No fue el único que lloró esta noche en Colonia. Pero las suyas eran las más sentidas. Una redención merecida porque el orgullo estaba dañado y el prestigio soterrado cuando hace poco más de nueve meses arribaba a orillas del Guadalquivir. Julen Lopetegui lloraba y volaba (manteado por sus futbolistas) a partes iguales en la noche más maravillosa de su vida. Es el primer gran título europeo de su trayectoria como técnico, en un Sevilla que encadena el sexto cetro europeo de una competición que ya no tiene secretos para él.

El idilio con la Europa League, como suele ocurrir con los romances, conoció todas las etapas. Y fueron en la tempestad y en la tormenta cuando más y mejor supo aferrarse al partido el Sevilla. Los hispalenses necesitan que el viento sople en contra, que el abismo asome ante ellos, y que Lukaku sembrara el pánico a cada zancada para sobreponerse con personalidad y contundencia a cada golpe. Dio igual que el primer zarpazo llegará en el amanecer del partido y de penalti o que el segundo lo diera un enconado rival de antaño, Diego Godín.

El Sevilla, esbelto y orgulloso como la Giralda, se mantenía en pie. Lo hacía a través de la brújula de Banega, a quien alguien debería recordarle que en Arabia Saudí no hay pescaíto frito, ni Feria de Abril, ni Maestranza, ni puente de Triana. Bien lo sabe Jesús Navas que supo volver a tiempo para hacer de la banda derecha su patio de recreo. Por ahí empezó a virar el partido el Sevilla, aunque fueron esta vez fueron otros, actores secundarios, en este gran Sevilla orquestado por Monchi y dirigido por Julen, los que inscribieron sus nombres para la historia. Primero Luuk de Jong, largo como un junco, que ha resistido durante la temporada toda clase de críticas y dudas. Sus dos cabezazos en la final fueron luz en mitad de la tormenta.

Llovía menos cuando Bono salió al rescate de los suyos. Otro hombre de vestuario que sabido esperar su oportunidad y dar lo máximo cuando le ha tocado ponerse bajo palos. Su presencia resulta imprescindible para entender este título sevillista, a través de sus actuaciones en cuartos y semifinales. Hoy le negó la gloria a Lukaku cuando la estampida de bisontes amenazaban con llevarse por delante a los sevillistas. Nunca sabremos si otro entrenador que no hubiera sido portero antes hubiera gestionado así de bien la lesión de Vaclick. Por si acaso ahí, miren a Lopetegui.

A la planta noble sevillista también le corresponde su presea. Diego Carlos es uno de esos fichajes made in Monchi (como Ocampos, como el propio Vaclick o como Koundé) de los que se presentan en la élite cuando el director deportivo sevillista les bendice. Su temporadón fue coronado con una genialidad más propia de un nueve que de un central. Su chilena encumbra su valentía y vuelve a confirmar una máxima: los delanteros centros no están hechos para defender. Lukaku tocó lo suficiente el remate del central brasileño para desviarlo a gol. El mal fario neroazzurro tampoco se iba a perder la final de Colonia.

Y la fortuna seguía sin abandonar al Sevilla. Como si desde arriba Reyes y Puerta confabularan para que los suyos mantuvieran inmaculada la estadística. 6/6 en finales de Europa League para dominar una competición en la que han levantado cuatro trofeos (2014, 2015, 2016 y 2020) en los últimos siete años. La guinda fue ganarle esta al todopoderoso equipo de Antonio Conte. Al abanico táctico y el furor competitivo que imprime el técnico italiano a sus equipos se sumaba en esta ocasión una inversión económica que tenía cotas mayores. Pensado para reconquistar Italia y volver a pisar con fuerza en la Champions, esta noche no pudo con un Sevilla que ha encontrado su Edén en esta competición. La misma que ha sacado a Lopetegui del purgatorio para lanzarlo al cielo estrellado de Sevilla. Hoy es él quien presume orgulloso de su equipo.

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