No es frecuente que un partido señale tan cruelmente a un futbolista, a un buen futbolista, además. Dos errores clamorosos de Varane sentenciaron a su equipo y, aunque la lectura es superficial, resulta inapelable. El Madrid perdió, en primer lugar, porque se disparó a los pies, a los dos. Y Varane apretó el gatillo. Pero no fue eliminado solo por eso. Diremos en descargo del asesino que, sin esos errores tan penosos, el equipo hubiera encontrado otra manera de perder porque las exploró todas.

Desde el instante inicial se observó que la presión adelantada del City le generaba excesivos problemas en la salida del balón. Desde el banquillo no se hizo nada por evitarlo, como si la agonía estuviera prevista, como si sufrir fuera parte del plan. El equipo no alteró su idea (salir tocando), aunque las balas le afeitaban las patillas. No importaban los sobresaltos o lo que eso aproximara al adversario al gol, mucho, por cierto. En la pizarra, quiero suponer, aquello terminaba bien. No me atrevo a decir si eso hizo que el miedo (o Belcebú) se apoderara de Varane, pero estoy seguro de que no ayudó a su paz espiritual.

El gol de Gabriel Jesús a los ocho minutos sentó como una broma pesada. Uno no se pasa meses esperando un partido tan imponente para verlo condicionado casi en la primera escena por un error tan burdo, en nada afectado por la mala suerte, tan machaconamente infantil. A Varane no le robaron la pelota; le chulearon la merienda. Y lo peor (todo es terrible) es que tuvo tiempo para advertir el peligro y para pulsar el botón rojo de los centrales en apuros (a tomar por saco el balón). Pero no hizo nada. Se dejó vencer como un débil niño de dos metros y después ni siquiera tuvo el coraje de arrancarse el pelo o de gritar todas las palabras malsonantes que existan en el idioma francés.

Si el Madrid empató es porque Benzema era el único convencido de que se podía pasar la eliminatoria, el único a la altura competitiva del duelo. Su cabezazo necesitó de un buen pase de Rodrygo, al que habrá quien salve por ese único mérito. Pero eso no es bastante. Diría que es hasta una miseria para un chico ante la oportunidad de su vida. No encaró ni una vez o no lo recuerdo. No tiró a puerta, no inspiró miedo. El suspiro es profundo y largo si nos ponemos a pensar en el revuelo que hubiera generado Vinicius por la banda. Y eso necesitaba el Madrid, revuelo, algo que desbordara los límites del tablero en el que tan cómodo se maneja Guardiola.

Lo sé, quizá he sido demasiado duro con Rodrygo, pobre muchacho, pero tiendo a esperar mucho de los presuntos genios. Y me equivoco con frecuencia. Asensio es un magnífico ejemplo.

Me dirán que Hazard tampoco dio la talla y es muy cierto, pero al menos le adiviné alguna intención durante la primera mitad; después sólo advertí que seguía en el campo movido por la desesperación de Zidane, falto de soluciones más allá del golpe aislado de talento.

En el segundo gol de Varane (perdón, del City), el pánico se olió mucho antes que la pólvora. Primero falló en un balón por alto y luego su cerebro se cargó de pensamientos negativos. Con esa cabeza repleta de viscosidades nocivas intentó ceder al portero, flojo, mal y triste.

Ni antes ni después, el Real Madrid tuvo más ocasiones del City, ni se puede afirmar que se apoderara del juego, ni que inquietara al rival. Es más, la impresión general era la de un equipo que se sentía muy satisfecho de haber ganado la Liga y no demasiado insatisfecho por quedar eliminado de la Champions. Y eso es un pecado mortal si se viste de blanco y sólo algo menos si se viste rosa. Para un equipo como el Madrid, la Liga es el torneo del aseo y la puntualidad. La pasión reside en la Copa de Europa y ahí es donde uno se gana el cielo o las mazmorras, ese lugar donde Varane tiene esta noche suite nupcial.

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