¿Puede alguien sentirse mayor con 28 años? Créanme, se puede. Es más, pregúntenle a sus hijos de 8 o 10 años si son mayores. Les responderán que “por supuesto”. Tener 28 años significa que hace 10 que empezaste la universidad. Una década entera y verdadera. Que desde que la terminaste te hubiera dado tiempo a hacer otra y aún te sobrarían dos años para hacer un máster, echarte novia o novio y puede que hasta trabajar, según lo que busques.

Es tiempo de sobra para echar la vista atrás y pensar “qué demonios he hecho con mi vida”. Es un pensamiento frecuente en todos nosotros. Hay momentos en la vida en que toca hacer repaso, el alma te lo pide. Vivimos en una sociedad del bienestar que ha mejorado con mucho la calidad de vida de generaciones pasadas, véase la de nuestros propios abuelos. La suya era una sociedad de supervivencia, solo importaba llegar al día siguiente, trabajar, comer, tener hijos… Había poco espacio para las decisiones.

En nuestro tiempo, la lucha por la supervivencia ha quedado atrás para la mayoría —me refiero por supuesto a ciudadanos occidentales— y la sociedad del bienestar nos enfrenta a una nueva tesitura: la toma de decisiones. El ser humano occidental actual debe tomar decisiones, es responsable, hasta cierto punto, de cómo transcurra su vida, y es por ello que la situación se vuelve agobiante, pudiendo llegar a ser asfixiante.

Cargamos con la losa de nuestras decisiones, de las malas elecciones que hicimos en el pasado. Esta vida solo admite una partida y es imposible reiniciar el juego. Por ello nos atora echar la vista atrás. No ayuda nada tampoco estar rodeados de una cultura popular donde solo cabe el éxito. Lo que antiguamente se llamaba el “sueño americano” ha inundado todos los recovecos de Occidente y todos tenemos miedo a ser unos perdedores.

El tiempo sigue pasando. ‘Tic, tac’. Cuanto más mayor eres pierdes ese as en la manga que te da la juventud adolescente: tener toda la vida por delante. Incluso en la universidad, miras al futuro y “la vida puede ser maravillosa, Salinas”. Solo has de aprobar, ligar todo lo que puedas, beber, reír con los amigos, culturizarte y del futuro ya se ocupará mi otro yo. Pero el futuro llega y, oh, sorpresa, sigues siendo el mismo gilipollas.

Y el margen va siendo cada vez menor. Cada vez se hace más difícil la marcha atrás y… qué diablos… muchos llegan a la edad en que murió Jesucristo sin saber todavía qué hacer con su vida. Las enfermedades mentales están a la orden del día. Muchos son trastornos directamente inventados por psicólogos obsesionados con patologizar toda conducta humana. Otras son propias de nuestro tiempo y del estado cultural y social en que vivimos.

Hace unas semanas fui a renovar el DNI. En la foto parezco una mezcla de yihadista con osito de Disney. El tiempo pasa pero seguimos saliendo feos en la foto del carné. La casualidad quiso que la comisaría quedara cerca del diario El Mundo, donde aprendí a andar en esta profesión. Pasé por delante de un kebab al que solía ir cuando quería darme un capricho. Iba solo y me quedaba ensimismado con mis pensamientos sobre posibles reportajes, el futuro o la levedad del ser, como el precioso título de la novela de Kundera.

Habían pasado cinco años y ahí estaba otra vez. Por fuera, indudablemente cambiado, pero por dentro no tanto… Quizá más cínico, más desencantado… Pero dudo que mis decisiones hubieran sido distintas. Al poco rato, me di cuenta de que los que atendían el kebab me miraban con mala cara, quizá porque ningún palurdo se les había quedado mirando el local fijamente como quien contempla la Capilla Sixtina o un cuadro de Sorolla.

Cuando continué mi camino me fije en que no tenía que renovar mi DNI otra vez hasta dentro de cinco años. Maldita sea, ¿tanto tiempo? Dentro de cinco años tendré 33. ¿Qué habrá sido de mí? ¿Llegaré casado a comisaría? ¿Con algún hijo? El tiempo pasa y yo tengo ganas de hacer demasiadas cosas.

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