Si la sección de fútbol del Fútbol Club Barcelona ha sido comparada recurrentemente con el camarote de los hermanos Marx, su homónima del baloncesto también podría identificarse fácilmente con otra escena conocidísima de los genios de Nueva York. En concreto con aquellos gritos de Groucho junto a la caldera de una locomotora, bramando una y otra vez para que le trajesen más madera: sustituyan al cómico por Bartomeu y los trozos de nogal o alcornoque por billetes de cien y quinientos euros y el paralelismo sale solo. En el sketch humorístico el tren terminaba desguazado y prácticamente vacío, bastante similar a la sala de trofeos del club azulgrana desde que el verano pasado anunciasen a bombo y platillo el fichaje supuestamente redentor de Nikola Mirotic.

Chanzas aparte, al Madrid no le conviene confiarse. Pese a que los diecinueve puntos de Mirotic volvieran a ser irrelevantes en una final en cuanto le colocaron un perro de presa como Deck a defenderlo –el montenegrino se diluyó como un azucarillo en el último cuarto–, el Barcelona de Jasikevicius ha dejado entrever en este torneo esbozos de un bloque sólido con un amplio margen de crecimiento. Si los jugadores son capaces de soportar las broncas que no le aguantaron a Pesic, los cimientos de hormigón armado construidos en torno a Calathes –sus cinco faltas no desmerecen su brillante encuentro defensivo hasta entonces– pueden convertir la experiencia de acudir al Palau en una misión casi imposible para los conjuntos visitantes. El Madrid sufrió una primera mitad incomodísima, con una circulación de balón saboteada constantemente y padeciendo una gran dificultad para sobreponerse a unos bloqueos que en nada han de envidiar a los del famoso Barça de Aíto. Brandon Davies despejó algunas dudas en este sentido, si bien es cierto que el año pasado también brilló en septiembre para luego derrumbarse en primavera, un poco como las ganas de estudiar de un universitario. 

Más allá de los desafíos planteados por los culés, el Madrid tiene sus propios problemas. A la archiconocida falta de un suplente interior que cubra con auténticas garantías las ausencias de Tavares –el técnico tendrá que inventarse alguna solución desde la pizarra, y Garuba comprarse el polvo de los halterófilos para asegurar mejor los rebotes– se suma una dependencia casi patológica de Campazzo en el puesto de base. A  priori resulta lógico descender un par de peldaños cuando alguien tan decisivo en Europa como el argentino abandona el parqué, pero los blancos directamente se despeñan escaleras abajo. Paradójicamente, la nueva labor oscura de Llull, menos protagonista y más selectivo en sus apariciones –rol que acaso algún ojo avizor sugirió hace tiempo–, no constituye una desventaja: los malos augurios se asientan sobre todo en el decepcionante papel de Laprovittola y la condición de debutante de Alocén. Laso no quiso asumir riesgos y mantuvo al Facu durante toda la segunda parte, lo que éste recompensó con puntos capitales y una subida del nivel defensivo que desarboló en última instancia al Barcelona. Mención especial merece Rudy, zapador en la sombra que otra vez rubricó la acción que finiquitaba el título para los merengues. 

El Madrid se enfrenta esta temporada al más difícil todavía: retrasar otro año el hipotético cambio de ciclo del baloncesto español, tantas veces anunciado a base de quemar y quemar madera en cada mercado de fichajes, y esta vez más cerca que nunca. La tarea, hercúlea ya de contar en el grupo con Campazzo, se antoja prácticamente imposible sin su concurso o el de una trufa similar de primer nivel. Por lo tanto y mientras se decide el pleito, convendría ir acumulando todas las victorias y metales posibles, y de paso escudriñar la parte contratante de la primera y segunda partes del contrato de Facundo. A ver si por casualidad hay algo que rascar, como en los casos del Barcelona o de los hermanos Marx. Con perdón por, visto lo visto, la redundancia.    

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here