Querido P.:

San Sebastián es una de las ciudades más bellas que he visto. El deje señorial permanece en suspenso, visible pero no ostentoso, como un pijo que a base de delicadeza y buen gusto hubiese conseguido despojar de vanidad a su condición. Vivir en un ambiente como este sin duda debe de tener consecuencias en el espíritu, de ahí que algunos vecinos desdeñosos traten de burlarse de los oriundos, denominándolos ñoñostiarras en virtud del sentimentalismo del que hacen gala cuando evocan sus calles y paseos más lustrosos. Sin embargo, las pullas suelen naufragar; la melancolía, lejos de constituir un motivo de oprobio, ha sido reivindicada como sello de identidad del lugar y empleada sin vergüenza por sus embajadores más famosos. Verbigracia, la Oreja de Van Gogh, cuyas canciones desprenden un poso de nostalgia tan apropiado para estas fechas de despedidas señaladas que uno se cuestiona si el algoritmo que programa el calendario de Liga acaso tiene también en cuenta estos aspectos.

El Madrid alberga tradicionalmente buenos recuerdos de Donostia. El vínculo entre entidades se ha fortalecido en los últimos lustros —pese a la incomprensión de un sector de aficionados, algunos por manía respetable y otros envilecidos por cuestiones extradeportivas—, reforzado por colaboraciones como la del partido del centenario de la Real o el reguero de jugadores cedidos y traspasados en ambas direcciones. Por su parte, Gareth Bale también debe de conservar grata memoria de la ciudad. Desde su debut en Anoeta en 2014, marcó en todas y cada una de las ocasiones en que pisó el césped donostiarra. Aunque su última visita, ya relegado al ostracismo, ilustraba a las claras el papel ignominioso al que había sido condenado —entre otros, por él mismo— en su etapa final en el conjunto blanco. De hecho, se puede observar una simetría casi perfecta entre la trayectoria del galés en el club y sus actuaciones en el campo de la Real Sociedad: de diva sin nombre y montón de ilusión a foto borrosa y flor sin olor. 

No obstante, sería injusto e irreal centrarse únicamente en la triste coda: una vida, en San Sebastián, en Granada o en Alpedrete, se compone de una sucesión de momentos diversos, y la Oreja de Van Gogh siempre posee canciones para todo. La llegada de Bale nos retrotrae a anhelos universitarios, época felicísima en la que la mayor de las angustias la constituía el preguntarse si con aquella incorporación sería posible aspirar con garantías a la Décima, mientras uno hacía tiempo en la parada junto a Amaia Montero, llega tarde el veintiocho –el veintiocho, carambolas de la existencia, coincide con el dorsal del sustituto de Gareth en el rol de revulsivo, un muchacho que de momento llega tarde a rematar en el área—. Bale, por aquel entonces aún con flequillo y sin moño vicepresidencial, planeaba con sus orejas como un avión para ridiculizar las artimañas de Bartra en una final y acallaba con golazos esporádicos nuestras dudas por su recurrente abulia. Sus gloriosos chispazos y sus buenas rachas no evitaron nuestras suspicacias, esperando en perpetua Plaza de Mayo a un líder que nunca se presentó. Aunque unos pocos también lo ayudamos cuando el circo romano llamado Bernabéu dictó sentencia y prefirió sacrificar lo que quedaba del futbolista en virtud de una supuesta dignidad. 

El Madrid de anoche en Donostia pareció echar en falta al mejor Bale, ese que nunca faltaba a su cita con ese rival y estadio. No es que el equipo jugase mal: en realidad estuvo bien plantado en el campo y con detalles positivos para las fechas actuales. Pero la falta de gol y profundidad convierten en un deseo imposible no imaginar al británico trotando por la banda izquierda del Reale Arena, y solo nos callamos porque, como escribió Xabier San Martín, es más cómodo engañarse y porque la razón siempre gana al corazón. Y al mismo tiempo procuramos encender en secreto una vela, no sea que por si acaso un golpe de suerte algún día quiera que lo volvamos a ver, reduciendo estas palabras a un trozo de papel.

Saludos afectuosos.

P.    

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