Es sabido que el 2 de agosto de 1914 Kafka escribió en su diario una anotación para la posteridad: “Hoy Alemania le ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar”. Usualmente se ha utilizado este apunte para reprochar a los intelectuales su falta de compromiso con la realidad social y política de su tiempo: cómo puede uno ceñirse a su humilde y anodina rutina mientras los vientos de la Historia soplan a su alrededor. Sin embargo, otra lectura del episodio permite que sirva también como ejemplo de que, incluso en medio de los huracanes más turbulentos, cientos de existencias tratan de abrirse paso, prácticamente desapercibidas.

La actualidad deportiva de estas jornadas es absolutamente monocolor: Messi. Cada giro del esperpéntico guion de esta opereta, convenientemente sobredimensionado por una prensa ávida de noticias en el final del verano, relega a un tercer o cuarto plano cualquier acontecimiento simultáneo. De modo que otras salidas, que unos meses atrás hubiesen acaparado primeros planos y horas de polémica, se producen sin pena ni gloria, en la mayor de las discreciones. En el caso de James, su marcha por la puerta de atrás supone además un perfecto resumen de su trayectoria merengue. A falta de los peligrosos flecos de última hora, se puede afirmar ya que el final del cafetero va a cumplir lo esperado: frialdad institucional y un ligero poso de amargura.

Resulta difícil para el columnista evitar la tentación de la ocurrencia y el lugar común: uno podría aludir a la famosa obra de García Márquez para describir los últimos pasos de su compatriota en el Madrid. Sin embargo, no siempre James fue Santiago Nasar. Al contrario, su llegada a la capital de España tenía tintes de auténtico relumbrón. Sus goles en el Mundial, competición que a veces más parece un escaparate que un torneo, avalaban al menos parcialmente la cuantiosa suma que se pagó por él, contemplada con escepticismo por los socios más tiquismiquis. El fruncimiento de ceño de parte de la afición no se debía a su técnica, fuera de toda duda, y tampoco se discutía la conveniencia estratégica de ratificar el madridismo que profesa la nación colombiana, probablemente la más blanca de Sudamérica. Si existía recelo era por esa desconfianza que se profesa por defecto hacia el gremio de los mediapuntas, a cuyos integrantes se les presupone vagos y más aparentes que útiles para la sociedad, un poco como los poetas o los actores de teatro.

La primera temporada de James mereció eliminar esos prejuicios. Pese a encontrarse con la labor de sustituir a Di María —quien rivaliza con el Amazonas en la categoría de pulmón del planeta—, el esquema de cuatro centrocampistas de Ancelotti hizo que encajase como un guante. Aquella primera vuelta el Madrid jugó como los ángeles, con una desenvoltura y una alegría inusuales, aunque las lesiones acabaron por destruir una armonía demasiado frágil: dos piezas del once en la enfermería y el precioso castillo de naipes se desmoronó. Un cabezazo al larguero en Turín pudo enmendar el destino de la campaña, mas no hubo suerte.

Tras la partida del entrenador italiano llegó la ciencia de Benítez, y después el optimismo de Zidane. Con ninguno de ellos se encontró cómodo el colombiano. Menos arropado por el decorado, James se destapó como un jugador de corto recorrido. Desde luego con una zurda deliciosa, pero solo punzante de manera continua si se le dejaba fresco para rendir en un hábitat muy concreto y bajo unas condiciones muy determinadas: casi le faltaba el brasero y la mesa camilla en su hogar de la esquinita del área, desde el que colocaba centros venenosos o probaba el disparo. Ahora que pueden compartir fecha de salida, la metáfora quizá sea oportuna: pretendía los privilegios de Messi sin poder aportar lo que el diez argentino. A su lado Isco, competidor y amigo, se arremangaba y le mostraba un camino que nunca pudo, o nunca quiso, recorrer.

Su cesión a Alemania lejos de reivindicarlo aumentó la incertidumbre. Ni siquiera atinó a cumplir con la maldición del ex, y su gol con la zamarra roja en el Bernabéu resultó intrascendente. Tras dos años de Erasmus volvió a Madrid para su última oportunidad, y se topó con un Zidane poco amigo de rectificaciones. La ausencia de Pogba u otro mediocampista le dejó un hueco que tampoco aprovechó en sus esporádicas apariciones. Sus defensores adornan su rendimiento con literatura del tipo es jugador con mejor relación con el gol que con el juego”, sin entender que dicha sentencia lo ha fulminado antes que protegerlo, pues implica una autocomplaciente resignación: lo que va a aportar son destellos individuales que pueden modificar un marcador pero no establecer una continuidad con el resto de sus compañeros. 

En la hora del adiós, uno recuerda con tristeza el grito de rabia con que Rodríguez celebró su único gol liguero en la temporada pasada, el cuarto que cerraba un sufrido partido contra el Granada. El muchacho siempre conservó la ilusión de triunfar en el club de Concha Espina. La afición aún coreó su nombre en aquella jornada prometedora, que a la postre terminaría constituyendo el canto del cisne. Su historia contradice el falso discurso naif —a veces muy peligroso— del “si quieres, puedes”. La vida nos acaba enseñando que el método y los recursos pesan más que la pura voluntad. De cualquier modo, uno quiere pensar que James siempre recordará con cariño aquellas tardes remotas en las que acudió a conocer el hielo del Bernabéu, menos gélido con él que con muchos otros. Mejor una marcha a tiempo antes que tener que hacerlo desde el pelotón de fusilamiento. Mucha suerte, y hasta siempre.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here