Lo fascinante del Tour, o gran parte de la fascinación que provoca, parte de su sometimiento a la naturaleza más despiadada, ya sea en forma de montañas, diluvios o temperaturas asfixiantes. Visto de esta forma, añadir la presencia de un virus cabrón no debería alterar en exceso la carrera, si acaso sumará un factor más de eliminación: los contagios. Los equipos con dos positivos (ciclistas o staff) serán expulsados y podrían correr el mismo destino sus contactos más cercanos si así lo determinan los rastreadores (Prudhomme for president). Es más: se recomienda a los médicos de cada formación que excluyan a los corredores al menor síntoma. Quienes echan de menos las viejas cribas de los fuera de control tendrán este año su ración de sangre y vísceras. Quién sabe si llegarán medio centenar de ciclistas a París.

El Tour es una burbuja ambulante con otras miniburbujas dentro. El número de componentes por equipo se ha reducido a treinta, incluidos ciclistas y staff. La norma general es que sólo se puede entrar en la gran burbuja con el beneplácito de dos controles PCR que se repetirán en los días de descanso. De momento, Lotto Soudal ya ha mandado a casa cuatro miembros de su staff después de que uno diera positivo y otro registrara un resultado sospechoso. Sus compañeros de habitación también han sido invitados a marcharse. Con los ciclistas se doblarán las medidas de prevención: serán examinados antes y después de cada etapa y los resultados serán compartidos con el equipo médico de la carrera. Una unidad móvil Covid-19 seguirá al pelotón a modo de coche escoba.

Las mascarillas serán obligatorias para los corredores antes y después de las etapas, incluido su uso en autobuses y automóviles. El personal que entregue las bolsas de avituallamiento también debe llevarlas. Cada equipo ocupará zonas reservadas en los hoteles y de acceso controlado. Los míticos donjuanes de piernas depiladas deberán guardar estricta abstinencia (ver Roberto Pagnin, Gigi El Amoroso).

Todos los traslados de la caravana ciclista se harán por carretera, algo que no sucedía desde 1960, cuando se introdujo el primer desplazamiento en tren (Burdeos-Mont de Marsan). Tampoco habrá viajes en avión, estrenados en 1971 a la conclusión de dos etapas, ni incursiones en países extranjeros, otra novedad en los últimos cincuenta años.

Los contactos con los aficionados estarán prohibidos, aunque no se correrá un Tour “a puerta cerrada”, al menos en principio. Se restringirá el acceso en las salidas y en las llegadas, y el control será máximo en las dos primeras etapas alrededor de Niza. Francia ha alcanzado los 97 contagios por 100.000 habitantes y Niza forma parte de los 19 distritos declarados “zona roja”. Por esta razón, se recomienda a los aficionados que vean las primeras escaladas del Tour por televisión. Tanto en Pirineos como en Alpes el acceso estará limitado y vigilado. Resultará entrañable ver al viajo Diablo del tridente con mascarilla.

El objetivo del Tour se resume en dos palabras: “Cero errores”. Una aspiración imposible. Desde que volvió el ciclismo postconfinamiento media docena de los ciclistas que han sido expulsados de diferentes carreras por dar positivo fueron en realidad “falsos positivos” como se demostró en pruebas posteriores, todas negativas. Es mejor no imaginar qué sucedería si al maillot amarilla le ocurriera algo parecido.

Es curioso. Hablamos de positivos y nadie piensa en positivos por dóping. El virus del ciclismo ha sido sustituido por otro de ámbito general y el único consuelo es que las plegarias de siempre también sirven ahora: por favor, que el Tour no lo decida un análisis. O mil.

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