El francés Mathieu Ladagnous completó 124 kilómetros en solitario (tres horas comiendo viento) antes de ser atrapado por el pelotón a 40 km de meta. Es la fuga más larga de un Tour sin apenas fugas, aunque no es gran cosa si la comparamos con las viejas hazañas del ciclismo en blanco y negro. Se tiene al francés Albert Bourlon como el protagonista de la escapada en solitario más larga de la historia del Tour: 253 kilómetros. Volveremos luego. Sin embargo, en el Tour de 1906, René Pottier recorrió 345 km sin compañía entre Grenoble y Niza, camino de una victoria en el Tour que acabó en tragedia. Seis meses después de proclamarse vencedor, Pottier se colgó del gancho de su bicicleta al oír que su mujer había tenido un amante mientras él disputaba la carrera.

Si la fabulosa escapada de Pottier no se reconoce como un récord oficial es porque en aquella época el Tour se disputaba por puntos y no por tiempos, un detalle nimio en comparación con las penalidades que pasó el ciclista durante y después. Pero esa es otra historia y quizá ya la haya escrito Flaubert.

La de Albert Bourlon también daría para una novela. Militante comunista, participó de las huelgas de 1936 como trabajador de la factoría Renault. En 1938 debutó en el Tour, sin pena ni gloria. De todo tuvo en años sucesivos. Durante la ocupación nazi fue arrestado y conducido a diversos campos de internamiento de los que siempre intentó fugarse. Hasta que lo logró. Atravesó Europa, se instaló en Rumanía y allí siguió corriendo en bicicleta.

En el primer Tour de la posguerra (1947), Bourlon —experto en fugas— estuvo escapado 253 kilómetros entre Carcasona y Luchon. Se dice que buscaba el premio en metálico de la primera meta volante a 50 de meta. Pero a mitad de etapa ya tenía 29 minutos de ventaja y se convenció de que era posible vencer. Goddet, director del Tour y periodista, describió así su hazaña en las páginas de L’Equipe: «Los 253 kilómetros de nuestra decimocuarta etapa no eran demasiado exigentes porque tampoco hicieron estragos entre los grandes, pero siguen siendo 253 kilómetros por una larga sucesión de colinas y pequeñas elevaciones. Todos los perseguidores se las prometían muy felices y pensaban que, tarde o temprano, Bourlon tiraría la toalla y se sentaría a comer en un pequeño restaurante junto a un río de truchas, completamente abrumado por la magnitud de la empresa. ¡Craso error! Bourlon es de esas personas cada vez menos comunes que no descansan hasta dejar el trabajo hecho».

Bourlon no volvió a correr el Tour y lo achacó a que Jacques Goddet, el ideólogo de la carrera, no simpatizaba con los comunistas. Sin pruebas para defender tal cosa, sí es verdad que L’Auto, el periódico de Goddet y el primero en organizar el Tour, fue cerrado tras la Segunda Guerra Mundial por colaborar con los alemanes. No obstante, no es menos cierto que Goddet se negó a la disputa de un Tour durante la ocupación, algo pretendido por los nazis. Otra buena historia, sin duda.

Mathieu Ladagnous alcanzó los cinco minutos de ventaja durante su aventura infructuosa, otra nadería si recordamos los 22 minutos y 50 segundos con los que José Luis Viejo se presentó en la meta en el Tour de 1976, récord aún imbatido. En este caso, el color rojo de su maillot Super Ser ya había ganado la batalla del blanco y negro.

Pero volvamos a lo que nos ocupa. Devorada la fuga, el pelotón inició el rito selvático del sprint. La volata fue espléndida y el pequeño Caleb Ewan se impuso en la foto-finish, en la que es su segunda victoria en el presente Tour. El escueto tamaño de Pocket Rocket (1’65) tampoco es de récord. Vicente Belda se paseó por el profesionalismo con un rutilante 1’54, que no le impidió ser vigésimo en el Tour de 1980 y tercero en la Vuelta de 1981. Qué tiempos aquellos.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here