Ya lo aviso, voy a hablar de barbas. Averiguar quién fue el primer ciclista barbudo de la historia es una cuestión, cuando menos, ardua. A falta de mayores precisiones, el primero en salir en la foto fue el francés Jean Dargassies, uno de los participantes en 1903 del primer Tour de Francia. En una de los retratos de la carrera luce un mostacho bien poblado y lo que parece una barba rubia, aunque quizá fuera sólo una perilla. La teoría de la barba cobra fuerza si pensamos que Dargassies se presentó en la salida procedente de Grisolles, cerca de Toulusse, a 650 kilómetros de París. Hasta allí llegó en su bicicleta y sin haber disputado jamás una carrera ciclista, detalle al que no daba la menor importancia: “Soy herrero, no me preocupa el cansancio”.

Dargassies, en 1903.

Y tenía razón. Dargassies terminó el Tour undécimo, a 13 horas 49 minutos y 10 segundos del ganador, Maurice Garin, campeón bigotudo, como era costumbre en la época. El belga León Scieur, vencedor en 1921, fue el último ganador sin rasurar.

Las barbas se extinguieron hasta el cambio de siglo, cuando corredores como el pistard australiano Sean Eadie las pusieron de moda. Hay quien dice que los ciclistas fueron los primeros hípsters y es fácil que sea cierto. Las barbas hipsterianas se empezaron a ver en torno a 2010 y Eadie se proclamó campeón mundial en 2002 con una frondosa pelambrera facial. El namibio Dan Craven hizo gran parte de su carrera (2009-2019) con una espesa barba pelirroja y en 2015 asistimos a la consagración barbuda: el italiano Luca Paolini ganó la Gante Wevelgem y el alemán Simon Geschke una etapa del Tour.

Sean Eadie.

Ante la proliferación de las barbas, se hizo un estudio en el túnel del viento para comprobar si causaban algún perjuicio aerodinámico. Y sí, aunque leve. Se calculó en un segundo de pérdida por cada 40 kilómetros, más que el rozamiento provocado por el casco. El estudio dio base científica a una suposición, algo que no ocurrió cuando se dijo que fue la coleta de Fignon la que le hizo perder el Tour de 1989 por ocho segundos, mucha pérdida para una crono de 24’5 km.

Pero centremos el tiro. Quiero dejar claro que no habló aquí de las perillas (Pantani la lució en el Tour 98 y se la tiñó de amarillo) ni de barbitas recortadas como la de Ten Dam, que acostumbraba a llenar de mocos. Hablo de barbas rotundas, como la del francés Jerome Cousin, héroe sin premio en la tercera etapa del Tour 2020.

Cousin completó 182 kilómetros de escapada, lo que son muchas horas de barba. Atacó en la salida y fue capturado a 16 kilómetros de la meta. Ni por un momento dio pena. Ni se la dio él mismo. La sensación es que marchaba oyendo música, quizá algún grupo hípster. Su concentración en el esfuerzo era absoluta y su conciencia del fracaso también. En sus participaciones en el Tour ya suma más de mil kilómetros en solitario.

Lo cierto es que Cousin es un tipo singular. El confinamiento le sorprendió en Loulé, Portugal, cuando visitaba a su novia. En cuanto se levantaron las restricciones de movimiento, la pareja le puso alforjas en sus bicicletas e inició un viaje de 1.100 kilómetros que les llevó del Algarve a Lisboa en una ruta que bordeó parte de la frontera española. Cuando había algún pueblo bonito, paraban a verlo. Emplearon 43 horas y gastaron 26.000 calorías sobre la bici (no hay registro del gasto en otras actividades).

A la espera de que aparezca en escena la barba yihadista de Geoffrey Soupé, compañero de Cousin, la etapa concentró su interés en asuntos convencionales. Una escapada, un ganador al sprint (Ewan) y un premio a la desgracia. El francés Anthony Perez tuvo que retirarse cuando era virtual rey de la montaña por causa de una sucesión de catastróficas desdichas (pinchó, fue arrollado…) que nos recuerdan que la suerte es más importante que el talento. No hay más que observar a los políticos de por aquí y de más allá.

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