El Madrid es como mis padres: ya estaban ahí antes de cualquier cosa que pueda recordar. Yo sé que en junio del 94 ya era del Madrid porque en la excursión de fin de curso iba con mi amigo Miguel en el autobús y le dije: “A ver qué tal el año que viene en la UEFA”. A las puertas de cumplir siete años ya me comportaba como un adulto que habla sobre cosas que no entiende.

Para encontrar el origen de mi madridismo, tengo que acudir al hijo de unos amigos de mis padres, siete años mayor que yo, y que durante algunos momentos de mi infancia consideré una especie de hermano mayor: si algo no existe, hay que inventarlo, y nadie mejor que los niños para crear, ya sean ilusiones, miedos o hermanos mayores. Tengo el vago recuerdo de llegar a su casa, entrar en su habitación con la tele encendida y la luz apagada y ver ese maravilloso halo blanco que sólo el Bernabéu puede desprender, que creo que fue lo más me gustó en una temporada en la que todo era oscuridad en torno al club. Porque yo me hice del Madrid un año que quedó cuarto por detrás de Barça, Dépor y Zaragoza. Para que luego digan que la gente es del Madrid porque gana. 

En el fútbol se pierden hasta amistades. Un mejor amigo deja de ser un mejor amigo cuando empiezas a compartir demasiadas cosas con él: que os guste la misma chica o que tengáis el mismo jugador favorito. A mí me pasó lo más grave: lo segundo. En los partidillos de los recreos nos pedíamos a los futbolistas que idolatrábamos, y Miguel y yo coincidíamos en que Míchel era nuestro preferido. Aquello estaba destinado a que perdiera yo cuando supe que Míchel venía de Miguel. Además, su padre le regaló un póster gigante del mítico 8 blanco que colgó en su habitación. ¿Quién podía competir contra eso, cuando al mío ni siquiera le gustaba el fútbol?

Pienso en estas cosas de mi infancia ahora que he sido padre hace poco más de cuatro meses. Me pregunto cómo será Mario cuando tenga unos añitos, cómo se comportará, qué le gustará hacer y si el veneno del fútbol entrará en sus venas en forma de cascada como me pasó a mí. Por un lado, me gustaría compartir afición con él, pero, por otro, como cuenta Galder Reguera en Hijos del fútbol, temeré que el balón sea tan importante en su vida y le haga ‘perder’ tanto tiempo como a mí.

Si se hace del Madrid, podré contarle que el primer partido que jugó su equipo fue contra el Eibar en la ciudad deportiva (antes le habré contado que vino al mundo en mitad de una pandemia), que él estaba dormido en mis brazos cuando Kroos marcó el primer gol blanco desde que nació. También le enseñaré la foto que le hice con la camiseta del Madrid el día después de ganar esa Liga. 

Y a la vez me entra el miedo de pensar que quizás se haga seguidor del Barça o del Atleti; no por el hecho de serlo, sino porque no tendré ningún recuerdo que contarle de los primeros partidos que esos equipos jugaron con Mario siendo un bebé de unos meses. Y eso me angustia porque le habría fallado, el mayor temor de un padre, al no considerar esa posibilidad. Casi prefiero que no le guste el fútbol.

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