Necesito que hagas las cosas muy mal a partir de ahora, Leo.

Equivócate mucho, por favor, hazlo por mí.

Ojalá te comportes como la peor persona de la faz de la tierra.

Quiero que te graben insultando a una anciana que emocionada se te acerque para saludarte.

Deseo que apartes con desdén a un niño que entre lágrimas te venga con una camiseta antigua, del año del triplete, y no se la firmes, contrariado. Y todos lo veamos.

Seré feliz si, por fin, te animas a cantar el himno argentino, pero fallas con la letra.

Me llenará de alegría verte una mala actitud con tus nuevos compañeros de equipo, no sería la primera vez, pero ahora la lupa será mayor.

Me calmará detectar tu cara de duda tras fallar un penalti en el último minuto.

Me vendrá muy bien que te encares con tu nueva afición el día en que te piten por no ser el que fuiste con nosotros. Por cierto, sería fantástico que no lo seas, no es nada personal.

Por más que lo pienso, Leo, no encuentro otra posibilidad para que sobrellevemos tu marcha.

Me agarro al burofax, al 2-8 y a los últimos años de la Champions para ver si así olvido todos los éxitos, los goles, y la cara de felicidad de mi hijo al llevar tu número 10 en la espalda.

La vida es breve. Ese ha sido siempre mi consuelo cuando me han roto el corazón, aferrarme a la hoja en blanco que te brinda el destino y así animarme a salir para que me pasen cosas y vivir nuevas aventuras románticas. ¿Pero qué ocurre cuando la persona que te abandona es el amor de tu vida? ¿Qué esperanza te puede quedar para no desear terminar con todo?

La única que se me ocurre es que no lo sea. Que te hayas equivocado.

Si te deja, no es el amor de tu vida.

Sé que es un mal argumento, pero es el único que me aferra a la supervivencia y me voy a agarrar a él. Puedes estar seguro.

Si te vas, Leo, es que no eras tú el futbolista de mi vida, y para que esta teoría tenga algún sentido es necesario, casi imprescindible, que seas una mala persona pública de ahora en adelante.

Hazlo por mí, por nosotros, por los tuyos.

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