Ganar sin convencer podría ser un oxímoron, una combinación de opuestos, para no parecer pedantes, pero una contradicción al fin y al cabo. En términos absolutos no hay nada que convenza más que la victoria y, sin embargo, hay triunfos que incluyen un mal augurio, quizá la próxima vez no sople el viento a favor. El Madrid se impuso al Valladolid como ha ganado tantos partidos desde el confinamiento (sin que se cumpliera el mal augurio, por cierto). Se podría afirmar que, como en otras ocasiones, venció por decimales, sin brillo, insistiendo en su buena estrella y confiado en un futbolista escasamente fiable, Vinicius.

Quizá sea la insistencia la principal virtud del vigente campeón. Se empeña en ganar, y gana, con independencia del juego, qué minucia. Lo consigue con un brote de sublime inspiración o con un churro de pachanga dominguera, así ocurrió en este caso. Vinicius, tan desquiciante como suele, se encontró un rebote en boca de gol y de inmediato volvió a ser proclamado por todos aquellos que se empeñan en que el chico sea una estrella, no dejemos que la realidad nos estropee la ilusión. De esta manera tan desdichada echó el Valladolid por tierra un trabajo que le había llevado al empate técnico. Hablamos de un buen equipo que tiene menos gol que el Madrid.

Se dirá que todo cambió cuando Zidane hizo un triple cambio en la segunda mitad: Carvajal, Asensio y Vinicius entraron por Odriozola, Isco y Jovic. Pero no es completamente cierto. El equipo se agitó de primeras, es verdad, pero en última instancia fue rescatado por un rebote. Tampoco sería justo cargar las tintas contra Odriozola y Jovic, sospechosos habituales. El lateral destacó en ataque, ágil y bien dispuesto, y el delantero dispuso de varias oportunidades de marcar, y esto es lo primero que se le pide, que dé señales de vida. Los goles son otra diplomatura.

Admito que fue el caos que genera Vinicius lo que dinamitó el encuentro, pero esto tampoco debería ser motivo de orgullosa celebración. Fiar tu suerte a un futbolista imprevisible es un riesgo excesivo, aunque los puntos ahora dicen otra cosa, ellos señalan que todo va bien, que los malos augurios son mentira y que la vida puede ser maravillosa. Lo único que no termina de encajar en el mundo feliz es que Courtois haya sido el mejor del equipo. Otra noche más.

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