Tolstoi dejó escrito en el inicio de Ana Karenina que todas las familias felices se parecen, pero cada familia infeliz lo es a su manera (y luego escribió un millón de páginas más para terminar la novela). No es que uno quiera enmendarle la plana al bueno de León, pero yo creo que la dicha también puede vivirse de manera diferente: hay quien es feliz y no lo sabe, hay quien es feliz olvidando el pasado o anticipando el futuro, hay quien es feliz por un instante.

Hay, en fin, muchos tipos de felicidad (incluida la felicidad amarga) y ayer multitud de cadistas escogieron la suya propia en el esperado debut de los amarillos (más amarillos que nunca, medias incluidas) frente al Osasuna.

El encuentro, digámoslo ya para no crear falsas expectativas, originó más noticias en sus prolegómenos que en el césped. Para empezar, claro, una celebración alegre: la vuelta a la máxima categoría de los locales, tras un paréntesis de quince años (mucho tiempo en una vida, muy poco para la formación de una estalactita). Luego, un recuerdo cariñoso a Michael Robinson, ex jugador rojillo y ex directivo cadista. A los pamploneses se los ganó con sus goles y a los gaditanos con sus lágrimas de emoción en el ascenso de Las Palmas, se puede llegar al corazón de muchos modos. Y todo ello, por supuesto, en ausencia de público (qué les voy a contar…). Esta pandemia —entre otras cosas que no mencionaré— ha puesto de manifiesto la importancia de la grada en los partidos de fútbol. Lejos de ser simples observantes, los aficionados son una parte más del espectáculo y sin ellos nada es igual. Los gritos, los cánticos, los aplausos… juegan un papel tan importante como el del coro de una tragedia griega o la banda sonora de una película. Y es que la escena de la ducha en Psicosis, sin esos violines sincopados, podría confundirse con un relajante momento en un SPA.

¿Qué ocurrió en el verde, se preguntarán ustedes? Pues pocas cosas y ninguna buena para el Cádiz. Tras unos primeros momentos de tanteo, Oier le robó la cartera a Sergio González (mal partido del canterano) y filtró un balón a Adrián, que definió con calidad. El plan cerveriano del cemento y las liebres saltó por los aires y a partir de ese instante al equipo se le vieron las costuras.

A nuestros habituales problemas de circulación de balón se unió un bajo tono físico general, provocado por la accidentada pretemporada, donde hemos tenido más casos de COVID que partidos de entrenamiento. El Osasuna, por su parte, se repuso mejor a sus importantes ausencias (Chimy Ávila, Brasanac) y demostró que la lucha es condición necesaria pero no suficiente para competir al máximo nivel. También hace falta calidad, como la del citado Adrián (un incordio toda la noche) o la de Nacho Vidal, que penetraba reiteradamente y hasta el fondo por la banda derecha.

Por su parte, el Cádiz tenía un plan tan viejo como el mundo: balones aéreos a Negredo. El madrileño saltó una, dos, cien veces, pero Aridane le ganó la partida casi siempre. Solo el atrevimiento de Pombo nos salvó del tedio.

El descanso le llegó al Cádiz como la campana a un boxeador al que le tiemblan las piernas. Los de Arrasate no gozaron de ocasiones claras, pero sus acercamientos tenían más empaque y se temía que en cualquiera de ellos pudiera caer el gol del KO. Era tanto el desánimo que ni siquiera se protestó un posible penalti por manos de David García.

Es cierto que en la segunda mitad la entrada de Malbasic le dio otro aire al equipo, pero no fue suficiente. Tras algunos escarceos, un segundo error local propició el tanto de Rubén García a la salida de un saque de banda. Cervera —ausente por COVID— se revolvería en su sofá.

Tenemos que recuperar el fondo físico perdido en la cuarentena. Tenemos que reintegrar a jugadores clave en el esquema (un saludo, Álex). Tenemos que fichar futbolistas que eleven el nivel del bloque.

Como ven, yo busco la felicidad en la esperanza de un futuro más halagüeño. Que cada uno persiga la suya como mejor le parezca.

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