Existen en el mundo del fútbol innumerables mantras que, dependiendo del interés del que los pronuncia, pueden tener un efecto u otro en la afición de un equipo. Estas frases hechas se toman por verdades por el simple hecho de que son repetidas hasta la saciedad. Si son adornadas por la prensa, es muy fácil lograr el objetivo de manipular al aficionado hasta hacerle creer algo que se aleja mucho de la realidad. Arturo Vidal llegó a Can Barça amparado por uno de esos mantras, en concreto el relativo a que “en el fútbol moderno es imposible ganar si careces de músculo”. Esta idea parece estar muy de moda, aunque lleva esgrimiéndose como excusa por los perdedores desde que se jugaba al fútbol con barro en los barrios londinenses de mala muerte a finales del siglo XIX. Ese discurso, junto con los rescoldos del incendio de Roma, le sirvió al chileno para llegar al equipo blaugrana como la auténtica salvación. Cómo sería la situación en aquellos tiempos, mucho mejor que la actual, que hasta el propio jugador se creyó que gracias a su fichaje se ganaría la tan ansiada Champions. Vidal supo hacerse imprescindible desde el momento en que llegó, algo que pagaron muy caro los entrenadores empeñados en hacerle fijo en el once. 

No me malinterpreten, no estoy diciendo que Arturo Vidal sea un mal jugador de fútbol. Todo lo contrario, me parece un mediocampista con una gran capacidad de sacrificio y que puede ser líder en muchos equipos. El fallo es darle mucha más importancia en el juego de la que realmente tiene. Supo hacerse valer y su ímpetu se impuso a jugadores y/o entrenadores indolentes que se aferraron a él, creó una fantasía a su alrededor que únicamente dos batacazos europeos han comenzado a difuminar.

Llegó en el verano de 2018 y fue un traspaso tan controvertido como inesperado. Antes de darnos cuenta su cresta ya había invadido los campos de entrenamiento de la Ciudad Condal y sonreía al lado de Leo Messi. Vidal, perro viejo, tenía claro que la amistad del genio argentino taparía muchas de sus carencias en el caso de que no diese la talla durante su trayectoria culé. Con Valverde fue entrando al equipo poco a poco, ya que no era titular desde el inicio y el técnico cacereño le otorgó el rol que le corresponde: el de revulsivo y bombona de oxígeno. Un jugador como el chileno puede ser muy útil en cualquier plantilla, pero nunca puede ser vital. Arturo Vidal, que vino para que no se repitiera la bochornosa imagen del Olímpico, salió retratado como el resto de sus compañeros de Anfield. Porque la potencia sin control no sirve de nada, que diría aquel comercial. Correr sin sentido es equivalente al “echarle pelotas”, una vacía baladronada que únicamente sirve para llenar líneas en crónicas de mala muerte.

Durante su segunda y última temporada en Can Barça, fue ganando protagonismo dentro de la plantilla y perdiendo el favor de los seguidores que se sentían traicionados cada vez que veían su nombre en el once por delante de otros que representaban el ilustre estilo o filosofía de Johan Cruyff, del que en la actualidad únicamente queda una alfombra a la entrada del césped del santuario azulgrana. Siempre que vienen mal dadas, comienzan a desmoronarse las mentiras y el juego del equipo queda desnudo.

Tras el parón provocado por la mortal pandemia, volvió el fútbol, el Barça con Vidal entre los titulares perdió la Liga, a un entrenador que se traicionó a sí mismo y el poco honor continental que le quedaba. Con Leo Messi pidiendo marcharse, todavía tuvo el chileno los arrestos de declarar para los pocos que aun seguían de su lado que al Barça no le vale con el ADN para ganar. Puedo llegar a estar de acuerdo, y realmente pienso que en la actualidad no vas a campeonar con un eslogan. Pero estoy plenamente convencido de que las derrotas siempre serán más dulces si obedecen a una filosofía, es mucho más fuerte el cerebro de Riqui Puig que los bíceps de Arturo Vidal. Porque el fútbol se piensa y se ejecuta antes de que el contrario tenga tiempo de darte una patada. La trayectoria del chileno en el Barça no entiende de medianías, o lo amas o lo odias. Lo que está claro es que no ha dejado en las arcas culés los títulos prometidos, aunque quizás su marcha haya tenido un efecto mucho mejor para el F.C. Barcelona: la constatación de que el músculo sin fútbol no sirve de nada.

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