Si tienes buena memoria no puedes deprimirte. Con Perico era igual y bastantes veces peor. Nadie entendía la pérdida como un lastre, sino como un estímulo. Mikel Landa no es muy distinto en ese sentido, aunque sea diferente en otros. Es verdad que Mikel no tiene la inocencia de Delgado, que en el fondo era la nuestra. Es cierto que Landa no ha golpeado cien veces la puerta del Tour, tal y como hizo Perico antes de abrirla. Pero en esencia son de la misma estirpe. Escaladores impredecibles. Ciclistas singulares, abocados a la genialidad por el infortunio.

El problema de Landa es la comparación. Delgado sólo tenía ante sí la borrosa referencia de Ocaña, otra generación, casi otro mundo. Sobre los hombros de Mikel revolotean los éxitos de Contador, la genialidad robótica de Indurain y, por último, Delgado, el primer amor. En el fondo le reprochamos que no sea eso, por partes o en conjunto. No se lo ponemos fácil, no.

Que Landa haya perdido 1:20 por un abanico es un contratiempo menor, siempre y cuando él lo entienda de la misma forma. Pogacar, otro de los perjudicados, restó importancia a lo ocurrido: “No es lo ideal, pero no estoy preocupado. Es sólo un minuto más o menos”. Esa es la actitud. Y Mikel debería haber comparecido para declarar lo mismo o parecido. Porque no cambian las aspiraciones, cambia la estrategia. Porque ganar el Tour es igual de complicado minuto arriba o abajo, y si por alguna cabronada impensable Landa perdiera la carrera por 1:20 sería el ganador en nuestros corazones destrozados, y el ciclismo tendría una nueva historia que contar y en eso consiste la gloria, en ser protagonista.

En una carrera tan controlada en las montañas, que Pogacar y Landa compartan objetivos es una bendición por la que deberíamos dar gracias. Y no es malo para ellos. A Pogacar le sobra la prudencia que le transmiten los mayores y Mikel necesita liberarse de la responsabilidad que le contagiamos todos. No pensar. Lo decía ayer mismo Igor González de Galdeano en la transmisión de Teledeporte. Los ciclistas actuales piensan demasiado. Y cuando no piensan escuchan por el pinganillo el pensamiento de sus directores. Es momento de correr por instinto, de sintonizar Rock FM, de disfrutar. No hizo falta que Perico ganara el Tour para que nos enamoráramos de él. Venía de antes. De sus caídas, de sus pájaras, de sus mil intentos.

Ojalá lo entienda Mikel Landa y se quite la mochila. Ojalá encuentre la razón para escapar, cualquier cosa vale, la venganza adulta o la ilusión infantil. Podría ser mañana, en la primera etapa de los Pirineos, justo el día después de un abanico que, si lo piensa bien, sólo le ha levantado el flequillo. Para asaltar el Tour Landa sigue necesitando una hazaña. Su pelea no es de segundos, sino de minutos. Nada ha cambiado, por tanto. La novedad es que ha encontrado un socio de 21 años que se quiere comer el mundo.

Yo sigo creyendo: así me pasé las tardes de los ochenta y las recuerdo inmejorables. Intensas, radiantes, vibrantes. Y a veces, incluso, ganábamos.

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