Las Eurocopas y los Mundiales, por su eco mediático, suelen multiplicar el brillo de ciertos jugadores. No nos paramos a pensar que esos torneos se celebran en apenas 20 días y un gran estado de forma en ese periodo de tiempo puede darnos pistas falsas sobre el nivel de los futbolistas. Uno de los ejemplos más conocidos es el de Oleg Salenko, un delantero ruso que en el Mundial 94 le hizo cinco goles a Camerún. Esa hazaña le colocó en un lugar que su fútbol nunca mereció.

Una historia parecida ha ocurrido con James Rodríguez, si bien en este caso también intervino el presidente de un gran club con una idea faraónica del fútbol y que tiene al merchandising como un elemento estratégico para la economía de la entidad.

En el 2013, James, con apenas 22 años, sólo era un proyecto de buen jugador que, procedente del Oporto, había hecho una notable campaña en el Mónaco. Su equipo, a las órdenes de Claudio Ranieri, había sido subcampeón de liga y el colombiano había destacado en el ataque monegasco. No obstante, al inicio de esa campaña había probado el sabor del banquillo; para el técnico italiano, a James le faltaba carácter competitivo. El cafetero cambió su actitud (se aplicó en defensa) y su posición, y terminó por brillar en la mediapunta.

Ese verano, en el Mundial de 2014, Colombia llegó a cuartos, donde fue eliminada por Brasil. James fue máximo goleador del torneo con seis dianas y apareció Florentino Pérez en su vida. El presidente madridista, ávido coleccionista de estrellas para su catálogo de cracks, no lo dudó. ¿Las razones? Pues todo apunta a que eran más comerciales que deportivas, porque el encaje táctico no era sencillo. Ancelotti jugaba un 4-3-3 con la dictadura posicional de la BBC y James llegaba como mediapunta, lugar que ocupaba de forma destacada Isco cuando el equipo cambiaba de dibujo.

Florentino no solo compró a un jugador que brillaba en una posición que no existía en su equipo. Además, y más grave, cometió un error por agigantamiento. James era un buen jugador, al que un buen Mundial le colocó en el escaparate. Pero el dirigente madridista, por su narcisismo, lo ascendió a un estatus que no merecía el fútbol del colombiano. James pasó de la noche a la mañana a ser una mega estrella y, como no podía ser de otra manera, su juego y su rendimiento fueron analizados desde esa perspectiva.

En la exageración no sólo cayó el presidente blanco, muchos analistas quisieron ver en su fútbol virtudes que no existían. Lo que ocurrió es que el Real Madrid es un equipo que no hace prisioneros, y al igual que viste estrellas también las desnuda. A James, a pesar de una más que aceptable primera temporada, se le empezaron a ver las costuras.

Ancelotti lo utilizó como volante en un 4-3-3 y el trabajo defensivo le penalizó, porque su físico no es el de un jugador de ida y vuelta. Con las lesiones de Bale, el italiano recurrió al 4-4-2 y ahí James volvió a su zona de confort. Demostró de nuevo que, aunque no es un jugador de peso en el juego, sí puede serlo en el resultado. Es la diferencia entre ser un jugador muy útil y un jugador diferencial, como demandaban su traspaso y su sueldo.

Esa fue la última buena temporada del colombiano. A partir de ahí todo fue cuesta abajo. Prensa y público esperaban a un jugador decisivo, pero ni Zizou le supo sacar rendimiento ni él pudo con el peso que soportaban sus espaldas. Su salida al Bayern no hizo más que confirmar lo que ya era una evidencia: el Madrid había pagado a precio de súper estrella lo que era simplemente un buen jugador.

Según Radio Caracol, James es ya jugador del Everton. Con 29 años se enfrenta a su última oportunidad para demostrar cuál es su verdadera realidad como futbolista y hasta qué punto el Madrid se equivocó con él.

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