La línea entre la decepción y la ilusión se traza con un bic de punta fina. Gayá empató en el minuto 95 y el panorama, algo sombrío, se despejó de repente. Hubiera ocurrido lo mismo si el gol de Ansu Fati en el 90′ hubiera subido al marcador (hubo falta de Ramos). En tal caso ahora estaríamos estaríamos concentrados en el elogio al goleador más joven de la historia de la Selección y el futuro nos parecería un lugar más acogedor. Así somos y así es el fútbol. Basta un instante para olvidar lo anterior.

El problema de la Copa de las Naciones es que la ligereza del torneo impide refugiarse en el resultado. Empate al margen, me temo que será difícil engancharse a esta Selección compuesta por jugadores poco hechos o algo pasados. Quizá sea una ataque de pesimismo (la vuelta al cole nos deprime a todos) o tal vez me vea influido por la tristeza de los campos vacíos. El caso es que me cuesta imaginarle vuelo a este equipo, al menos a corto plazo.

Es verdad que Ferrán y Ansu Fati son un canto a la esperanza. Y confío en que Fabián lo siga siendo a pesar de su mal partido contra Alemania. Pero no hay mucho más en el horizonte. Pau Torres está a media cocción, Thiago maneja al equipo con el manoseo de siempre, Busquets es la mitad de lo que fue y Rodrigo es un delantero de pocos goles. De modo que sólo queda aferrarse a los niños, aunque su influencia en el juego sea mínima por su posición en el campo.

Durante la primera mitad el mejor de la Selección fue De Gea y durante la segunda… lo siguió siendo. Le llegaron con claridad media docena de veces y sólo cedió ante un disparo a placer de Timo Werner. Poco consuelo. A pesar del aluvión, España contó con oportunidades para adelantarse. La mejor ocasión la tuvo Rodrigo, que dejó en anécdota el fallo de Cardeñosa en el Mundial 78.

Tras el gol de Werner, el equipo de Luis Enrique reaccionó con cierto carácter. Sólo eso. Según se iban completando los cambios, el once de España se transformó en el casting de Operación Triunfo. Había destellos, casi siempre de Ansu Fati y Ferrán, pero el conjunto era desordenado e irreconocible. También Alemania perdió su fisonomía clásica y temible para convertirse en un equipo mediano que protegía malamente el resultado.

En el descuento encontramos la excusa para mirar a otro lado, en concreto hacia delante. Hay mil justificaciones para explicar el partido mediocre de España: el año que llevamos, el tiempo sin jugar, la savia nueva y, si quieren, el rival. La otra opción es ver cómo un desierto se despliega ante nosotros. Mejor cerrar los ojos y soñar.

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