Ha vuelto el Tour, fuera de fechas y en extrañas circunstancias. Habrá quien lo considere menos Tour que otros años, pero siempre hubo bajas, caídas, descalificaciones o pájaras en mal momento. Basta con recordar, aunque sea a botepronto, algunos ejemplos. 

Prólogo 
Luxemburgo, naturalmente. Delgado había ganado el Tour anterior y tenía el honor de salir último. Muy último. Llegó a la salida 2:40 tarde. Hasta muy al final, era el ciclista con menos tiempo “real” aunque nunca llevó el amarillo. 

Indurain fue el contraste. Uno de sus Tours empezó con triunfo en el prólogo, lo que significó la rendición de todos sus rivales, que le reconocían ante cualquier micrófono como “el más fuerte”. El espectáculo quedaba para la lucha por el podio, un espectáculo menor. 

Contrarreloj por Equipos
Solo la ONCE era capaz de defenderse y competir dentro del pelotón español. En ese mismo Tour de Luxemburgo, Delgado era incapaz de seguir a su equipo. No había pasado nada en el Tour y ya íbamos nueve minutos por detrás de Fignon y Lemond. 

Etapas llanas
Julio, siesta. Nada que ver con nuestro ciclismo hasta la llegada de Óscar Freire. Indurain nos hizo ver las cronos y Freire nos hizo expertos en sprints. Un tipo que cuando marcaba una etapa en el calendario, la ganaba. 

Abanicos y pavés 
En julio mucho más necesario que en septiembre. Peligro que creaban belgas en holandeses y pillaban de pardillos a los ciclistas españoles y colombianos. Afortunadamente ocurrían con mucha menor frecuencia de lo temido y anunciado. 

El pavés de las clásicas belgas y francesas aparece por el Tour de cuando en cuando. En una de esas, Contador tuvo una caída y Schleck atacó. Indurain dio una exhibición en una etapa que seguía el final de la Lieja-Bastogne-Lieja, con el belga Bryuneel pegado a su rueda. Bruyneel ganó la etapa e Indurain destrozó el Tour. 

Escapadas bidón 
Como aficionado nunca entiendo que el pelotón permita que un grupo se vaya 25 minutos por delante. Es uno de esos pactos que sólo los ciclistas y sus directores entienden. Ya no hay que defender el amarillo; solo hay que esperar a que estos se caigan de maduro en las primeras montañas. Si Chiappucci no se hubiera precipitado, habría ganado el Tour así. Pereiro —dopaje de Landis mediante— sí se hizo con el Tour. 

Estas escapadas crean otro problema. La televisión tiene que seguir al pelotón, desinteresado y nada competitivo, con 25 minutos por llenar. ¿Otra siesta?

Contrarreloj individual
También eran etapas de siesta y miedo. Siempre se trataba de que Delgado o Arroyo se dejasen menos de dos minutos ante los malignos foráneos que nos impedían ganar el Tour. Aunque había algún brote competitivo, como Gorospe, fue Indurain el que puso la contrarreloj en el mapa. Sus disputas con Bugno y Rominger fueron del más alto nivel. 

Alpe d’Huez
Dentro de las etapas de montaña, esta merece atención especial. Allí acabaron o se cimentaron sueños y se asoció a la leyenda del maillot amarillo: quien vestía la prenda tras la etapa, vencía en Paris. Con el tiempo surgieron las excepciones a la regla. Allí se hundió Delgado y nunca logró ganar la etapa. Si ganó su Tour Carlos Sastre, dejando atrás a los Schleck, compañeros de equipo y rivales al mismo tiempo. 

Cronoescalada 
Estas cronos nos gustaban incluso en la era pre-Indurain y sin embargo ocurrían con menos frecuencia que los abanicos. Perico Delgado se hizo con el control del Tour de 1988 con su triunfo en Villard-de-Lans. Aquel sería el primer Tour de mi generación, los que no vivimos el de Ocaña en el 73. 

Montaña 
El ciclismo español está lleno de leyendas por los Alpes y los Pirineos. Altos y bajos como los perfiles de la etapa, dramas y triunfos. La etapa que gana entre la niebla Delgado, su apodo de El Loco de los Pirineos. El descenso de Indurain con Chiappucci a su rueda que le hizo ganar su primer Tour, un ataque en equipo del Orbea con Cabestany para que Delgado ganase su etapa, victorias desde lejos de Escartín o un ataque de Delgado en aquel Tour que empezó mal en Luxemburgo. Días en los que no se liman las diferencias o en que los favoritos decepcionan y dejan las batallas para otras cumbres. Indurain llevando a sus rivales al infernal ritmo que él quiere o días con aguacero como el año pasado, cuando Bernal ganó el Tour, monte pelado en el Ventoux o nieve en las altas cumbres. Esos son los días que uno se puede pegar horas y horas ante la televisión. 

París 
Suele ser un día no competitivo y por tanto, para mí, intrascendente y poco interesante. Salvo que el Tour acabe en una contrarreloj, como el año que Fignon perdió una ventaja de 50 segundos en 8 kilómetros contra el americano Lemond. Entonces odiaba a Fignon; después me cayó mucho mejor. Un tipo inquieto y espectacular en la carretera y muy Jekyll y Hyde fuera de ellas. 

Subtramas de la carrera
Hinault juró venganza cuando Lemond, su compañero, ganó el Tour evitando el sexto del caimán. Armstrong no se tomó bien la victoria de Contador ni los hermanos Schleck la de Sastre. Pereiro ganó el Tour mucho después de pasar bajo la última pancarta de meta, como Andy Schleck, porque el doping es lo que tiene, que lleva su tiempo. Quizá este año Ineos nos haya privado de algunas intrigas palaciegas no llevando a Froome y Thomas, con Bernal como jefe único. 

La carretera nos suele ofrecer giros inesperados, y este año el coronavirus ofrece un peligro adicional, como si los abanicos o los descensos a 90 por hora no fuesen suficiente. Habrá que prestar atención. En septiembre las opciones de siesta desaparecen. 

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