A lo largo del año, hay dos llamadas de teléfono que espero con interés. La primera es la del taller cuando llevo el coche para preparar la ITV. Sólo lo uso para esporádicos trayectos por la ciudad y duerme en garaje, por lo que esa revisión no debería descubrir nada nuevo. Sin embargo, cada año me sorprende con algo inesperado.

La chica que este año me llama parece de buen humor. Tanto, que por un momento me ilusiono pensando que con los números de mi matrícula me he llevado el segundo premio de la hasta ahora desconocida lotería de agosto de los talleres mecánicos de España. Hasta interpreto el petardeo de un tubo de escape como el descorche de una botella de champán. Y a punto estoy de decir que la primera ronda va a mi cuenta. Pero no.

—Hemos revisado el coche y hay que pulir los faros delanteros para la ITV.

Desconozco qué pieza encaja en el silencio que viene después. Y no lo intento porque sé que me voy a equivocar. Me quedo en el grupo del no sabe/no contesta de las encuestas, que siempre he creído que agrupa a los que no han entendido la pregunta y no se atreven a decirlo. Yo, por ejemplo, no tengo el valor de preguntar por qué hay que hacerles un pulido a los faros delanteros.

Cualquier otra persona habría pedido explicaciones. Yo, sin embargo, soy de los que prefieren pensar que todo el mundo está capacitado y hace bien su trabajo. Y así me va. Pero gracias a ingenuos como yo el mundo va más deprisa, porque cuestionarlo todo ralentizaría todos los procesos: bastaría con entrar en la gasolinera decidido a que te demuestren que, efectivamente, lo que te vas a servir tiene 95 octanos. Ni 94 ni 96. 95.

Mi coche es diésel y tiene más de diez años. No es que ya tenga problemas para acceder al centro de Madrid, es que, dentro de poco, va a aparecer en carteles de busca y captura en los semáforos de La Castellana por viejo y contaminante. Con estos méritos, tengo que ver el lado bueno de que, en vez de esta chica tan simpática, no me haya llamado directamente Greta Thunberg para decirme que qué, que si no me importa el futuro del planeta y que, cada vez que un coche como el mío renueve la ITV una estalactita se cae al suelo y un pingüino se atraganta con una sardina.

A mí me gustaría tener el dinero que cuesta un coche eléctrico, claro que sí. Los coches eléctricos son limpios y no contaminan y no hacen ruido y tienen nombres que encajan muy bien en la nueva realidad. Pero si yo tuviera el dinero que cuesta un coche eléctrico no me compraría uno. Me lo gastaría en buen vino: iría a Abadía Retuerta y me haría con toda la producción, empezando con la de Syrah, y luego regalaría botellas, incluso a la chica del taller, a Greta Thunberg, al que me va a pulir los faros delanteros y al pingüino para que pase la sardina. Todo en vino, queda dicho, porque no pienso cambiar de coche.

El hecho es que le tengo cariño. Nunca me ha dejado tirado. Nunca me ha dado un susto conduciendo. Siempre me he podido fiar de él como un dueño de su mascota. Y, aún hoy, disfruto conduciéndolo. En el garaje se van sucediendo a su alrededor los nuevos modelos de los vecinos, pero el mío permanece, como la pequeña capilla de St. Paul entre los altos edificios de Broadway.

Todo esto pienso en ese silencio en el que la chica de buen humor espera mi respuesta y yo divago sobre el tema. Y pienso más:

 ¿De qué me quejo? No me han anunciado ninguna avería irreparable o cara que me obligue a pensar en llevar a la mascota al veterinario para la última inyección. ¿Pulido de faros delanteros? Es cierto que parece algo menor, una forma de añadir 70 euros al presupuesto, pero no todo van a ser reparaciones de tuercas ajustadas, grasa y piezas que hay que pedir a un taller de Alemania que tiene toda la producción comprometida hasta febrero del año que viene y que a ver qué podemos hacer.

Sé que los años que tenemos por delante serán cada vez más complicados y que pronto la ITV pasará a ser semestral, luego mensual y al final diaria, con el lógico descanso de los domingos. Iré poniendo las pegatinas de la ITV por todo el coche hasta que no quede ninguna zona negra y parezca la camiseta del Varg IL al inicio de la segunda temporada de Home Ground, cuando se quedan sin el patrocinador principal. 

Y como todo lo anterior es inevitable, tal vez lo mejor sea un acto meramente estético. El pulido de faros como una manicura con una copa de vino al lado. Me vengo arriba.

—¿Y no se le pueden pulir también los faros de atrás?

Ahora es ella la que no dice nada, como si estuviéramos jugando al tenis con una mullida pelota de silencio. Y la entiendo. Todo este tiempo para responder eso.

—También hay que cambiar la bieleta de la suspensión delantera derecha.

         Creo que la suspensión delantera derecha está bien. Creo que la bieleta no existe. Creo que es algo que se acaba de inventar como venganza por haberle hecho perder tanto tiempo al teléfono. Creo que lo mejor es callarse para no estropear aún más las cosas.

—Perfecto, lo que veáis está bien.            

—Pues aviso al taller para que se pongan con ello.

Dicen que una buena retirada es una victoria. Con la mía, no he llegado ni al empate. Me siento como si me hubieran marcado ocho goles y uno de los que figuran como míos hubiera sido del otro equipo en propia puerta.

Esta, con todo, es la primera de las dos llamadas que, a lo largo del año, espero con interés. La segunda es la que recibo del mismo taller para decirme que el coche ha pasado la ITV sin problemas y que puedo seguir conduciéndolo un año más. Eso también me asegura que en doce meses volverán a llamarme para decirme qué han encontrado en la revisión de la próxima ITV. Con la del año que viene lo tienen complicado porque no creo que puedan superar lo del pulido de faros y la bieleta de este. Pero tengo la total confianza de que lo harán.

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