No hay duda: el mundo es más cómodo con las ventajas tecnológicas que tenemos. Quién no recuerda aquellos viajes en coche buscando las salidas de una autopista con un mapa desplegable. O aquella frase tan habitual en las madres: “Llámame al llegar”. Hacerlo era complicado si viajabas en tren, autobús o avión y había retrasos. Con el teléfono móvil lo tienes casi todo resuelto.

La tecnología, qué remedio, también ha llegado al deporte. Y es lógico. Soy un negado en física y en matemáticas de las que yo llamo avanzadas. Trigonometría, parábolas, cosas así. Pero entiendo que si eres capaz de chutar un balón en un determinado punto y a una fuerza ideal puedes superar a la barrera y al portero y marcar gol. Un pase largo milimétrico también tiene una ecuación que describe su trayectoria y con la tecnología existente hoy en día es normal que el deporte haga uso de ella.

El golfista americano Bryson DeChambeau acaba de ganar el US Open con su forma de ver el golf basado en la ciencia. En un deporte que se aleja cada vez más del juego clásico, basado en el feeling del golpeo con la bola y la inspiración del jugador, DeChambeau ha ido un paso más allá ayudándose de análisis físicos y matemáticos. ¿Y por qué no? Del mismo modo que existe una fórmula para golpear un libre directo en fútbol, hay otra que deja la bola de golf en la mejor situación posible. Solo hay que descubrirla.

El ciclismo actual se ayuda de GPS, pinganillos y potenciómetros. Para el director deportivo, es lo mas parecido a jugar en una videoconsola. Todo está controlado, menos el aspecto humano. David Braislford, el ideólogo del equipo Sky/Ineos, detectó que el ciclismo en pista ofrecía muchas medallas en los Juegos Olímpicos y no había un país que dominase. A base de inversión y entrenamiento, hizo del Reino Unido una máquina cosechadora de metales. Después anunció un plan, entonces una locura: ganar el Tour con un corredor británico en menos de cinco años, justo cuando Wiggins había sido cuarto y era ya una rareza ver un británico tan arriba. Hasta entonces, había que irse a los días de Robert Millar o Sean Yates para ver británicos entre los equipos profesionales. Brailsford no necesitó los cinco años, además ha ganado el Tour con tres ciclistas británicos diferentes y con un colombiano, con otros triunfos en Vuelta y Giro.

Su método es casi maniático. Cuando Wiggins ganó el Tour, Braislford le puso un plan de cuidado tan exigente que incluso le prohibía meter la maleta en su coche camino a Francia. Alguien tendría que hacerlo por él, porque cada esfuerzo ahorrado era un esfuerzo ganado. Los pinganillos no son cosa suya, pero la imagen de Chris Froome mirando al potenciómetro del manillar sí. Esa obsesión le ha costado a Froome no pocas caídas por ir mirando a la maquinita y no a la carretera. Los potenciómetros han evitado las pájaras, tan poéticas ellas, y han acabado por llevar a los ciclistas en pelotón hasta el último kilómetro en los ascensos, cuando el potenciómetro les dice que pueden usar energía sin que les cueste nada. Unamos a esto el sentimiento amarrete de la mayoría de los directores deportivos, que creen que un sexto puesto merece la pena ser conservado y es mejor no hacer locuras, aunque sean para alcanzar el podio o un triunfo de etapa espectacular. Mejor asegurar que terminar en octava posición contraviniendo al modelo matemático de turno.

El uso del GPS nos ha quitado la emoción de esperar a los pasos intermedios para tener referencias. Ahora el GPS de moto a moto ya te lo da todo. En la crono final del Tour vimos cómo Roglic perdía su diferencia segundo a segundo y después como crecía a favor de Pogacar. Inevitable y comprensible, como el resto.

Los modelos matemáticos y de simulaciones también están a la orden del día en la Fórmula 1, y si algo pasa en la carrera, lluvia, un accidente, un coche de seguridad, se reajustan los parámetros y listo. Ya sabemos cuánto tiene que comer y cenar el piloto el día anterior, a qué hora debe pasar por el cuarto de baño, cuánto se gastan las ruedas en cada vuelta y cuándo es el mejor momento para repostar. Lo único que salva a la Fórmula 1 en su guerra contra la máquina es la necesidad del piloto de sentir vértigo, a lo que se añade muchas veces un carácter rebelde, capaz de mandar a esparragar al ingeniero que le dice obviedades o le pide cuidado. Ojalá los ciclistas fueran así de rebeldes, un poco más como Fignon, y de paso nos dejaran escuchar las conversaciones del malvado pinganillo. Al fin y al cabo las mejores historias son las que se salen de los guiones.

Ya ven, yo aquí, criticando el excesivo uso de la tecnología y publicando en internet. Pero salvamos árboles.

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