Tiene el trabajo soñado por cualquier amante del ciclismo pero está ante su Vuelta a España más difícil. En medio de una pandemia mundial, tras modificar fechas y cancelar etapas y con el objetivo de salvar la temporada ciclista, Javier Guillén (Madrid, 1972) ultima los preparativos de la ronda española más particular. Una Vuelta norteña que empieza en octubre y se adentra en noviembre: “Mi mayor temor es la combinación de lluvia y bajada de temperaturas”. Con el Tour como ejemplo, Javier Guillén recibe a A LA CONTRA en su despacho junto a la bicicleta con la que sale cada fin de semana con su grupeta. “Estoy deseando que llegue el sábado para salir con ellos… hasta que te ves solo subiendo un puerto y te preguntas, ¿qué necesidad?”.

—Imagino que no han sido meses sencillos. ¿Cómo se organiza una Vuelta en pleno confinamiento?

—Quien primero entra en la crisis del Covid-19 es Italia, que es el primer país europeo donde el virus golpea con fuerza; por tanto, el Giro es de los primeros eventos que se cancela. A nosotros nos parecía que el 14 de agosto —fecha inicial de La Vuelta— quedaba muy lejos de todo aquello. Pero al ver la evolución de la pandemia y, en pleno confinamiento, comenzamos las negociaciones. El Tour es el primero que nos dice que van a tener que mover sus fechas en el calendario y no saben hasta dónde. Desde el principio tengo claro que somos la misma empresa (ASO), pero además es que nadie puede solaparse con el Tour porque no tiene ningún sentido. Así que les dije que eligieran fechas sin problemas. En base a eso nos moveríamos todos. ASO barajó desplazarse un poco en julio y meterse en agosto. Pero cuando todos entendimos el alcance real de la pandemia nos dimos cuenta de que había que alejarse lo máximo posible de la crisis de marzo. El Tour intentó empezar en agosto pero por precaución se fue hasta septiembre y al final se puede decir que les ha salido bien.

—¿Cuándo surge la lucha con el Giro por ubicarse en el calendario?

—En ese momento el Giro había cancelado fechas y a nosotros nos pedían que nos moviéramos de las nuestras. A partir de ahí se abrieron dos negociaciones. Una sobre dónde quieres estar (en el calendario) y otra sobre el número de etapas. En nuestro caso, además, salíamos de Holanda. Al Tour fue a la única carrera a la que no se le pidió que se quitara etapas. El Giro dijo que no, que ellos necesitaban tener las 21 programadas. Nosotros explicamos que la única posibilidad de quitarnos etapas era que algunos de los partners se quisiera quitar. Y esa única opción era Holanda. Nosotros veíamos que competir allí en el mes de octubre era inviable por el tiempo y porque el ambiente no iba a ser tan festivo. Además, Utrecht iba a acoger las tres grandes y ya no iba a ser lo mismo… Así que le comunicamos a la UCI que podríamos quedarnos en 18 etapas y lo agradecieron. Ahora estamos viendo la posibilidad de recuperar a Holanda para la Vuelta de 2022.

—¿Se necesitó la mediación de la UCI para resolverlo?

—No, no, no se llegó a tanto. Lo que sabíamos era que el Tour sería en septiembre y había que jugar con los meses de octubre y noviembre. Nadie quería noviembre. Italia dijo que quería octubre y nosotros que no deseábamos irnos hasta noviembre. Así que había que determinar cuántos días había que utilizar de noviembre. La UCI pretendía que el Giro no coincidiera con La Vuelta, pero nosotros pedimos comenzar en octubre porque nuestra idea era no ir más allá del 8 de noviembre. Habíamos visto la estadística climatológica y no era tan mala. Nos dimos cuenta también de que la separación con el Tour nos beneficiaba porque podíamos tener una muy buena participación. Tom Dumoulin ya ha dicho que quiere venir, Carapaz ha expresado su deseo de estar… en aquel momento no se sabía pero Froome también vendrá a La Vuelta. La participación final nos animaba y nos anima.

—¿Y no le llegaban quejas de los ciclistas por alargar la temporada?

—Todo lo contrario, tanto los corredores como la UCI aceptaban llevarse la temporada hasta el 30 de noviembre con tal de que se pudiera competir.

— Ahora se le ve muy relajado pero, ¿sintió en algún momento un ataque de pánico por reubicar en tan poco tiempo todo lo que mueve La Vuelta?

—No, la verdad que no, porque en marzo el mes de octubre se veía como algo muy muy lejano, incluso se pensaba que se habría superado la pandemia o, por lo menos que estaría controlada. El clima nos preocupaba menos de lo que se pudiera pensar. El cambio no era logísticamente un problema, porque estábamos preparados para poder mover la caravana. Al final teníamos capacidad de reacción y lo primero que hicimos fue reafirmar el compromiso con las ciudades. Lo que no se podía hacer era tener la Vuelta comprometida con las ciudades del norte y de repente llevárnosla al sur. Eso ni siquiera nos lo planteamos porque hubiéramos faltado a nuestros compromisos.

—¿Qué ocurrió entonces con las etapas de Portugal?

—Portugal sí se sustituyó. En aquel momento tenían muy buenos números en cuanto a afectados por la pandemia, pero no sabían muy bien qué es lo que pasaba en España y nuestras cifras eran peores que las suyas. Así que con total franqueza hablamos para buscar soluciones. Les dije a las autoridades portuguesas, con las que tenemos muy buenas relaciones, que necesitaba una respuesta inmediata. Y ellos no me la podían dar. Entonces cambiamos el planteamiento y buscamos alternativas. Al final para nosotros es mejor estar sometidos a un mismo criterio de país. Que luego eso tampoco es así, que aquí son nueve comunidades autónomas…

—Antes La Vuelta se disputaba en marzo, con unas condiciones meteorológicas mucho más inclementes que en agosto, pero nunca se ha corrido en octubre-noviembre. ¿Le preocupa el tiempo que pueda hacer?

—En marzo hay poco calendario ciclista, pero se corre la Volta a Catalunya, que siempre ha cogido alguna nevada importante. Nosotros estuvimos analizando la situación y este año solo tenemos dos puertos por encima de los 2.000 metros: Tourmalet y La Covatilla. El resto están a 1.600-1500 metros de altura. También vimos que para casi todas las etapas sale de media un 23-25% de precipitaciones, salvo en Ézaro que hay una previsión del 50%. A mí lo que más me preocupa es la combinación del agua y la menor temperatura. Estadísticamente vamos a tener unos 12 grados menos que cuando competimos en verano. Ese elemento sí puede afectar un poco al devenir de la carrera. Pero por otra parte hay una gran necesidad de ciclismo.

—Según datos de Eurosport, ha sido el Tour más visto de la historia, parece que había hambre de ciclismo

—Sí sí, Eurosport ha tenido récord de audiencia. Teledeporte también ha funcionado muy bien y las etapas que se han retransmitido en La 1 han ido como un tiro. Todos los días por encima del millón y el último día tuvieron cerca de 1.800.000 espectadores. En la crono también tuvieron grandes cifras. Creo que había mucha hambre de ciclismo, la gente tenía ganas de ver a los grandes ciclistas, y hay que tener en cuenta que no eran las fechas habituales del Tour, la gente no lo asocia a septiembre. De hecho, se asocia más a La Vuelta. Creo que esto viene a refrendar las ganas que tiene la gente de ver deporte en directo. Eso se ha comprobado en este Tour por el seguimiento y por la repercusión que ha tenido la carrera. La gente quizá no sea consciente de lo importante que ha sido que se haya podido correr el Tour. Tan importante como que se hayan sucedido carreras en las que no se están generando nuevos contagios. Esto no quiere decir que no te pueda pasar en el futuro, pero son aspectos positivos. El Tour nos ha enseñado que esto se puede hacer.

—¿Aquello de una gran Vuelta europea se llegó a plantear en serio o fue una fantasía más del confinamiento?

—No se llegó a plantear. Esto es una idea que lanza Iván Cortina a los medios, una idea bucólica, muy bonita, aunque él mismo reconoció luego que tampoco hablaba en serio. Nunca llegó a estar encima de la mesa. Yo le preguntaba a la gente: ¿Qué es mejor, 21 días en un solo país o 66 días en tres países? Creo que no hay color. Y también hay que considerar que son muchos intereses distintos los que se pondrían en juego, y una carrera de ese calado no se puede improvisar. Debería llevar una preparación muy importante, en la que nos tendríamos que poner de acuerdo españoles, italianos y franceses. Todo el mundo tenía claro que esa carrera debía acabar en París, pero ¿dónde debía empezar? Y ¿por qué aquí y no allí? Creo que hubiera sido muy complicado. Nosotros dijimos que si había algún valiente que lo quisiera organizar… lo que ocurre es que el calendario ya está de por sí muy comprimido. Y hay otro aspecto a tener en cuenta, esa supuesta vuelta europea no tendría marca, ni el nombre que ya tienen las otras tres grandes, el Giro, el Tour y La Vuelta. En estas circunstancias nadie se habría planteado perder dos semanas para hacer hueco a esta carrera y teníamos claro que este año todos necesitábamos al Tour más que nunca.

—El 25 de octubre la Vuelta llega al Tourmalet. Ese mismo día acaba el Giro y se corre la París-Roubaix. Se podría nombrar como el Día Internacional del Ciclismo

—Y encima vamos a tener suerte porque no coinciden los horarios de finales de etapa de cada una de esas carreras. Roubaix acabará antes que nosotros y el Giro acabará más tarde. La verdad es que no suena nada mal ese Día Internacional del Ciclismo, a ver cómo resulta, aunque yo tengo claro que lo más atractivo ese día va a ser la subida al Tourmalet, porque es un etapón y seguro que veremos un gran espectáculo.

—A nivel de nombres, y además de Froome, ya confirmado, ¿qué reclamos tendrá la Vuelta? ¿Descartamos a Pogacar?

—Sí, descartamos totalmente a Pogacar, incluso antes de empezar este baile de fechas sabíamos que su proyecto para este año era el Tour. Es un chaval de 21 años y este año su planificación ya estaba hecha. Yo pensaba que iba a ser el gran animador del Tour, pero no me podía esperar que ganara. Venía de hacer muy buena Vuelta y creía que iba más para reconocerlo, para curtirse, porque una grande te enseña mucho. Y el Tour es otra cosa, el Tour hay que conocerlo primero. Una vez que lo ha ganado sus objetivos van a ser otros. Además, durante los próximos meses, estará liado con homenajes y más homenajes. Nosotros le pondríamos una alfombra roja hasta Esolovenia para que viniera, pero sé que no lo hará. En cambio Roglic no está descartado, está en la prelista, y no lo descarto para nada. Aunque admito que a mí este año me preocupa mucho más La Vuelta y que la participación de La Vuelta. La participación es muy importante y no vamos a desdeñarla, todos queremos a los mejores porque son los que animan la carrera, pero una vez que empieza la carrera es la carretera la que pone a cada uno en su sitio. Para nosotros siempre es interesante tener a un español peleando por la general con un extranjero.

—La Vuelta se ha especializado en descubrir a corredores que luego son dominadores del ciclismo mundial, de Hinault a Pogacar…

—Eso te demuestra que La Vuelta sólo la pueden ganar los mejores. Ese es el podio que nosotros buscamos, con ciclistas que luego van al Tour o al Giro y también optan a ganarlo después de haber triunfado aquí. Lo que hemos observado es que las marcas ciclistas están muy pendientes de todo lo que sucede y ya no vale solo con competir en el Tour porque se han dado cuenta de que tanto el Giro como Vuelta tienen muchísima visibilidad. De hecho, como evento de tres semanas, somos el que más visibilidad tiene a nivel internacional. No incluyo aquí el fútbol. Fuera del fútbol, el deporte que más llega, con más cobertura y con más espectadores, es La Vuelta.

— ¿Y por qué a las marcas les cuesta tanto invertir en ciclismo?¿Es el miedo al dopaje la única razón?

—Creo que ahora mismo esa no es la razón. El problema es que hay una competición como el World Tour que solo admite de una forma estable y en la máxima categoría a 18-19 equipos. El resto de inversiones no te garantizan estar incluido en ese calendario o en ese estatus. Por tanto se han frenado mucho. La inversión para entrar en el selecto grupo del World Tour es muy elevada y exige tener que disputar muchas carreras y competir durante todo el año, lo que hace que el presupuesto de un equipo ciclista sea muy alto. No tiene nada que ver con ese ciclismo de los años 80 o 90. Aquel era un ciclismo con inversiones más asumibles, un ciclismo más doméstico. Además los equipos españoles podían competir en La Vuelta, por eso aquí había 14 equipos en aquella época, con muchos ciclistas españoles en sus filas. Lo de ahora es un síntoma más de los tiempos que vivimos, de la globalización. Si alguien invierte hoy en ciclismo en España es para hacer La Vuelta y nosotros sólo tenemos dos invitaciones. La alternativa es tener el presupuesto del Movistar y formar parte del World Tour. Por eso a nosotros nos gustaría disponer de más invitaciones.

—¿Un equipo español puede amortizar su inversión sólo con participar en la Vuelta?

—En teoría sí. Habría que ver la inversión que hacen frente al retorno que tienen. Yo se lo digo a los equipos españoles, les advierto de que no pueden crear un equipo para competir solo en La Vuelta. Tienen que hacer un equipo que pueda competir durante todo el año y eso es lo que te da una buena rentabilidad. Hay quienes me dicen que antes que invertir en ciclismo prefieren hacerlo en fútbol, porque son conscientes de que la rentabilidad es mayor, aunque también lo sea la inversión. Lo que está claro es que ponerte en la camiseta de un equipo de fútbol es más caro que aparecer en un maillot y en el fútbol no das el nombre de tu marca al equipo, como mucho vas a ser el Real Madrid, patrocinado por… Pero en ciclismo eres el BH-Burgos, el Caja Rural, el Euskaltel o el Movistar. Pensemos en el Banesto con Miguel Indurain. En el banco (ahora absorbido por el Santander) todavía te hablan de Miguel con cercanía y admiración, como si estuviera corriendo. Eso es lo que significa la fuerza de marca. Otro ejemplo más cercano sería el BH-Burgos y la victoria del año pasado de Madrazo en La Vuelta. Eso fue apoteósico y el chaval lo supo rentabilizar bien, con su carisma y su simpatía. Al final todo eso es un bien para la marca. Me aseguran desde el equipo que más allá de esa victoria consiguen sacar una buena rentabilidad a su inversión.

Ángel Madrazo celebra su victoria en la quinta etapa de La Vuelta a España 2019. CordonPress.

—¿Aspira a tener más invitaciones en el futuro?

—El cupo está cerrado pero es un tema que tratamos todos los años. Se trata a nivel internacional con la UCI en una reunión en la que estamos los organizadores, los equipos y los representantes de los corredores. Los grandes equipos siempre quieren estar presentes en las grandes vueltas y quieren mantener su estatus para tener así una estabilidad tanto económica como deportiva. Desde nuestro punto de vista de organizadores intentamos defender el sistema de ascensos y descensos y las invitaciones. Creo que lo más justo es el sistema de ascensos y descensos. Eso significaría que cada año un equipo que lo hiciera bien tendría la posibilidad de entrar en ese calendario en lugar de otro con peores resultados. Eso ha ocurrido este año con un equipo, el Direct Energy, que se ha ganado el privilegio de acudir a cualquier carrera. Tiene el derecho de ir pero puede renunciar, cosa que no está permitida a los equipo del World Tour.

—Es la consecuencia de los puntos UCI que tanta controversia generaron…

—Exacto, es producto del sistema. Esto es un ranking deportivo y a mí me parece muy justo. Al final te da una perspectiva del rendimiento de un equipo y a mí me sirve para exigir a un equipo español que desee venir a La Vuelta una serie de resultados. Su obligación será quedar primero en esta carrera o tercero en esta otra.

—¿Hasta qué punto se alarmó con la investigación de la policía francesa en el hotel del Arkea en el pasado Tour de Francia?

—Nos quedamos un poco fríos al conocer la noticia. Pero no tenemos mucha más información de la que se ha publicado en los medios. Lo que está claro es que no podemos bajar la guardia. En este caso vamos a ver qué hay. No sabemos lo que se está buscando pero por norma general la policía francesa no hace estos registros de manera gratuita. Es cierto que no ha habido ningún positivo en el Tour este año, porque eso hubiera sido una bomba de relojería para la competición e incluso para el propio deporte en sí, además de poner el dedo en la llaga de un corredor concreto. Yo lo único que quiero es que se investigue hasta el fondo, que se llegue hasta el final del asunto, porque la mejor manera de esclarecer lo que ha ocurrido es dictaminar que no ha pasado nada. No nos podemos relajar en estos asuntos.

—Parece que el virus del dopaje convive con ese otro virus que tanto nos preocupa…

—Bueno, a ver, no nos engañemos. Hay que estar siempre vigilantes con ese virus. No hay ningún deporte que haya hecho los esfuerzos que este, ninguno, ninguno, absolutamente ninguno. Pero es que esto está aquí, no es solo cuestión del ciclismo, es cuestión del deporte profesional. Lo que ocurre es que nosotros tenemos un histórico tremendamente malo y tenemos que entender que este deporte por culpa del dopaje casi desaparece. Y por eso no nos podemos permitir que esto vuelva a pasar. Con la que está cayendo ahora en el deporte en general debido a la pandemia del Covid-19 lo que tenemos que hacer es, si está pasando algo en temas de dopaje, saberlo cuánto antes. Porque las manzanas podridas hay que quitarlas siempre a la mayor brevedad posible, porque sino el riesgo es que aquí también se produzca un efecto contagio. Y no lo digo porque todos los demás se dopen, sino porque todos los demás se van a ver perjudicados. En estos temas siempre digo lo mismo: tolerancia cero, vigilancia máxima y llegar al fondo del asunto. Y en cualquier caso no prejuzgo nada de lo que pueda suceder en el caso Arkea. Sólo digo que se investigue, por el bien de todos.

—¿A usted también le han dicho que este Tour ha copiado a La Vuelta?

—Si nosotros servimos de inspiración a alguien, bienvenido sea. Yo en realidad soy muy de copiar, por lo que si alguien nos copia a nosotros me parece perfecto. Me cuesta ver eso de que el Tour se vueltiza, porque al final cada carrera tiene su personalidad. Pero es verdad que tú ves cosas en el Tour y en La Vuelta que tienen similitudes. Creo que en ambas carreras se intentan hacer propuestas distintas cada año. Nosotros somos muy de buscar una novedad en cada edición y el Giro es más fiel a su tradición. Eso no es malo, porque al final necesitas tener una idiosincrasia propia. Nosotros entendimos hace tiempo que las grandes kilometradas cada vez se aprovechan menos y las cortas se aprovechan muchísimo más, así se rompe mejor la carrera. Hoy por hoy el ciclismo control está completamente extendido y una de las cosas por las que Pogacar ha creado tantas expectativas es porque rompe esa tendencia. Este año, ejemplo, el Tour era radicalmente distinto por su apuesta por la montaña, cada dos días había un final en alto o una montaña muy cerca de la meta. Otra cosa es que el Jumbo controlara la carrera, pero las etapas eran divertidas y nos tenían delante de la televisión porque podían pasar cosas. Creo que ha sido un Tour muy variado desde el punto de vista del recorrido.

—Todo debe tener cabida en el diseño de una grande…

—A mí me gusta la montaña, no te voy a engañar. Pero cuanto más variado sea el recorrido, mejor. Luego también está la respuesta del público, de la audiencia de televisión. Si a mí alguien me asegurara que 21 etapas al sprint te garantizan la audiencia, tendríamos 21 etapas al sprint, que encima son mucho más fáciles de organizar. Te digo más: cuando nosotros diseñamos el recorrido tratamos de guionizar la carrera, la vas parametrizando, y más o menos te puedes llegar a imaginar lo que va a ocurrir. Lo ideal es que suceda lo que ha pasado este año en el Tour, que se decida todo en la última etapa. Eso en La Vuelta lo hemos venido consiguiendo en los últimos años.

—Sin embargo este año hay dos etapas que superan los 200 kilómetros. ¿Lo hacen por ir a contracorriente?

—No, no. Eso tiene una explicación. Ya he comentado que me gustan las etapas cortas y estas dos en concreto han surgido tras la negativa de Portugal. Una es una etapa teóricamente llana entre Mos y Puebla de Sanabria (etapa 15) pero que ha quedado realmente dura, muy dura, son casi tres mil y pico metros de desnivel. Estas etapas a mí también me gustan desde la globalidad de la carrera. Son etapas que generan desgaste, que te obligan a gestionar el esfuerzo del día a día. El año pasado la etapa más espectacular de la Vuelta fue una llana, la de Aranda de Duero-Guadalajara. Se produjo un corte en el que se metió Nairo y Roglic lo pasó mal. De hecho, si no llega a ser porque le ayudó Miguel Ángel López, ese día podía haber perdido el maillot de líder. Ese día se dieron tanta gresca que llegaron una hora antes a meta y el horario de televisión saltó por los aires. Pero el espectáculo compensa todo lo demás. Al final la propuesta que tú haces depende de la respuesta de los corredores. Creo que La Vuelta es la más identificable de cara al espectador. Todo el mundo sabe qué te vas a encontrar aquí.

—¿Cómo definiría a las tres grandes vueltas del calendario?

—El Giro es la tradición de las grandes etapas, de los puertos largos y el desgaste. El Tour es la tensión extrema y la responsabilidad. La Vuelta es la dureza de las 21 etapas en conjunto.Tenemos un país en el que, aunque tú no quieras, todos los días haces como mínimo 2.000 metros de desnivel. Y eso hace mella. A nosotros nos gustan las pildoritas y esas son nuestras etapas cortas.

«El Tour y el Giro tienen más tradición que nosotros pero yo no me acomodo en un discurso victimista. La Vuelta ha crecido muchísimo en los últimos años»

—¿Quieren menos los españoles a La Vuelta que los franceses al Tour o los italianos al Giro?

—Bueno, puede ser. España es así. No me hables de La Vuelta, háblame de España y entonces entenderemos ese concepto tan extendido en nuestro país que casi de manera inconsciente piensa que todo lo de fuera es mejor. Es curioso porque luego ese razonamiento choca frontalmente con lo que te dicen muchos nada más salir de España: que están deseando volver aquí. Es evidente que el Giro y el Tour tienen algo más de tradición que nosotros, pero a mí no me gusta acomodarme en ese discurso victimista, porque de hecho las audiencias de La Vuelta han crecido increíblemente. El reconocimiento de la marca Vuelta es tremendo y no os podéis imaginar la cantidad de ofertas que tenemos para salir de nuestras fronteras. Otro tópico que escucho mucho es que en las cunetas no hay gente. Y tampoco es verdad. Pero también tenemos que ser conscientes aquí del país que tenemos. En España la gente está donde está, muy concentrada en ciertos núcleos de población. Es tan sencillo como que cuando nosotros vamos a territorios con gente, la gente sale a la calle, y cuando vas a territorios que no hay gente pues no la ves. En nuestro país las carreras que más se ven son el Tour y La Vuelta. Igual que en Italia lo que más se ve es el Giro y el Tour. Pero en España nos instalamos bien en los tópicos, y de ahí que no nos saquen.

—Sobre la gestión de los finales en Alto y las medidas anti Covid-19 le quiero hablar ahora. ¿Cómo se va a tratar al público, se les va a permitir la subida hasta el final, se van a cerrar los puertos antes de los 4 o 5 kilómetros finales?

—Que nadie se moleste, pero este año nos gustaría que el público viera La Vuelta en casa. Y esto hay que explicarlo bien, con la tranquilidad y la humildad necesaria por nuestra parte, porque hay que explicarle a la gente que hoy la posibilidad de la carrera pasa por que cuanta menos gente nos juntemos mejor. Eso nos obligará a que en determinados puertos de montaña se restrinja el acceso del público. Cómo y de qué manera, no lo sé todavía porque hay que gestionarlo con la autoridad competente de cada comunidad. Creo que en este caso, con la carrera en octubre y noviembre, la gente no tendrá tantas ganas de salir a la carretera, tampoco no es época de vacaciones. En ese sentido estamos tranquilos, pero va a haber restricciones de vehículos y de accesos de bicicletas. Trataremos de buscar soluciones para que los aficionados lo puedan ver en otros lugares y no a pie de puerto. Al final, no son tantos los lugares donde tendremos que limitar el acceso, pienso en Arrate, en Asturias, especialmente en el Angliru, vamos a ver Moncalvillo en La Rioja y quizá en el Tourmalet, que además es domingo. La Covatilla, por ejemplo es un puerto muy largo que te da más posibilidades. Lo que queremos es que la gente no se aglomere en las salidas y en las metas. Esa es nuestra intención.

—Antes se decía que los ciclistas maduraban a los 28 años. Ahora estamos asistiendo a la revolución de los jóvenes: Tadej Pogacar (21), Egan Bernal (24), Remco Evenpoel (20), Mads Pedersen(25) o Mathieu Van der Poel (25), todos menores de 25 años… ¿Se puede decir que estamos ante la mejor generación de ciclistas de los últimos 20 años?

—Estamos viviendo algo histórico, absolutamente histórico. De toda esta generación de jóvenes a mí lo que más me gusta es el desparpajo. A lo mejor Pogacar si tuviera 30 años no correría así. Bernal es un corredor extraordinario, cuando está en forma es un tipo que hace unas arrancadas tremendas. Hay que ver cómo se recupera Remco de su terrible caída, este iba para caníbal; es como su compatriota, no regala nada. Ojalá vuelva a ese nivel. Se ha llegado a un equilibrio perfecto porque se han establecido tres escalones. La generación más veterana es la de los 35 años; luego están los de 26 a 30 años, ahí estarían Roglic o Nairo. Y por último vendrían todos estos chavales. A mí lo que más me gusta es que en los próximos años vamos a tener mucha alternancia, mucha competitividad con todos ellos. Eso es muy importante. Verlos en una grande dándose de bofetadas puede ser maravilloso.

«Si Óscar Freire hubiera nacido en Bélgica o Suiza a lo mejor habían cambiado el nombre al país y puesto el suyo»

—Y con este panorama, ¿qué esperanza le queda al ciclismo español? ¿Se nos ha agotado el caladero?

—No creo. El problema es que el caladero tenía mucho nivel. Hay que recordar que desde que Miguel ganó sus cinco Tours en este país no se ha dejado de ganar. Aquí hemos ganado el Tour con Carlos Sastre, con Contador, hemos tenido a Purito, que nos ha dado grandísimas exhibiciones, tenemos a Alejandro Valverde, que ha ganado una Vuelta y un Mundial, hemos tenido a Óscar Freire como tricampeón del mundo… Y Freire porque es español. Si hubiera nacido en Bélgica o en Suiza quizá le habrían cambiado el nombre al país para ponerle el suyo. Ahora también se nota la globalización del ciclismo, y eso ha hecho más difícil vencer, ahora surgen más talentos por todos lados. El ciclismo anglosajón ha cogido mucha fuerza, Bélgica y Holanda siguen manteniendo su tradición, pero de repente te sale un país como Eslovenia con dos autoténticos campeones como Pogacar y Roglic, un país de dos millones y medio de habitantes…

«A mí el landismo me gusta. Es otra forma de crear afición»

—¿Del landismo qué opina?

—A mí todo ese tipo de recursos me parecen bien porque alimentan la afición al ciclismo. Creo que Mikel este año ha asumido el rol de líder y ha hecho un buen Tour. Parece que por ser cuarto le hacen de menos, pero mira los tres que ha tenido por delante. Mikel ha asumido bien el rol de líder y ha intentando agitar la carrera, jugar sus bazas y luego las fuerzas le han dado hasta ahí. Lo que pasa es que este país solo acepta la victoria. Queremos que gane ya y a Landa no le podemos pedir que gane ya. Es su primer año en un nuevo equipo, con responsabilidades que no había tenido tan claras hasta ahora. Es cierto que nos acogemos a cualquier esperanza y no miramos si se han ganado otras cosas intermedias, otras pruebas. Aquí cuando uno de los nuestros gana una etapa ya lo vemos como candidato al Tour. Enric Mas también es otro gran corredor. Bien, pues el otro día leí que un cuarto y quinto en un Tour y ganar por equipos no es un gran bagaje. Y yo pensaba todo lo contrario. Volviendo al landismo, creo que no viene solo por las expectativas de que gane, sino por cómo corre Mikel, por ese parecido a Perico Delgado. Eso es lo que nos engancha. En definitiva, a mí el landismo me gusta, pero como me puede gustar el masismo, porque eso significa que se está creando afición. Lo que veo es que a los nuestros los matamos enseguida y creo que es la misma presión que meten los franceses a los suyos.

—¿Los espera en La Vuelta?

—Creo que Enric Más sí estará. Mikel no lo sé, no sé si vendrá o no. Él siempre ha dicho que quería ver cómo acababa en el Tour para decidir luego si hacía La Vuelta. Ojalá estuvieran los dos, porque a Mikel en una Vuelta tan norteña, en un territorio que él conoce tan bien, le iría muy bien.

—¿Un director de La Vuelta llama a los grandes corredores para pedirles que participen?

—No, no suelo hacer eso. Si me los encuentro en las carreras a lo mejor pregunto a alguno y me dicen si este año toca o no toca. A principios de temporada hablé con Matxin y le pregunté si contábamos con Pogacar para La Vuelta. “Pogacar no va a La Vuelta, que lo sepas”, esa fue su respuesta. Bueno, pues ya está, tampoco puedes hacer mucho más. Lo que está en tus manos es hacer la carrera grande para que quieran venir a competir los mejores ciclistas. En los últimos tiempos nos está ocurriendo algo curioso, y es que los ciclistas que descubren La Vuelta suelen repetir, nos lo confiesan, como hizo Roglic el año pasado, que terminó encantado. Froome es otro ejemplo.

—Ahí también se cumple el tópico, un británico enamorado de venir a España en agosto…

—Froome es uno de nuestros mejores embajadores. A Froome no se le puede odiar, ni aunque compita contra un ciclista español. A Froome sólo se puede querer. Es un tipo extraordinario y eso que la etapa de su vida se la regaló al Giro… Pero él quiere mucho a esta carrera y habla siempre muy bien del público español, y eso a mí me encanta. Pero hay que tener en cuenta una cosa. Hoy en día lo que quieren los ciclistas es tener palmarés y quizá ya no se obsesionan tanto con ganar varios Tours, como con ganar carreras. Ahora cuando ganan el Tour, buscan otros alicientes como La Vuelta o el Giro. Se han dado cuenta de la dificultad y el esfuerzo que supone ganar el Tour y han descubierto que hay vida más allá.

—¿Cree que Juan Ayuso, una de las perlas del ciclismo español, va para gran estrella?

—Matxin tiene un ojo importante, sabe mucho de esto. El tipo es muy bueno, no cabe duda. Solo hay que ver los resultados que está consiguiendo. Necesitamos gente así, jóvenes que tiren la puerta abajo, y además que puedan empezar a competir con la generación de jóvenes de la que hablábamos antes. Evidentemente, todavía hay diferencias de edad y de trayectoria entre ellos y Juan, pero a todo aquel en el que haya puesto el ojo Matxin yo lo seguiría bastante de cerca. Si te paras un poco y lo piensas, te das cuenta de lo rápido que va todo esto. Enric Mas tiene 26 años; a esa edad Miguel Indurain no había ganado ningún Tour. Estos chicos están haciendo vieja a ese generación de 25-28 años años que todavía tiene mucho recorrido por delante. Hay que dejar que Ayuso se cuaje tranquilamente. Mikel tiene 30 años y todavía le quedan buenos años por delante. Y mira Alejandro Valverde, que ganó un Mundial con 39 años y fue tercero el año pasado en La Vuelta. Con esos rangos de edad lo que está claro es que va a haber pelea siempre.

—¿Qué le parecen desde fuera los colideratos o las bicefalias dentro de un mismo equipo?

—Eso se ve muy bien en el documental de Movistar y me gusta porque realmente no tapa nada. Ahí se ve que hay una competencia brutal entre Mikel y Nairo, con Alejandro quizá en segundo plano, aunque al final es al que todos reconocen como líder. Tú imaginate que Roglic y Doumolin hubieran llegado con opciones en la general del Tour en los últimos días, cómo se hubiera gestionado eso. O pregunta a Carlos Sastre óomo fue esa gestión con los hermanos Schleck, o a Contador con Armstrong, que encima venía de haberse retirado ya. Lo de los colideratos siempre es una patata caliente para el equipo. Y ojo que a mí me encanta porque eso a nosotros nos da mucho juego….

—Hablando de Armstrong, cómo ve su figura y lo que ha supuesto su ascenso y caída a los infiernos?

—A mí es un personaje que no me gusta. Ni siquiera llego a empatizar con él después de los documentales que ha hecho y sus múltiples confesiones. Yo lo único que le pido al que comete un error es que lo reconozca, porque es la única manera de perdonarle. Y yo creo en el perdón. Cuando alguien da positivo, cumple la sanción y se reintegra al pelotón, para mí ya ha cumplido. Si queremos matarle y seguir matándolo pues entonces que no vuelva a competir. Pero si el tipo ha cumplido, ha cumplido, en eso consiste el sistema de rendición de cuentas. En el caso de Armstrong estamos hablando de otra cosa, porque si la Agencia americana contra el dopaje no hubiera hecho lo que tenía que hacer todavía tendríamos a un ídolo de mentira.

—¿Si no hubiera vuelto a competir no le habrían pillado?

—Pues no lo sé, no lo sé… Desde luego lo que hizo fue muy grave. El reflejo social de esta gente es tremendo y eso muchas veces no se tiene en cuenta. Luego podemos pensar que no hay mal que por bien no venga, que ahí está su lucha contra el cáncer, que ha sido muy generoso y solidario en ese aspecto, pero también se han frustrado muchas ilusiones debido a su comportamiento. El dopaje no puede tener cabida de ninguna manera en nuestro deporte y por eso la figura de Armstrong es tan dañina, no solo para él, también por la credibilidad del resto, de todos nosotros.

—¿Cuánto le preocupa el dopaje tecnológico?

—Sí que nos preocupa. El debate que está ahora encima de la mesa es la recepción de los datos que se toman a los ciclistas en carrera, cómo se pueden interpretar. De hecho, hay una norma por la que no se pueden revelar datos al equipo en tiempo real. Está prohibido por la UCI y supongo que tiene que ver con dar esa libertad al corredor que cada vez ha ido perdiendo, más aún con la llegada del pinganillo. Si nosotros queremos quitar el pinganillo no solo es para evitar el ciclismo control, sino también para que los corredores recuperen las sensaciones propias, para que se equivoquen también, para que tengan más espontaneidad. El otro dopaje tecnológico está más centrado en lo que todo el mundo conoce como motores; también están las ruedas que podrían tener más tracción gracias a un sistema de imanes. Esto nos preocupa bastante pero creo que no existe todavía porque no es como el dopaje médico. En este caso no existe esa omertá, ese silencio entre los corredores que se dio en otras situaciones. Si las prácticas se extienden en gran parte del pelotón, no habrá miedo a denunciar. Si un corredor se entera de que hay un rival subiendo un puerto con motor se lo carga allí directamente. Eso no lo iban a permitir los corredores.

—¿Se puede vivir con la sombra de la duda, con la idea de que te pueden estar engañando?

—No, no, yo no quiero vivir con sospechas. Yo tengo que vivir con certezas. Si hay algo hay que buscarlo y demostrarlo. La UCI ha estado muchos años investigando y buscando el dopaje tecnológico del que estamos hablando. A nivel profesional no se ha encontrado nada. Se han hecho inspecciones a las bicicletas y se pesan por seguridad. No pueden pesar menos de 6,8 kilos, porque una bici con menos peso sería un peligro.

—¿Y no se puede revisar también la gama cromática de los maillots? ¿Cómo es posible que en el Tour haya equipos vestidos de amarillo como el líder y que la misma confusión se repita en la Vuelta con el rojo?

—Ahí tienes razón. Yo sí sería partidario, por la mejor identificación de los corredores, de que ningún equipo pudiera vestir de amarillo en el Tour. En La Vuelta lo veo de otra manera, y me explico. La tradición del Tour se merece ese gesto porque el amarillo del Tour llegó antes que el color de los equipos, mientras que nosotros en La Vuelta, con el rojo, sólo tenemos una tradición de una década. Hace dos años iba de rojo casi todo el mundo y fue bastante complicado, la verdad, pero ahora ya no hay tantos equipos que vistan así y es algo que nos alivia. Cuando hablas con una marca e intentas explicarle o convencerle de que cambie el color o lo modifique para una competición nos dicen que la planificación de marketing es con esa uniformidad, que supone un gasto extra hacer ese cambio… Ahora está el caso del Jumbo en el Tour… se lo comentaré a Christian Prudhomme este año a ver si les sugiere algo de cara a la próxima edición, aunque imagino que habrá una simbología detrás de ese color amarillo. En cualquier caso, yo no me lo tomo como una afrenta hacia nuestra carrera cuando un equipo viste de rojo.

«Extremadura tendrá un final en alto en La Vuelta. Llegaremos al Pico de Las Villuercas, creo que será otro gran descubrimiento»

—¿El tema de los azafatos y las azafatas también tendrá continuidad en la Vuelta?

—Este año no habrá ni azafatas ni azafatos. Vamos a tener un podio limpio, con muy pocos actores más allá del corredor de turno. Estará el embajador de La Vuelta y una autoridad local que no va a tener contacto con el ciclista. La ausencia de azafatas y azafatos no tiene nada que ver en este caso con un debate machista o sexista, sino con las medidas sanitarias anti Covid. El ciclista va a subir al podio con la mascarilla y yo prefiero que no se la quite porque esa imagen es muy potente y no queremos dar un mal ejemplo. Además yo soy un firme convencido del uso de la mascarilla y de la distancia social. La distancia social por encima de todo y es esa la imagen que queremos dar en el podi¡o de La Vuelta. Nuestra carrera va a trabajar y potenciar los aislamientos. El sistema de tres burbujas va a ser el mismo que el del Tour y el protocolo de equipos también es el mismo porque está muy negociado con la UCI. El criterio de expulsión de La Vuelta difiere: en un periodo inferior de siete días (de un día de descanso a otro), dos positivos de corredores supondrá la expulsión del equipo completo.

—Le quería hablar de Extremadura, una comunidad poco frecuentada por La Vuelta. Tengo entendido que han descubierto allí el Pico de Las Villuercas (1.595 m.), en plenos Montes de Toledo. Otro descubrimiento más. ¿En 2021 veremos un final en alto en Extremadura?

—Yo sería optimista sobre la posibilidad de un final de etapa en Extremadura. Es cierto que ahora estoy tan metido en La Vuelta 2020 que el 21 me queda un poco lejos. Creo que el Pico Villuercas es un buen recurso para La Vuelta, conozco la zona y conozco el pueblo de Guadalupe (Cáceres), estuve allí hace muchos años; entonces todavía no estaba arreglada la carretera que sube hasta la cima. Ahora ya me han dicho que está arreglada y estoy de acuerdo contigo en que La Vuelta debe recalar más por Extremadura. A partir de ahí vamos a ver, tenemos muy buenas relaciones con las administraciones extremeñas, el trato con ellas siempre ha sido excelente. Ya veremos si será en 2021, 2022 o 2023, pero Villuercas hay que hacerlo. No sé como, pero hay que hacerlo.

—Se ha hablado incluso de la posibilidad de que fuera una cronoescalada…

—No veo una cronoescalada en ningún caso, ni ahí ni en otra etapa de La Vuelta, al menos de momento. Lo más cercano a una cronoescalada será este año el final de Ézaro. A mí me preguntan mucho por las cronoescaladas, y yo no termino de verlas, aunque ahora con el precedente del Tour imagino que las veré más. Te reconozco que puede que algún año hagamos una cronoescalada en Villuercas, pero la primera vez que se descubre un puerto tiene que ser en una etapa en línea, ahí es donde se ve la dureza, cuando uno compite contra otro. Hacer una cronoescalada no es nada fácil porque luego hay que hacer los retornos de los ciclistas. Son muchos condicionantes, pero en cualquier caso esto no es un dogma y estamos abierto a todas las posibilidades para el futuro. Mira, Purito Rodríguez era un gran enamorado de las cronoescaladas. Siempre me pedía una y cuando se la pusimos por fin en Andorra se retiró antes…

—¿Alguna innovación más que podamos ver en próximas vueltas, tiene más puertos nuevos en la manga?

—Creo que tenemos que tirar de todo el fondo de armario que tenemos. La Vuelta lo que tiene que hacer es repetir algunas de las grandes etapas que han marcado esta carrera, repetir Pajares, el Cuito Negro, repetiría todos los años Fuente Dé si tuviera el mismo resultado que la última vez. Las buenas comunicaciones de este país nos permiten más posibilidades a la hora de ir a determinados sitios. Antes era muy habitual terminar con la sierra de Madrid por su cercanía a la capital. Bueno, pues yo creo que ahora los puertos de Madrid funcionan mejor si vienes de vez en cuando, porque la afición lo coge con más ganas.

Contador celebra su victoria en la mítica etapa de Fuente Dé de la Vuelta a España 2012.

—¿Apuesta por repetir las etapas más icónicas de La Vuelta?

—No tanto eso, porque no te aseguras que vayas a tener el mismo resultado. Lo que hablábamos de Fuente Dé, por ejemplo. Yo soy más de crear iconos propios como puedan ser el Mont Ventoux, el Tourmalet o el Alpe D’huez en Francia. Los nuestros son Angliru y Lagos de Covadonga, las montañas con las que todo el mundo nos identifica. Y tenemos más, pero no están a su altura, quizá porque todavía no se han escrito grandes páginas de ciclismo. Nuestro trabajo es potenciar esas otras cimas con grandes días de competición. Tenemos que insistir en eso. Nuestra personalidad también está en las rampas, en Ézaro, Valdepeñas de Jaén, San Lorenzo de El Escorial… ¿por qué? Porque ahí no tienes que esperar al desarrollo de la etapa para saber si el final será atractivo. La gente ahí se engancha. Nuestro déficit, sobre todo en relación a Francia y menos con Italia, es la construcción de iconos. Tú vas al Alpe D’Huez o al Tourmalet y te das cuenta de toda la mística que el ciclismo ha construido a su alrededor.

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