Dormir contigo es estar solo dos veces
Es la soledad al cuadrado
Todos los sábados son martes y trece
Todo el año llueve sobre mojado
Bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla llueve sobre mojado.

Con la inesperada salida de Zidane y Cristiano hace dos temporadas, el Madrid debía solucionar un par de problemas: reemplazar al portugués para no perder gol y reestructurar una plantilla acomodada y con un exceso de jugadores veteranos.

Tras el baile de nombres, Lopetegui fue el elegido y se puso manos a la obra. El Madrid y Julen apostaron por dar protagonismo a Bale. Sin CR7, parecía que podría ser por fin ser el jugador que se esperaba. También se confió en que el exselecionador despertase de una vez a un Asensio que, en su tercera temporada de blanco, debía quitarse el traje de promesa para ser por fin una realidad.

El inicio con Lopetegui generó optimismo. Se  jugaba bien al fútbol y el equipo en poco tiempo mostró un sistema definido y reconocible. Se activó una novedosa presión tras pérdida, se dio mucho protagonismo a los laterales —sobre todo en ataque— y se entregó el mando de las operaciones a Kroos. Pero la pelota no entraba y, sin gol, el juego se veía afectado. Llegaron las dudas y el nerviosismo, sobre todo del entrenador, que se lo contagió a la plantilla. Lopetegui convirtió un sistema táctico que funcionaba en un carrusel de fallos, inseguridades y ansiedades constantes. La presión mediática superó a un entrenador cada vez más nervioso y exigido por una directiva donde no tenía aliados. Lo que era un buen proyecto terminó de forma lamentable con una destitución cantada y un comunicado del club que hacía mención a “los ocho potenciales Balones de Oro”.

Llegó Solari y en su primera rueda de prensa lo dejó claro: «La idea es ir a Melilla y jugar con dos cojones». El argentino apostó por el ritmo y la intensidad: el que no corre no juega. Isco desapareció y aparecieron dos fieras, Vinicius y Reguilón. El brasileño era todo desborde alocado y sin control, pero por momentos resultaba imparable; el canterano cerraba con ímpetu y físico la autopista que un adormilado Marcelo tenía en su banda. A ellos se unió un renacido Ceballos que, con buenas actuaciones, llegó a la Roja de Luis Enrique. El equipo se hacía más sólido, más duro, más áspero.

Pero el problema se repite: no hay gol. Y así se presentó el equipo a la semana en la que se lo jugaba todo en dos partidos, Champions y Liga, Ajax y Barça. El Madrid jugó bien, pero falló lo infallable. Y se derrumbó.

Con la misma sorpresa que se fue, en menos de un año volvió Zidane. El francés dijo que lo tenía claro y prometió cambios. Dispuso de 11 partidos sin nada en juego para hacer pruebas, meses para construir su nuevo proyecto, para planificar una nueva plantilla, para fijar una idea, un estilo, un plan. Sin embargo, para sorpresa de muchos, lo primero que hizo fue cargarse los brotes verdes. Marcelo volvió a la titularidad arrinconando al efervescente Reguilón; Vinicius, lesionado ante el Ajax, perdió todo su protagonismo y Ceballos acabó a la grada, de donde Zizou rescató al indolente y fuera de forma Isco. Esos 11 partidos para olvidar no sirvieron de nada, si acaso para defraudar a muchos.

En verano se movió el mercado y al Madrid llegaron Hazard, Militao, Mendy, Jovic y la perla brasileña Rodrygo. James fue repescado. El gran problema de Lopetegui y Solari, el gol, parecía solucionado: Hazard, sin ser un gran goleador, es un crack ofensivo que debía asegurar goles y asistencias. Jovic venía de hacer un temporadón (21 goles en la Bundesliga), más lo que pudiera sumar Rodrygo. Zidane solo tenía que encajar las piezas y construir un sistema ofensivo en torno al belga. Debía acoplar a Karim, Jovic y Mariano como delanteros, a dos extremos con desborde y gol como Hazard y Bale, al ímpetu juvenil de tres diamantes sin pulir por los que se peleaba media Europa —Vinicius, Rodrygo y Brahim—, el talento dormido de la eterna promesa Asensio, el trabajo y el saber estar de Lucas Vázquez, más el gol que llegase desde la media punta con el repescado James. El decorado no era precisamente el de una película de terror.

En la pretemporada la pelota no entró salvo en la portería de Courtois, donde no paraban de caer goles. Ni sistema, ni plan, ni contexto ofensivo. Zidane no daba con la tecla, no creaba nada, ni disponía de una delantera mínimamente fiable. La única forma de llegar al gol era Benzema. El escudero de Cristiano, el hombre de las jugadas geniales y los toques lúcidos en mediocampo, era ahora su killer. No obstante, cuando no aparecían los goles de Benzema o Ramos, no había más. La libreta de Zizou apenas aportaba nada.

El francés se pasó el año dando palos de ciego. En vez de crear, buscaba en el armario y nada le gustaba. Por el ataque pasaban todos y ninguno le valía. El ejemplo es Vinicius, gran protagonista en el final de temporada, el único que generaba verdadero peligro… Ante el City no jugó ni un segundo…

Como tantas otras veces, Zidane espera que sean los futbolistas y su talento individual quienes solucionen lo que su pizarra no logra. Parece no darse cuenta que ya no tiene al asesino, que los goles de Cristiano ya no tapan los defectos y carencias ofensivas de su pizarra. El francés ahora juega con las mismas cartas que el resto de humanos salvo el Barça, cuyo ataque continua aferrado a Messi.

Con un equipo incapaz de dañar al contrario, Zidane ha recurrido a la misma idea que Solari, nada nuevo bajo el sol. Sudor, defensa e intensidad, esa es la receta mágica, un plan muy pobre si te llamas Real Madrid. El parón le permitió recuperar a jugadores fundidos. Buscó el dominio físico y emocional, su gran arma, y así ganó esta extraña Liga. Pero cuando se ha enfrentado al mismo problema que Lopetegui y Solari, la falta de gol, no ha conseguido solucionarlo ni con más recursos. No olvidemos que el Madrid ganó la Liga desde el unocerismo.

El nuevo Real Madrid tendrá que solucionar viejos problemas de juego, algunos muy evidentes durante todo el año, y que quedaron muy al descubierto ante el City. Y sobre todo tendrá que solucionar el problema del gol, porque el gol lo es todo. El fútbol es un juego que va de meter goles. Los sistemas se hacen para marcarlos o evitarlos; por el gol se justifican sistemas e inversiones millonarias. Al final todo depende de superar al portero contrario, sin eso todo lo demás es baladí. Así que me temo que la solución la tendrá que poner Florentino y no Zidane, porque el francés ya ha demostrado que, sin Cristiano, no es capaz.

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