijese, “por favor”, en una muestra de humor deliciosa; y Jordan balbuceó alguna respuesta funcionarial a lo de la poesía, porque tampoco estamos para esas zarandajas, seamos sinceros).

Entonces eso, que prometía. Tochazo bien gordo escrito por un tipo que fue, en tiempos, Premio Pulitzer. Alguien que había sido reportero en Vietnam, que escribió sobre el Movimiento por los Derechos Civiles o la historia de los Estados Unidos. Miembro de la Sociedad de Historiadores de Estados Unidos. Ya ven. Si quieren les repito lo de los complejos, pero cuesta imaginarse que una persona con tal currículum se metiera a hacer un libro sobre, no sé, Rafa Nadal. No por él (he conocido escritores de lo más sesudos que aman el deporte exhibiendo corazón de hincha) sino por los demás, que les iban a mirar raro. A ver si escribes cosas serias. Idiota. Mascachapas. Eso.

Bueno, allí nos llevan años de ventaja en estas cosas. Y así salen joyitas. Como esto. Que no es una biografía sobre Jordan, aunque sea una acojonante biografía sobre Jordan. Pero hay más. Qué significa ser negro en los Estados Unidos durante los años setenta, durante los años ochenta. Qué diferencias hay entre criarse en Wilmington o hacerlo en los barrios pobres de Chicago. Qué tipo de orgullo arrastra un tipo como Larry Bird o uno como Isaiah Thomas. Tan similares, tan distintos. Todo eso.

A mí me apasiona, qué quieren que les diga. Las intrahistorias. Bill Laimbeer, alguien que hoy, con las redes sociales, estaría apartado de cualquier deporte profesional a los dos meses, imponiendo mano dura, en todos los sentidos (digamos que el tío era tirando a conservador, no sé si me entienden). La dicotomía entre Celtics y Lakers, entre Bird y Johnson, entre la seria tradicionalidad del nordeste y la despreocupación multicolor que vive por California. Lo podrían leer en clave musical, también. Nos contaría una historia similar. Chuck Klosterman lo hace, por ejemplo. Pero no, Halberstam usa el baloncesto. Y le queda divinamente.

Entonces, es todo eso. Y el cambio, el cambio fundamental. Porque hace cuarenta años (joder, qué viejos somos) la NBA no era lo que hoy vemos. Nada de espectáculo global, nada de alcance planetario. Una competición menor, denostada por muchos, despreciada por no pocos hasta en Estados Unidos, donde se apreciaba más el baloncesto universitario. En la mutación tuvieron mucho que ver las estrellas de esos años ochenta. Magic y Larry Bird al principio, Michael Jordan más tarde. Quizá sobre todo él, aunque viniese a transitar por senda ya abierta.

Ojo, partidos también hay, no se vayan a pensar que todo son finanzas, grandes contratos, estereotipos raciales y cosas por el estilo. Que, oiga, para mí ya hubiese sido suficiente, pero… no, también hay de lo otro. Descripciones de los encuentros más importantes, también de aquellos que jamás nadie ha podido ver más que con los ojos de la imaginación (y allí hasta yo hago mates, amigos). Un minucioso análisis del paso por instituto y universidad. La frustración de los primeros años. Aquellos Pistons que lo mismo te ganaban un anillo que te atracaban una licorería (seguramente lo segundo de forma más limpia). Y un salto continuo adelante y atrás en el tiempo, partiendo de esa última temporada que fue, en muchos aspectos, pesadilla con final feliz.

Ah, sale también Phil Jackson cuando era menos zen y tenía pintas de Tom Selleck en Magnum (con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva). Entrenando en ligas inferiores, en el torneo veraniego de Puerto Rico. Transportando a sus jugadores en furgoneta, conduciendo toda la noche. Una anécdota y les dejo con ganas de más. Cierta madrugada un policía lo detuvo. Control rutinario, qué lleva usted ahí atrás, dijo el agente (que seguramente se llamaba Will Teasle, como el que toca los cojones a Rambo) mientras alumbraba con su linterna a ocho tipos de casi dos metros estirados de cualquier manera. Ya ve, me dedico al transporte de inmigrantes ilegales, señor, contestó flemático Phil. Ese tono.

En serio, no se lo vayan a perder. Tienen entretenimiento del bueno para rato. 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here