A poco que tenga suerte, la carrera de Ansu Fati se alargará aproximadamente hasta 2040, una fecha futurista en la que es imposible imaginar algo que no sea Ansu Fati. Entonces, muy cerca de la localización temporal del último Blade Runner (2045), Ansu Fati habrá cumplido los 38 años —equivalentes a los 28 de ahora— y apurará sus últimas temporadas como profesional, quizá reconvertido en mediapunta y tal vez andando durante los partidos.

Asomarse al futuro de Ansu Fati produce vértigos, de manera es que preferible concentrarse en su presente y en el horizonte más próximo. Qué jugador. Y me ahorro las exclamaciones porque la admiración, aunque sincera, no es exclamativa. No nos encontramos ante un futbolista superlativo en lo físico, como Cristiano, ni ante un genio total del tipo Messi. No creo que llegue a ser tan grande como ellos. Lo que tiene Ansu, y pocos lo poseen, es la facilidad. Para entender el juego. Para ver portería. Para encajar en la jungla del deporte profesional sin mostrar una pizca de timidez o miedo. Lo ve fácil y lo hace fácil.

En su primer partido como titular en la Selección española, el chico provocó un penalti, intentó una chilena, marcó un gol y fue una pesadilla permanente para la defensa ucrania. En un tiempo de reinvención futbolística que algunos observamos con cierto escepticismo (quizá por recelo hacia Luis Enrique), Ansu Fati es la razón para no descolgarse de España, y en este caso me refiero al equipo de fútbol. Le veremos crecer en el Barça (Koeman mediante) y apetecerá mucho comprobar en cada partido de la Selección todo lo que ha aprendido.

Nada más marcar el gol que le incluye en la historia, Ansu Fati (17 años y 311 días) se dirigió hacia una cámara, encuadró su primer plano y posó con su mejor sonrisa. Por si alguien no le ponía cara. El descaro es otra de sus virtudes obvias.

En cierto sentido, Ansu Fati acaparó el gran partido de España, especialmente en la primera mitad, cuando todo salió como se hubiera soñado, incluidos los ucranios. Sergio Ramos anotó un doblete que, con 23 goles, le convierte en el mejor defensa goleador de la historia de las selecciones por delante de Daniel Passarella (si bien el argentino necesitó cien partidos menos para marcar 22).

Reguilón brilló en la izquierda y Rodrigo se confirmó como una pieza esencial en el mediocampo. Dani Olmo tampoco defraudó y el equipo combinó lo viejo con lo nuevo de una manera que no funcionó, o no del todo, en Alemania. Quién sabe. Tal vez Ansu Fati sea el pegamento que adhiere la ilusión con la experiencia. Quizá el equipo necesite que alguien distraiga a los críticos mientras se cuaja una formación competitiva. Podría ser, aunque todo esto se observará mucho mejor desde 2040, rodeados de replicantes y unicornios de papel.

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