Entre las evocaciones que de García Márquez solemos hacer los colombianos, está la entrevista que el poeta Arturo Camacho Ramírez le hiciera en la H.J.C.K. en 1954 (entonces tenía 27 años, un par de cuentos y su primera novela en trámite). En aquella ocasión, con escrupulosa narración, contó que su principal hobby era «la superstición», pero no cualquiera, sino la que lo llevaba a «seguirle la corriente a los presagios». Esclareció que, en el vigor de su arrebato surrealista, convino seguir el torrente más hermoso de todos: «El presagio del tren amarillo». Algo así como «el tren de juguete con el que juega el niño que lleva dentro», dijo tímidamente. Lo que de inmediato despertó la curiosidad del entrevistador y los radioescuchas. «Y, ¿cómo se construye este tren amarillo?», interpeló el poeta. «Se construye mentalmente con todas las cosas inútiles», indicó García Márquez. «¿Cosas inútiles? Y, ¿cuál es el itinerario de ese tren amarillo?».  Del fisgoneo sutil, el entrevistador pasó a la vehemencia. «Sencillo. Un inefable paseo imaginario por la inutilidad, para encontrar la utilidad de todo cuanto nos rodea. De acuerdo con el presagio, si el tren amarillo se construye honradamente, tarde o temprano será el que nos conduzca al país de la buena suerte», contestó el Nobel.

Acaso podríamos traer a cuento el presagio de Gabo a propósito de cierto tren famoso por estos días. Permítanme entonces un flashback: a falta de dos etapas, Egan Bernal se retira del Critérium du Dauphiné. En la quinta y última etapa (de 153,5 kilómetros), de salida y llegada en Megeve, chispea el desayuno la noticia de la deserción de Primoz Roglic (hasta entonces líder), luego de cuatro días infatigables en los que sometió a sus contendientes. Lo que parecía haberle dado a Thibaut Pinot (a 0:14) el control de la carrera, se redujo en un disruptivo ataque del colombiano Daniel Martínez (a 0:26) en la Côte de Domancy, que dejó al francés atrás, atragantado con 15 km de espesa montaña, y borró de un tirón, óigase bien, «in een keer» (traducido al neerlandés), el atronador y fratricida trasiego del Jumbo Visma por Puy-de-Dôme, Loire, Isère, Savoie y Haute-Savoie durante los cinco días que duró el certamen. Vale de epilogo un titular de diario matutino: «Martínez le arrebata el título a Pinot, quien se pensó ganador del Dauphiné que tenía casi sentenciado Roglic». «¿Y el Jumbo?», preguntó el transeúnte que llegó al kiosco por su vespertino. «Victoria en tres de cinco etapas», ha debido contestar el gendarme que se encontraba allí a la espera de un café.   

«No pasa nada, que el del Dauphiné fue un fogueíllo («losse patroon») de cara al Tour», se dijo Merijn Zeeman, director del conjunto neérlandes (sí, el mismo que hoy debe pagar una multa de 2.000 francos suizos por insultar a un juez de la UCI en un control a la bici de Roglic en busca de motores ocultos). Llega el Tour y se redobla la apuesta: un Jefe intratable que recordaba a la Vuelta 2019 comanda a un Jumbo (2020) que resume el concepto de ciclismo total («totaal fietsen»): una especie de conversión del tiqui-taca de Cruyff y el catenaccio de Karl Rappan al deporte de ruta. Siempre adelante, dominando espacios, concediendo poco, presionando mucho. Fiel a la pizarra: Amund Jasen (en el jaleo de ruta plana), Tony Martin (neutralizador al uso), Robert Gesink (perseguidor inclemente), George Benett (porfiado escalador), Sepp Kuss (súper-domestique), Tom Dumoulin (el Induráin de la escuadra) y Wout Van Aert (un tratado de eficiencia). 

Con todo, «el paso del tren amarillo», a una velocidad inclemente de 30-37 km/h, por Orcières-Merlette, Peyresourde, Pau Laruns, Isla de Ré, Sarran, Pau Mary, Clermont Ferrand y el Col de la Loze dejó la primera misión cumplida: el líder siempre a 600 metros cerca de la meta y nadie con capacidad de moverse sin su permiso. El que se atrevió, el creativo, el outsider, rápidamente fue interceptado. En Pirineos y en los Alpes, cuando el ritmo no asfixió, «atacar era inmolarse». Bernal y Yates son testigos excepcionales. López y Landa porfiaron sin gran rédito. En la vorágine, otra suerte corrió Tadej Pogacar: el niño contra la máquina. Con ímpetu, valentía y piernas, entendió que la estrategia era hipnotizarlos. No de otra manera se explica que de 1:21 que perdió en la jordana de los abanicos, se le concediera quedar a 57 segundos en la antesala de su gran día. Revisen el registro de los sprints salvajes de Laruns o el remante del Grand Colombier en los que con tanto brío demostró estar más fuerte. 

Que a un lote de avezadas abejas las trastornara una avispa es para pensar que algo hay, más allá de los 36,2 kilómetros restantes. No se llame casualidad al hecho de que el niño Pogacar supiera dónde acelerar y qué posición asumir en la subida a la Planche de Belles Filles, envite que le reportó utilidades de 1:56 sobre el curtido y casi ganador. Me dirán que «el tren amarillo» es la afectación del tiempo y la metáfora de la modernidad. Les diré que en algún momento hay que bajarse de la máquina. Tarde o temprano llega un cara a cara en el que, dentro de la brevedad lírica, estética y ética del llamado «el país de la buena suerte» al que alude García Márquez, lo útil es hallado en el paseo por la inutilidad.  

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here