Estalló la bomba. Messi se marcha del Barcelona. Así se lo comunicó a la directiva a través de un burofax. La eliminación de la Champions a manos del Bayern con un escandaloso 2-8 fue seguramente la gota que colmó el vaso de su paciencia. El mejor jugador del mundo, con un gen competitivo sólo al alcance de los elegidos en cualquier deporte, no ha soportado la humillación de ver cómo su equipo se arrastraba por el césped. Él mismo fue blanco de criticas feroces por el escaso rendimiento ofrecido en una competición que hace tiempo que el club no gana y que al principio de temporada se comprometió a conquistar ante miles de seguidores.

Desde que se conoció la noticia han surgido voces de todas partes que afirman que existen otros muchos motivos que pueden justificar un adiós que hará que los cimientos del Camp Nou se resquebrajen. Sin embargo, sólo la cabeza y el corazón de Messi conocen cuál es el verdadero motivo de una decisión que no tocaba.

Messi es muy inteligente. Su mente va a mil por hora. En cada partido intuye y ve situaciones mucho antes que los demás; encuentra los espacios incluso antes de que aparezcan. Hasta sus compañeros se siguen asombrando. Con el balón en los pies es la excelencia pura y hace bueno el dicho de que no hay un zurdo malo. No obstante, sus recursos físicos empiezan a flaquear.

Donde está tu mente está tu cuerpo, afirmaba Nelson Mandela. Y Leo está experimentando que a su cuerpo cada vez le cuesta más que esa conexión se produzca a la velocidad que el fútbol actual requiere. La alta intensidad ha venido para quedarse y exige a los jugadores unas prestaciones a nivel articular y muscular que Leo ya no es capaz de repetir por encima de las 250 veces en los más de 60 partidos por temporada que se juegan cada tres días. En el encuentro contra el Bayern caminó bastante mas de lo que corrió y sus esfuerzos explosivos con balón y sin balón apenas existieron.

Es el jugador mejor del mundo y nadie lo pone en duda. Mete muchos goles y los seguirá metiendo. Pero el reloj del tiempo no se detiene para nadie. Messi tiene 33 años y según la fisiología del esfuerzo a partir de los 30 la sarcopenia (el cambio del músculo por grasa) avanza inexorablemente. Cada vez le costará más exprimir su velocidad porque con el tiempo disminuye la frecuencia cardiaca máxima. La consecuencia es que su volumen de oxigeno máximo y su volumen por minuto se verán comprometidos. El índice de masa corporal (IMC) aumenta cada año y esto obliga a que el entrenamiento de la potencia muscular deba ser muy minucioso y muy constante para que las frenadas y los cambios de dirección (algo habitual en el juego de Leo) eviten las lesiones musculares.

Quizá todo este cúmulo de circunstancias hayan podido influir en su decisión. Tal vez haya sido determinante para que quiera poner pies en polvorosa.

Seguirá jugando al futbol y lo disfrutaremos con el equipo al que vaya. Se especula con el Manchester City de su amigo Guardiola. Y no es mal destino. Su juego pausado le favorecerá. Pero el canto del cisne se acerca. Escúchalo Leo. ¡Qué tontería! Si los genios no escuchan a nadie…

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