Desde hace un par de temporadas, jugadores como Rubén Neves o Diogo Jota, recientemente traspasado al Liverpool, visitan un café portugués llamado Aromas de Portugal en el centro de Wolverhampton. Allí se sienten como en casa y el lugar alivia la saudade del creciente número de jugadores que cambian Portugal por el condado de Staffordshire. 

Wolwerhampton es una localidad cercana a Birmingham, ubicada en las West Midlands inglesas, en la zona centro-oeste, en una región conocida como The Black Country, el país negro. Así se llama por el color que los edificios de la zona tomaron por causa del hollín desprendido por las fábricas en la revolución industrial. Aunque su equipo se apoda Wolves, Lobos, como una abreviatura del nombre de la ciudad, lo cierto es que Wolverhampton no tiene relación alguna con este animal. Etimológicamente, el nombre parece una derivación de Wulfrun, una noble de la época anglosajona propietaria de varios terrenos en la zona, y de la denominación anterior a Wulfrun, Hamtun. 

El uniforme del equipo, naranja —oro para el hincha local— y negro, tiene que ver con el lema de la ciudad: “De la oscuridad llega la luz”. No obstante, en origen, el equipo vestía igual que el Athletic de Bilbao. Como cualquier club del fútbol inglés, el Wolves tuvo su momento álgido. En su caso, no hay que irse al siglo XIX, sino al periodo tras la II Guerra Mundial: fueron tres veces campeones de Liga y dos subcampeones en la década de los 50, además de campeones de Copa en 1960.

El club fue pionero a la hora invertir en la iluminación de su estadio, lo que le facilitó la disputa de atractivos amistosos internacionales. Su victoria ante el Honved de Budapest (3-2), el 13 de diciembre de 1954, base de la selección de oro húngara, llevó a la prensa inglesa a proclamar al Wolves como el “campeón del mundo”. Aquello fue el impulso definitivo para la creación de la Copa de Europa.

En los años 70 el Wolves sumó dos Copas de la Liga y un subcampeonato de la Copa de la UEFA y, poco a poco, empezó un declive que condujo al club hasta la cuarta categoría en los años 80 y a varias situaciones financieras críticas. Consiguió volver a la Premier, pero descendía rápido. Hasta 2016, cuando entró el grupo Fosun, de capital chino. El objetivo de los nuevos propietarios fue estabilizar al club en la máxima categoría y convertirlo luego en una potencia europea.

Para ello han contado con la colaboración de Jorge Mendes, el superagente portugués, que, si bien no tiene oficialmente participación financiera, sí posee la suficiente influencia en el club para que el entrenador sea Nuno y casi todos los nuevos fichajes lleguen de su mano. Mantener una relación tan estrecha con un proveedor, por así decirlo, puede tener beneficios en cuanto a descuentos en las comisiones o a que el agente haga más por convencer a un jugador, pero a la vez puede limitar el mercado. Por un lado, parece lógico que el entrenador pida futbolistas del mercado que conoce y, por otro, la cantidad de talento en Portugal y en la agenda de Mendes ofrece al club calidad más que suficiente.

La llegada de jugadores portugueses ha sido constante en las últimas temporadas: Rui Patricio, Neto, Podence, Silva, Moutinho, Vinagre, Vitinha, Roderick, Bruno Jordao y el mencionado Neves forman el contingente portugués del equipo. Añadamos al mexicano Raúl Jimenez, que también recaló procedente de Portugal. Traspasado el lateral irlandés Docherty al Tottenham, el equipo está interesado en incorporar al portugués Semedo para cubrir esa baja. Intencionadamente o no, la tercera camiseta del club para esta temporada es una copia de la tradicional zamarra de la selección portuguesa.

Wolverhampton, como tantas otras ciudades de corte industrial y clase trabajadora de la mitad norte de Inglaterra, dio su apoyo a la salida de la Unión Europea con mas del 60% de los votos. Pero el ser humano es peculiar y, por supuesto, también lo es el aficionado al fútbol. Los mismos que acabaron creyendo que Europa les perjudica, sueñan con viajar a Madrid, Turín, Múnich, París o Lisboa a animar a su equipo en las grandes noches de fútbol europeo. Los mismos que creen que un polaco, un búlgaro y, por qué no, un portugués, amenazan los empleos de los trabajadores locales, compran camisetas con los nombres de jugadores portugueses, españoles o mexicanos, a los cual aplauden como si fueran de allí de toda la vida, como si el café Aromas de Portugal hiciese referencia al color oro de la camiseta del equipo. Aquellos que protestan porque las calles se llenan de emigrantes no ven problema alguno en que su equipo apenas cuente con un jugador inglés, su capitán Cody, y sólo tres periféricos en la plantilla.

Mientras las cosas vayan bien, todo serán buenas palabras. Si las cosas se empiezan a torcer, habrá autoerigidos portavoces de la afición que dirán que el club ha perdido su identidad por la presencia de tantos extranjeros y que a los propietarios solo les importan los resultados contables y nos los deportivos. 

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