El aficionado al ciclismo, el de carácter más enfermizo, es un individuo capaz de ser feliz una mañana cualquiera porque por la tarde hay montaña en el Tour, en el Giro o en la Vuelta. Su ilusión está a prueba de estadística. En los últimos años la posibilidad de asistir a una etapa vibrante, no digo épica, es remota. El ciclismo control es la religión imperante desde los tiempos de Armstrong el innombrable. Y no es raro. Los directores de antes son los managers de ahora y los corredores de entonces son los directores de la actualidad. En cierto sentido, los equipos protour son monarquías hereditarias de carácter endogámico.

Si hiciéramos una traslación al fútbol diríamos que el catenaccio es la estrategia recurrente. Nadie quiere que le metan un gol y el empate a cero no se considera mal resultado. El primer objetivo de los equipos con favoritos es no perder sus opciones. En líneas generales, el plan es esperar: a que ataque otro, a que reviente otro y a que pase otro día. Alcanzar la tercera semana se considera un buen trato porque el podio no está lejos de allí.

Según parece, los directores y los managers suponen que defienden mejor los intereses de la marca patrocinadora si practican este tipo de ciclismo calculador. Ignoro si desde las marcas se dan estas consignas, aunque no lo creo. No imagino al mandamás de Movistar o al jeque de Bahrein reclamando paciencia en carrera. Doy por hecho que las instrucciones parten del autobús desde la convicción de que la inversión del patrocinador ha de justificarse al final de la carrera con números: dos o tres ciclistas entre los veinte primeros, alguna etapa, la clasificación por equipos…

Pues bien, el ciclismo no es eso. O no lo ha sido históricamente. El ciclismo son historias, no puestos en la clasificación general. Lo que se graba en la memoria, y sospecho que eso pretende en última instancia una marca (grabarse en la memoria), son las hazañas o los intentos, las actitudes valerosas, la combatividad y el espectáculo.

Carece de sentido que los equipos concentren sus esfuerzos en los resultados finales y desprecien la ventana publicitaria de cuatro o cinco horas de ciclismo en directo. Eso es correr de espaldas al aficionado y es al aficionado al que las marcas quieren conmover para, una vez conmovido, venderles un producto o una imagen (qué bonitos los Emiratos).

No digo que la primera etapa de montaña del Tour 2020 haya sido una decepción por culpa de los directores y sus correspondientes jefes. Sería mucho decir. Quizá el tanteo consistió esta vez en mirarse, y no en golpearse. La última subida no era demasiado exigente y tampoco lo eran las cotas intermedias, aunque ya sabemos que son los ciclistas los que hacen duro el trazado. El comentario es de carácter general: el ciclismo está perdiendo de vista al aficionado, al que es feliz con la simple expectativa, al que 40 años después se compra papel de aluminio Reynolds por razones obvias.

Como siempre, nada se puede reprochar a los escapados, que lucieron lomo en televisión para mayor gloria de su sponsor. Ni a Roglic, que ganó la etapa silbando, ni a Alaphilippe, que conservó el liderato. La pregunta es para todos aquellos que tienen mínimas opciones de disputar la carrera a no ser que suceda algo extraordinario. ¿Esperan todos a la última semana para moverse? ¿El jueves seguirá siendo demasiado pronto? ¿Y el sábado? Lo pregunto para programar con tiempo mi felicidad.

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