El estreno oficial del Barcelona de Jasikevicius cumplió gran parte de las expectativas. La intensidad defensiva de la que su Zalgiris hizo gala pudo apreciarse en varios tramos del encuentro contra el Baskonia, llegando incluso a sorprender el nivel de fiereza de algunos jugadores. Palabras mayores para un club que, desde Aíto, posee el furor defensivo como asidero al que aferrarse en los momentos más difíciles. Sin embargo, los azulgranas —magentas esta vez— persistieron en sus desconexiones mentales, tan habituales en la época Pesic. El Baskonia, que también se había reconstruido a partir de la defensa tras un timorato inicio, consiguió hacer la goma hasta soñar con la repetición del desenlace que le dio el campeonato de Liga hace unos meses. Por desgracia para ellos, una serie de pérdidas y una antideportiva de Dragic en los últimos instantes, cuando más tenso se encontraba el Barça —nuevo air-ball de Mirotic en un tiro que se pretendía decisivo: uno de estos días logrará no encoger la mano en el punto clave—, impidieron su final feliz. En el lado culé destacaron los triples de un fulgurante Abrines y el oficio de Calathes, cuyas dificultades anotadoras son compensadas con un cerebro candidato al MVP o a la medalla Fields. 

El otro lado del cuadro ofreció un partido mucho menos predecible. Había comentado Vidorreta en la previa que, si el Tenerife tenía alguna oportunidad, esta pasaba por reducir a cero las pérdidas absurdas. Para su desesperación, la primera parte constituyó un carrusel de regalos canarios al Madrid, que no apabulló en el marcador porque devolvió casi el mismo porcentaje de errores no forzados, acaso sorprendido por tanta generosidad. El encuentro era de ritmo alto, pero tanto contraataque mal finalizado provocaba una falsa sensación de amistoso: ni siquiera cundió el pánico con la pronta retirada al banco de Tavares por dos faltas en los dos primeros minutos —se trataba, eso sí, de una palpable demostración del punto más débil de la rotación madridista, como si este año Aquiles se hubiera pintado una diana en el talón—. El Iberostar se aferró en el electrónico a los puntos que aportaban sus bases, Marcelinho y Fitipaldo, confiando en que entre tanta entrega recíproca de guantes aún conservaría una insospechada oportunidad. No obstante, tras el descanso el Madrid se puso algo más serio y acudió a sus clásicos: la conexión aérea entre Argentina y Cabo Verde abrió una brecha en el tercer cuarto que, tras el suave bamboleo de la marejada de los parciales, a la postre resultó definitiva. El buen estado de forma de Rudy y la inteligencia multiusos de Abalde añadieron un punto de optimismo que contrarrestó la consolidación de Llull como un jugador errático, incapaz de escapar de una maraña de dudas.  

La final de la Supercopa medirá la profundidad de ambas plantillas y pondrá de manifiesto las mejores virtudes y las peores carencias. La intensidad defensiva al servicio de la calidad del FCB contra la apetencia por las carreras a la contra de los merengues. En un Clásico siempre resulta una locura efectuar una predicción mínimamente fiable, pero allá va la mía: disfrutaremos. Que vuele el balón.

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