La Champions, la del Covid, la de las eliminatorias a un solo partido y la del público en su casa, dictó sentencia. El Bayern fue justo y digno campeón; nunca sabremos qué habría pasado con partidos a ida y vuelta, pero miedo da pensar en este equipo con 80.000 hinchas detrás.

El fútbol es así. Mientras Pep, Zidane, Klopp, Sarri o el Cholo lamen sus heridas, la Champions nos ha descubierto a un héroe anónimo, casi a un desconocido, Hansi Flick. 

El técnico del Bayern llegó en noviembre como medida transitoria mientras la directiva bávara buscaba un recambio de renombre al destituido Niko Kovac. Ayudante de Low durante ocho años en la selección de Alemania, Flick asumió como interino la dirección del gigante de Múnich. El equipo, quinto en la Bundesliga y con la grada señalando a varias de sus figuras, dio un vuelco a la situación, coronando con la Champions un triplete inimaginable, más si recordamos la situación del equipo tras el 5-1 encajado en Frankfurt. A partir de aquí hubo un cambio radical y el equipo soso y plano se convirtió en una apisonadora que nos recordó al Bayern de Heynckes.

Entre los vencedores del torneo nos queda también el Atalanta, un equipo entusiasta y ofensivo del que todos nos enamoramos aunque solo fuera por un instante.

En el balance final de la competición podemos señalar como protagonistas a jugadores como Upamecano o Davies, dos defensas que no agreden al balón, el Papu Gómez, líder del equipo de Bérgamo, Dani Olmo, el español en la maquinaria de Nagelsman, o algunos veteranos como Neuer o el incombustible Muller.

Pero también hay que hablar de los perdedores. Y hay cuatro nombres que reflejan el fin de una década. Por un lado están Messi y Cristiano; por el otro Neymar y Mbappé, los que debían ser sus herederos. 

A los dos primeros y pese a actuaciones más o menos decorosas, el tren de la Champions parece que se les está escapando, aunque es posible que no hayan dicho aun su última palabra. Da la impresión de que a Neymar y Mbappé les viene grande el trono. Al brasileño, víctima de sí mismo, le sobraron lagrimas y le faltó preparación, diluida entre cumpleaños, viajes, bailes y tonteo. Y ojo porque con casi 29 años se le empieza a acabar el tiempo. Al francés habrá que explicarle que hablar como una estrella, portarse como una estrella y cobrar como una estrella, no le convierte en una estrella. De nada vale la pose si no demuestras tu talento en el campo.

Mbappé también tiene que decidir qué tipo de futbolista quiere ser. Por suerte, tiene tiempo por delante. Tanto como en su día tuvo Neymar…

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