El partido había terminado 10-1. El Salvador, el derrotado, dejó en España al Mágico González y la vencedora, Hungría, un récord de anotación que no evitó su eliminación en la primera ronda del Mundial 82. A mis 10 años había descubierto el fútbol y consumía todo lo que podía. Recibí mis primeras nociones a través de un cómic llamado Historia de la Copa del Mundo 1930-1982, prestado por un amigo —lo devolví, por cierto— que llegaba justo hasta las puertas del Mundial de España. 

De las múltiples lecturas de aquel tebeo me quedé, entre muchas cosas, con las historias del Wunderteam —el equipo maravilloso— de Austria y el Aranycsapat —la escuadra de oro— de Hungría, ambas sin el título que su fama y nivel presagiaban, especialmente en el caso de los magiares. 

Como en todo lo referente al fútbol, la primera semilla se plantó en las islas británicas. Los ingleses lo inventaron, los escoceses empezaron a jugar raso y en Budapest, Jimmy Hogan, un entrenador y exjugador inglés que no pudo hacer carrera en las islas, le dio el salto de calidad y empezó a diferenciar el fútbol británico del fútbol del Danubio (principalmente entre Budapest y Viena, pero extendido a través del entonces vasto imperio austrohúngaro). 

Un cambio en las reglas del fútbol obligó a los entrenadores a pensar variaciones tácticas. Con el fuera de juego marcado por tres jugadores —y no por dos, como ahora—, la táctica 2-3-5 era más un sistema defensivo que ofensivo que dejaba al rival fácilmente en fuera de juego. La respuesta al cambio de ley fue la llamada WM, un 3-2-2-3 en el que las dos parejas del mediocampo jugaban con forma de cuadrado. 

En Inglaterra el tercer defensa era un central más, pero Hogan y su club, el MTK, lo usaron como el primer jugador creativo, lo que favorecía el juego de asociación. El modelo cuajó en el imperio austrohúngaro y sus clubes empezaron a ganar reputación. Un tour por Estados Unidos del Hakoah de Viena, un club de origen judío, inspiró la creación de una exitosa liga profesional en América que colapsó con la crisis de la bolsa de Nueva York de 1929. Que un club como el Ferencvaros pudiera ir a Brasil de gira a dar lecciones de fútbol resulta hoy imposible. Sin embargo el fútbol brasileño le debe mucho a esa gira. Y el uruguayo…

Dori Kurschner fue jugador del MTK de Hogan y entrenador del Flamengo. Impuso su WM y colocó a su mejor pasador en el centro de la línea de tres. Para su desgracia, su asistente y traductor, Flavio Costa, había sido el anterior entrenador y se dedicaba a hacerle de menos ante la prensa. Sólo una vez que hubo abandonado el club, Costa reconoció la importancia de Kurschner. 

Entre Brasil y la zona del Río de la Plata se movía Imre Hirschl, apodado El mago. Con una carrera como futbolista poco clara, hizo su entrada en el fútbol sudamericano como masajista y se fue haciendo cargo de clubes: Gimnasia, River o San Lorenzo. Con Peñarol, en Uruguay, hizo debutar a Gigghia, que un año más tarde marcaría el 1-2 del Maracanazo. Hirschl pudo haber sido seleccionador uruguayo entonces, pero Nacional, el club rival, se opuso. 

Italia fue posiblemente el mayor importador de entrenadores húngaros. Arpad Weisz fue entrenador de Inter y Bolonia y hasta la fecha es el entrenador campeón más joven de la Serie A (34 años). De origen judío, la llegada del fascismo y la Segunda Guerra Mundial le hicieron huir con su familia a Holanda. Allí fueron detenidos y enviados a Auswitchz, donde fueron ejecutados. 

El mismo camino pudo haber seguido Erno Erbstein, arquitecto del Gran Torino. Afortunadamente le fue negada la entrada a Holanda y volvió a Budapest. Consiguió, junto con Guttmann, escapara de la persecución a los judíos. El final de Erbstein estuvo en Superga. 

El fútbol húngaro fue azotado por el nazismo y la Segunda Guerra Mundial. Recuperado de aquello, el entorno comunista facilitó la acumulación de talento en un solo club, el Honved, dirigido por el seleccionador nacional, Sebes. Aquella fue la base de la Aracnysapat, una selección invencible, famosa por su 3-6 en Wembley seguida de un 7-1 meses antes del Mundial del 54. Tras cuatro años sin perder, fue justo en la final de aquel Mundial donde todo se fue al traste. 

Kubala había dejado el país antes, rumbo a Italia. Evitó de casualidad el accidente de Superga y acabó en el Barcelona. La mayor rigidez del régimen comunista dispuso el cierre de las fronteras y aprovechando distintos torneos internacionales —el Honved jugaba contra el Athletic de Bilbao—, varios jugadores del MTK, la selección sub-21 y el propio Honved decidieron no volver. Puskas fue al Real Madrid, Czibor y Kocsis al Barça. De un plumazo se cerró la cadena de producción de jugadores. 

Quedaba Guttmann, un tipo que entrenó en todas partes y cuyas salidas eran siempre conflictivas. Con el Benfica puso fin al dominio del Madrid en la Copa de Europa: ganó al Barça en Berna, donde Hungría perdió el Mundial, y al año siguiente venció al Real Madrid. Un bonus no pagado por el club lisboeta creó la leyenda de una maldición: se le atribuye a Guttmann decir que el Benfica no ganaría una final europea en 100 años. Van 58. 

El fútbol húngaro tampoco ha sido capaz de volver. Sus historias están recogidas en un magnífico libro de Jonathan Wilson, periodista inglés y colaborador habitual de The Guardian, que aún no he podido encontrar en castellano. Su versión original se titula Names Heard Long Ago.

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