Al fondo salen un montón de tipos con zapatos, traje, camisas de colores claros, corbatas oscuras. Uno, incluso, tiene calcetines blancos, porque ser un hortera no está reñido con los salarios de siete cifras (en dólares). La distribución es curiosa. En la parte central y derecha de la imagen están los tíos altos. Muy altos. Enormemente altos. Todos ellos sonríen. Todos, menos uno, son negros. Éste último tiene bigote y pelazo como para protagonizar Magnum. Brazos en jarras, tirantes asomando un poco por el costado. Se llama Phil Jackson y en sus dedos puede exhibir dos anillos como Campeón de la NBA. Uno jugando, otro dando órdenes desde el banquillo. Con el tiempo añadirá diez más. Si quisiera que se viesen todos tendría que ir en chanclas…

Pero hablábamos de la foto. Zona izquierda de la misma (extrema derecha, si estuvieses dentro de la imagen mirando lo que miran todos) y vemos personas más pequeñitas. También con edad superior. Hasta una mujer, por aquello de las cuotas, que lleva uno de esos sombreros que no sabes cómo coño puede comprar nadie. Ah, un dato, todos son blancos.

Hodges lanza a canasta en presencia de George Bush Sr.

Vale, nos quedan dos figuras. El presidente Bush. Bush padre… no el de la Segunda Guerra de Irak, sino el de la Primera Guerra de Irak, seguro que se acuerdan. Sale mirando algo fuera de plano, con el dedo índice de la mano izquierda señalando sus genitales recién llegados de Texas. Ya ven, las casualidades son así… 

Falta alguien. La persona que está en el centro de la foto, la que hace eso que todos observan. Lanzar de lejos a canasta, balón casi rozando sus manos. Llama la atención el atuendo, porque somos muy de fijarnos en estas cosas. Un dashiki, prenda tradicional utilizada en el Golfo de Guinea. Ella, totalmente blanca. Él, orgullosamente negro.

Se llama Craig Hodges y acaba de ganar el campeonato de la NBA. 

La foto que comentamos en el encabezamiento aparece en Tiro de larga distancia, la autobiografía de Craig Hodges que acaba de traducir al castellano la editorial Capitán Swing. Momento ideal para hacerlo, porque las cosas allí se cuentan están aun dolorosamente vigentes. Aunque nos asombren, aunque no las entendamos.

¿Hodges como jugador? Pocas palabras. Destacado en tiempos universitarios, seleccionado en el draft por los Clippers, que ya es mala suerte (al menos históricamente). Luego Milwaukee, Phoenix, Chicago desde 1988. Intenso en defensa, excelso en el tiro de larga distancia. Triplista. Fintar, montar el brazo, sentir cómo el balón se desliza por la yema de los dedos. Qué sensación. Tipo sólido, algunos años treinta minutos por encuentro, unos veinte de media en toda su carrera. Especialista, además, en el llamado “Triángulo ofensivo”, ese que tanto usará Phil Jackson en Chicago y, más tarde, en Los Ángeles. Hodges se lo traía aprendido del campus. Culpa de Tex Winter, su entrenador. En fin, un buen jugador en la liga.

Pero destacaba, sobre todo, por lo otro. Lo otro. Hodges nació en Park Forest, Illinois. Barrios donde vivían mayoritariamente miembros de la comunidad negra. Un racismo institucionalizado, uno que vio desde pequeño. Familia comprometida con la causa, parientes que se emocionan al recordar a Martin Luther King. Y vivencias. Aquel médico que quiso mudarse a la parte más “blanca” de la ciudad y cuya casa ardió accidentalmente. Dos veces. Casualidades, ya saben. 

En fin, que Hodges se crió entre debates políticos y orgullo racial (si es que ambas cosas no vienen a ser la misma) y repartía sus admiraciones en el deporte siguiendo cánones parecidos. Kareem Abdul-Jabbar, vamos. El gran icono, el prototipo de “negro-enfadado”, la antítesis de un “Tío Sam”. Hodges tendrá un perfil más bajo, claro. Amable, sonrisa en la boca, sin callarse nunca pero siempre tono reposado. Espiritual, aunque no religioso. Cuenta en el libro, por ejemplo, que era cercano a la Nación del Islam, aunque dudaba de sus sentimientos respecto a la trascendencia… También tuvo un impacto más leve en la Liga. Imposible competir con la leyenda Kareem. Los números de Hodges fueron buenos, con todo. Catorce temporadas en la élite, casi setecientas apariciones. Veintiún minutos en pista, nueve puntos por partido. Un buen complemento para cualquier conjunto. Uno que, además, se permitió ciertos lujos. Ganar el concurso de triples, por ejemplo. Tres veces, ahí es nada, el que más de siempre, empatado con Larry Bird (el mismo Larry Bird que en 1986 entró en el vestuario antes del All Star y preguntó, en voz alta, quién iba a ser segundo en ese torneíllo). 

Ah, y dos anillos de campeón. De hecho su última aportación fue en la final frente a Portland, año 1992. Después de eso… nada.

¿Se retiró Craig Hodges? Bueno, no es lo que cuenta. Lo retiraron, más bien. Tipo incómodo para muchos. Para casi todos, ustedes me entienden. Y aquí van a aparecer nombres muy grandes. De esos que todos conocen. Sobre todo uno. Él. 

Dejemos claras algunas cosas. Para Hodges el baloncesto siempre fue lo segundo en su vida. ¿Campeón de la NBA? Sí, está bien, pero importa más lo otro. Lo otro. La lucha social, la igualdad, el no callarse donde tantos callan. Hizo de la igualdad entre blancos y negros su bandera, y no tuvo problemas en sacar la boca a pasear cada vez que le acercaban un micro. La NBA tenía en sus tiempos un setenta y cinco por ciento de jugadores afroamericanos. El porcentaje bajaba de forma llamativa cuando echabas un ojo al puesto de entrenador. Entre los propietarios caía, directamente, al cero. Racistas sí, varios, a decir de Hodges. Uno, Donald Sterling, bien conocido por todos. En 2014 la NBA debió suspenderle después de que se filtrase una conversación en la que reprochaba a su pareja que subiese a redes sociales una foto posando junto a Magic Johnson. “Me molesta mucho que quieras transmitir que te relacionas con negros”. Ese era el percal.

Así que Hodges no se callaba. Colaboraba con todas las causas humanitarias y “de comunidad” que usted pueda imaginarse. Y… a ver, no nos engañemos, a veces se venía arriba. Muy arriba. Arribísima. Tanto que antes de la final de 1991, aquella que habría de enfrentar a Bulls y Lakers (los ochenta contra los noventa, el pasado contra el presente) propuso a Johnson y Michael Jordan que hiciesen una huelga para quejarse por la desigualdad en Estados Unidos. Los dos declinaron amablemente su oferta, Magic con una sonrisa, Mike diciendo que no era el momento.

Fue el primer desencuentro con Jordan, pero no el último. De hecho Hodges sostiene que el “23” estuvo detrás de su despido. Año 1992, recién conquistado el título. Agente libre, veterano aun con energías. Los Bulls no le renuevan. Bien, son los campeones, no pasa nada. Pero es que ninguna otra franquicia se interesa por él. Llama y llama. No hay respuestas. Recuerda las desavenencias con Jordan. También con David Falk, su representante. Ambos le propusieron que fuera el enlace sindical de los jugador con la Liga, a lo que Hodges se negó, pensando que estar bajo la lupa de Falk era, de hecho, plegarse a lo que dijese Nike. Y oye, con marcas como esa… pues mejor no. Tampoco estuvo demasiado fino, las cosas como son, al declarar a The New York Times que Jordan se estaba rajando con el asunto racial… antes de un partido de la final frente a los Trail Blazers. Digamos que ahí midió regular los tiempos. Así que… al paro. 

Que aquello no fue muy normal lo demuestra el hecho de que fuese invitado al concurso de triples del All Star como vigente ganador… sin jugar en ningún equipo. Ese fin de semana, cuenta, notó el vacío de todos, el apoyo personal de algunos (como Barkley) que luego tornaba silencio ante la prensa. Su carrera estaba acabada. Había abierto demasiado la boca.

(¿Recuerdan la foto que citamos al principio? No busquen a Jordan ahí. “Ni iré a ver al puto Bush, ni siquiera lo he votado”, dijo en el vestuario. De forma privada). 

Eso sí, ser un paria tiene otros atractivos. Que te inviten a jugar en Corea del Norte, por ejemplo (aunque nunca llegó Craig a Extremo Oriente por problemas burocráticos). Mediación de Dennis Rodman, que al parecer es muy amiguete de Kim Jong-Un. Tanto que, cuentan, le felicitó su cumpleaños cantando el Happy birthday to you con tono y mohines de Marilyn. En público. Tuvo que ser cosa de verse. 

Mejor acabar con una sonrisa, ¿no creen?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here