Hubo épocas en que para los aficionados culés era divertido ver el Trofeo Joan Gamper: se recordaban anécdotas curiosas, como el día que se infligió a Boca Juniors la mayor goleada de su historia (un 9-1, con el Loco Gatti bajo palos) o cuando el Lobo Carrasco regresó con la camiseta del Sochaux, marcó y no lo celebró. Pero, sobre todo, para tratar de ilusionarse nuevamente viendo qué tal carburaban los nuevos fichajes en el que solía ser su partido de presentación.

En este caso era distinto. Sería más sencillo encontrar a un político que no mienta que pedir a alguien que se ilusione con un partido en un campo de entrenamiento, sin público, frente a un rival que la pasada temporada quedó en 6º lugar en Segunda División y, para rematar, sin un nuevo fichaje que llevarse a los ojos. La famosa revolución en Can Barça pasa, por el momento, por sacarse de encima a Rakitic y dejar que Luis Suárez tome mate en la grada. Ni siquiera convidó un trago a Arturo Vidal. Definitivamente la revolución son los padres: salió la misma defensa que frente a la Roma, el Liverpool o el Bayern y con el Añejo de Badía por delante de los cuatro jinetes del apocalipsis. Suena a una bartomeusca tomadura de pelo.

El anhelo de esperanza lo sigue poniendo un joven. El de 17 años. Porque a Riqui Puig, el de 21, parece que piensan darle la patada a última hora. Esa será la única anécdota reseñable que dejará este Gamper. Que el único centrocampista canterano con talento del último lustro parece que seguirá el camino de Thiago: malvenderlo para, cuando triunfe, pensar en repescarlo. Bartorosellismo de manual.

En el partido en sí, la única y exclusiva pincelada de arte la puso, quién si no, Leo Messi. Porque pese a todo, sigue siendo el único elemento verdaderamente diferencial del equipo: suya fue la magnífica pre-asistencia habitual al desmarque de Alba que culminó con la definición del Hombre Gris. Era el minuto 2 y ahí se acabaron las buenas noticias. Los editores del vídeo resumen de las mejores jugadas lo tienen fácil hoy.

Y rebuscando micras de ilusión uno puede (querer) ver una mayor movilidad en los cuatro hombres de ataque, permutando posiciones, tratando de alejarse del ataque estático del Valverdismo y el Pasieguismo. Mención especial para Chutinho, acaso aún con la inercia de haber llegado del Bayern. Si la “mili” en Alemania le ha sentado bien, se comprobará en menos de un mes, cuando probablemente vuelva a ser el jugador intrascendente que siempre fue. Las aportaciones de los nuevos, Pjanic y Trincao, no mejoraron a las de sus predecesores.

Así pues, con estos mimbres, el aficionado culé prevé un año de sufrimiento similar al de los botones de la camisa de Q-Man. Se comienza a mirar de reojo el sorteo de Champions: un grupo benévolo tal vez permita no caer en la fosa séptica de la Europa League. Para encontrar un comienzo de temporada menos ilusionante que este hay que retrotraerse a los tiempos del nuñismo ochentero, antes de la llegada de Johan, una época en la que cobró fama el lema de “año sin Gamper, no hay liga”. Tal vez este Gamper sea el anuncio de la 11ª de Messi.

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