“La vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba”. Así empieza El año del pensamiento mágico, de Jean Didion, dedicado a la repentina muerte de su marido. Por muchas veces que se lean, hace falta una disposición especial para que esas palabras, que llegan como una brisa, se conviertan en algo turbulento que afecte a tu forma de vivir.

Y si hay un lugar y un momento en el que las palabras de Didion suenan lejanas es en un Madrid-Barça. Ahí las velas las inflan los gritos de los más de ochenta mil aficionados con ganas de revancha. Es el partido por el que pagas el abono, el que durante una semana te ha acercado de nuevo a la prensa deportiva, el que se convierte en el epicentro de ese terremoto emocional que se anuncia con unas jornadas de antelación y que durará varios días después.

Pero, sin que lo supiera, ahí estaba Jean Didion, en el asiento que había dejado libre mi vecino. Me habría bastado con escucharla para ser consciente de todo eso que estaba viviendo por última vez. Sí, vendrán otros partidos, para jamás volveré a verlos desde este asiento, con este escenario de fondo, con la disposición de las gradas, con los socios a los que me he acostumbrado.

Una de las consecuencias de esta pandemia es que los madridistas no nos hemos podido despedir del ya antiguo Santiago Bernabéu. Nos ha faltado ese último partido al que acudir con la conciencia de algo que se acaba. Me hubiera gustado que hubiera sido un partido a las diez de la noche e ir acercándome al estadio por la calle Ávila para, saliendo ya a General Perón, ver el estadio con esa iluminación de cofre del tesoro recién abierto.

Caminar hacia el estadio buscando la mejor manera de decirle adiós sin saber muy bien cómo hacerlo. Mirar para recordar. Moverse entre unos puestos que quizás no encajen ya tan bien con el nuevo castillo. Integrarse en esa marea que este corazón de hormigón todavía bombearía con fuerza en el pecho de este barrio, llenando con cada latido los bares de la zona, sus calles y sus aparcamientos para después traerlo todo al estadio. ¿Cómo será el del nuevo? ¿Silencioso y eficiente como el motor de un coche eléctrico?

Pero no sabíamos nada y en la cabeza teníamos a Messi. En vez de elegir el trayecto largo de la calle Ávila, me bajé en Santiago Bernabéu y caminé con mi hermano hasta el restaurante argentino en el que compramos dos empanadas y dos pasteles de queso. Siete euros y pico. De haber sospechado algo, mi hermano habría preparado un buen par de bocadillos y en el descanso habríamos salido a tomar unos vinos para disfrutar del placer de ver los alrededores tranquilos y de volver a entrar en el estadio sin apenas gente por la puerta 42.

Es posible que no fuera un buen partido, pero la crónica de un Madrid-Barça desde dentro del estadio nunca va a coincidir con la externa. El fútbol en vivo es teatro, en pantalla ya es cine. Y algo que no se produjo en ese partido fue la despedida de los aficionados habituales, sobre todo de ese vecino que no acudió y que adivinó el resultado. Esas caras conocidas sin rasgo de sectarismo a cuyos comentarios te has acostumbrado y de los que te fías más que de los tuyos, que el descanso discuten estrategias con un confiado pesimismo o un resignado optimismo mientras los que salen de los palcos tratan con su excesivo entusiasmo justificar la invitación o ganarse la siguiente.

Nos ha faltado, y el del Madrid-Barça habría sido un buen día para ello, poder quedarnos después del partido y, con las luces encendidas, recorrer el estadio en su último tour, el de la despedida. Como fantasmas de este castillo desahuciado, ver y sobre todo tocar lo que desaparecerá. Recorrer la banda. Golpear la portería. Quedarse en el centro del campo y girar para ver una panorámica que en unos meses ya habrá desaparecido. No es una tontería sentimental: es el estadio que vieron Zidane, Ronaldo, Roberto Carlos, Guti o Xavi Alonso y el que aparecerá como fondo de sus jugadas. El nuevo tendrá que trabajarse su memoria desde el principio y no empezará a latir con fuerza hasta que dé la bienvenida a su primera Copa de Europa.

Por lo menos, salimos contentos de ese partido. Podríamos haber asistido, por ejemplo, a una repetición de ese Madrid-Ajax el que, prácticamente un año antes, una alegre, desvergonzada, energética y entusiasta chiquillería nos metió, cuando dejaban de mandarse wásaps, cuatro goles con los que nos invitaron a bajar del tren europeo. Ese resultado había convertido el césped una lápida de la que salir corriendo, en vez de esa invitación para un picnic que los goles de Vinicius y Mariano nos regalaron.

En la estación de Santiago Bernabéu la gente estaba animada. Apenas había aglomeración para pasar los tornos. Se diría que todos deseábamos demorar el regreso a casa para alargar un poco más la experiencia del partido. Daba igual que fuera domingo porque, gracias al resultado, nos encontrábamos en una escalera de Escher en la que para subir hasta el viernes bastaba con empezar a descender el lunes.

Ahora las obras del estadio se encuentran muy avanzadas. Si el día me pilla de Quijote pesimista, donde hay grúas veo monstruos picoteando el cadáver de un animal del siglo pasado. Si me da por lo pragmático, me digo que los partidos también los ganan los estadios y que era hora de construir algo que siga recordando al equipo visitante las dimensiones de aquello a lo que se va a enfrentar, porque no viene mal plantarle cara al petrodólar y a sus equipos de botas de tacos de oro.

Y si me levanto optimista, me recuerdo que, si todo se desarrolla bien, podría darse que su inauguración coincida con la distribución masiva de la vacuna del coronavirus. Sí, un día la vida que conocías se acaba, pero ese cambio también puede ser para bien, llevándose el duelo.

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