Dos opciones. O los favoritos no se atacan porque dudan de sus fuerzas (de las propias y de las ajenas) o han coincidido todos en la misma estrategia: esperar a mejor ocasión con el riesgo de que la mejor ocasión no llegue nunca. Personalmente me inclino por la segunda opción: los directores recomiendan prudencia y los ciclistas son obedientes. Pero no descarto que en la táctica (eminentemente conservadora) influya también la dificultad de evaluar la forma física de cada uno en una temporada tan singular. Resultado: nadie se movió en la ascensión al Col de Lusette, el escenario perfecto para cualquiera candidato con ambición, o con ganas de ser protagonista, o de poner a prueba a sus rivales. No hablo de un ataque salvaje con un par compañeros por delante, no pido tanto. Me hubiera conformado con un ataquito, mover el manzano, que se dice en el argot. Saltar del grupo y ver quién se apunta. El ritmo del Ineos no era asfixiante: la prueba es que no redujo diferencias con los fugados. Tal vez su paso trotón escondía una mala tarde de Bernal. Nunca lo sabremos. Tampoco si Mikel Landa se ocultaba en la panza del grupo por decisión propia o por falta de fuerzas. Lo único cierto es que los corredores que no ganarán este Tour salvo accidente dejaron pasar otra oportunidad y se encaminan dóciles hacia el desfiladero de la última semana.

Creo que todo parte de una errónea indentificación de los enemigos. El primer adversario de un candidato al Tour tendría que ser el primer favorito. En este caso, Bernal.  De modo que todos los aspirantes deberían compartir el mismo objetivo: distanciarlo o desgastarlo, complicarle la vida. Sin embargo, todos sabemos que de haber atacado Richie Porte (pongamos por caso), no hubiera sido el Ineos el único en salir en su busca. Otros equipos se hubieran involucrado por considerarlo un enemigo cuando no lo es, al menos de la aspiración máxima de todo candidato: ganar el Tour. La consecuencia es que el mejor ciclista encuentra siempre aliados entre quienes deberían derrocarlo. Nadie le lleva la contraria cuando es lo que habría que hacer siempre.

Mientras los favoritos disfrutaban de las vistas, por delante los fugados jugaban sus cartas. Cuando Lutsenko sacó el as de bastos nadie le respondió. Lo intentó Powless, que cumplía años (24) y quiso regalarse una hazaña, pero no pudo seguir su rueda. Tampoco le alcanzó Jesús Herrada, que en la penúltima ascensión hizo el chicle, la goma y el muelle. Sin embargo, el manchego superó cada crisis y se aplicó sin casi fuerzas a la persecución de Lutsenko, lo que tiene mucho mérito. No tuvo premio, pero compró boletos. Y de eso se trata.

Funciona igual los viernes por la noche en las relaciones adolescentes y no tanto. Quien duda vuelve a casa en el pelotón y quien ataca tiene, como mínimo, una historia que contar. De fracaso habitualmente y de gloria en ocasiones.

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