En muchos sentidos, el fútbol depende de lo que te puedas permitir. El Real Madrid, por ejemplo, se puede permitir ciertas distracciones, al menos en el campeonato español. También puede vivir sin excesiva inspiración, incluso con alineaciones creativas, por no decir experimentales. El equipo es tan sólido, y defensivamente tan seguro, que el tiempo suele jugar a su favor. Ese mérito, el de la firmeza, hay que apuntárselo a Zidane, al que le podremos descontar otras bazas, pero no esa. Suyo ha sido el empeño de construir desde atrás y luego ya veremos quién juega con Benzema.

El Betis, por su parte, se puede permitir muy pocas licencias. Con el balón es un buen equipo y sin él es su prima la coja, dicho con el máximo respeto hacia los parientes de sangre, hacia los impedidos, hacia los enfermos de trauma y hacia todos aquellos que son discriminados por razones de raza, sexo o religión. Doy por hecho que Pellegrini tiene apuntadas en rojo las debilidades del equipo, pero le llevará tiempo corregirlas. El hecho es que el Betis se hizo daño antes de que se lo hiciera el Madrid. Desatendió los laterales, especialmente el zurdo, y se manejó en defensa con la falta de tensión que infarta a los entrenadores. Un central blandito es como una pistola de agua, como el León Rodolfo o como un oso amoroso; un deshonor para el gremio. Aunque es mejor no extenderse para no tener que pedir perdón a la WWF, al fallecido Charlton Heston, al Icona y al colectivo de felinos transgénero.

Así llegó el gol de Valverde, que remató en las barbas de su cuidador tras una porfía de Benzema. Aquello dejó al Betis groggy durante varios minutos, pero se recuperó contra pronóstico. Lo consiguió gracias a Canales, que movió la pelota como quien llama a la puerta de las habitaciones para que la familia se despierte. Y vaya si se despertaron. Los locales se adueñaron del partido a partir de su dominio en el mediocampo y dejaron en mal lugar la aportación de Casemiro, Kroos y Odegaard, y no incluyo al niño Valverde porque lo suyo es la libertad campestre. Los goles de Mandi y Willian nos situaron ante un panorama que comenzó a cambiar de nuevo cuando Modric ingresó al campo.

Los goles que voltearon la tortilla en la segunda parte llegaron con la inestimable colaboración del Betis, incapaz de protegerse y de hacer el campo pequeño. En el empate de Benzema, Carvajal encontró una autopista despejada para avanzar. A continuación, Emerson fue expulsado por empujar a Jovic cuando enfilaba la portería; quizá fue lo mejor que le podía pasar al serbio, que ya quedará para los optimistas como el hombre que provocó la superioridad madridista en el partido. Quien no se consuela es porque no quiere.

Algo similar podrá decirse de Mayoral (sí, Mayoral) coprotagonista de la jugada que valió el penalti decisivo. En su disputa con Bartra, el central bético acabó despatarrado y tocó el balón con el brazo. Acto seguido (en realidad varios minutos de VAR después), Ramos siguió honrando a Panenka.

Ahí murió el Betis y ahí fue donde el Madrid se acordó de cómo se ganaban los partidos en la pasada temporada, último tramo. Concentración defensiva (incluyo a Courtois), Benzema y quien se apunte. Poco más.

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