Mateo (Fernando Esteso) es un madrileño muy madrileño, algo resabiado, autor de frases agudas y contundentes. El narrador (Andrés Pajares) ha nacido en una ciudad catalana, y aun le faltan años para poder ver la vida con el cinismo necesario en estos tiempos. O no. Los clichés sobre catalanes y madrileños se juntan en esta divertida película de enredos y amistad, por la cual pululan también varios secundarios estrafalarios (todos ellos interpretados por un farfullante Antonio Ozores). Mariano Ozores dirige la comedia del año, muy pronto en los mejores cines.

Por ahora, solo, en librerías.

Si Mateorías se hubiese publicado en 1980 seguramente el resultado sería muy distinto. En forma, fondo y objetivos. De primeras porque aquellos años (que no son tan lejos, amado lector) estaban protagonizados por una brecha insalvable: la que separaba lo “serio” de lo “divertido”. Ya ven, como si ambas cosas no pudieran pasarse noches y noches follando en la playa. Pues no. Había un montón de señores que exudaban naftalina desde las solapas de sus libros (seguro que los pueden imaginar, algunos siguen teniendo algo de éxito a día de hoy) y conminaban al lector a aburrirse, porque aburrirse es sinónimo de engrosar nuestro bagaje cultural, o alguna chorrada de esas. En fin. Lo divertido, por su parte, quedaba limitado a chabacanerías, pues, expulsada del sector la gente con un mínimo de seso, restaban solo en el mismo los zafios, groseros y zampiriguanes (un insulto muy chulo que me acabo de inventar y significa “falto de glamour”). Afortunadamente hoy no es así, y tenemos hasta profesores de universidad como Guillem González escribiendo las cosas más profundas con el envoltorio más ligero. Loada sea tal intención.

Decía también en el anterior párrafo (a todas luces demasiado extenso) que tampoco el objetivo de este enredo sería el mismo antes y ahora. En fin, ustedes igual no lo saben, porque la noticia apenas ocupó espacio en informativos y periódicos, pero por Catalunya se ha desarrollado durante el último lustro (no me sean muy tiquismiquis con las fechas, se lo ruego) algo que llaman el “Procés”. Igual les suena. Al parecer ha sido tan gordo que sin duda habrá trastocado la idea de “van un profesor madrileño y un profesor catalán por Cracovia y le dice uno a otro” para siempre. Y está bien que así sea, porque la literatura siempre recoge más de lo que siembra (lo contrario a lo que hago yo en mi huerta, vaya). Y quien pretenda convencerles de lo contrario es un pedante, un snob y, seguramente, un tipejo indigno.

A lo que iba… que Mateorías, la primera novela de Guillem González, tiene muchos aciertos. El primero es el autor (lo cual no es mérito exactamente del texto, pero en fin…), sujeto bien majo, profundo a ratos (sin ensimismamientos) y de una juventud que jode bastante (porque es más joven que yo, y yo soy jovencísimo y tengo el cutis genial). Desde el punto de vista subjetivo, ya ven, no tienen excusa para no rascarse el bolsilluco…

Lo otro también es bueno. La novela en sí, digo. Porque tiene ritmo, es divertida, original. Huye de los dédalos argumentales y el rococó sintáctico como de la peste (como debe ser) pero resulta aguda donde debe y cuando debe. Poco convencional, además, con momentos que se alejan de lo que uno esperaría y, por eso mismo, resultan doblemente gratificantes. Novela de amistad, con lo poco que se toca eso últimamente en las manifestaciones artísticas (y cuando ocurre, como con Sam y Frodo, la cosa queda un poco equívoca, ustedes me entienden). No esperen carcajadas, porque los tipos cultos no se ríen de esa forma, enseñando los dientes como caballos. Pero sí tendrán una sonrisilla irónica y la ceja enarcada durante toda la lectura de Mateorías. Se lo prometo.

Bah, qué coño, a veces también reirán a carcajadas.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here