Hubo un momento, allá por el año 2003, que el Barça llegó a darme pena. Después de cuatro temporadas sin ganar un título, de celebrar una clasificación agónica para la fase previa de la Champions con un golazo de chilena de Rivaldo en el último minuto, de organizar un desfile de entrenadores, de soportar cómo el Madrid le quitaba a Figo para inaugurar la presentación de un galáctico cada verano, de ver cómo los blancos instauraban el efecto cremallera de ganar un año la Champions y al siguiente la Liga, de soñar con la Copa de la UEFA y el ‘Camí a Goteborg’ que se quedó a medias, llegué a desear que se recuperaran, que los títulos sabrían mejor ganándoselos a ellos en lugar de a la Real Sociedad, al Deportivo o al Valencia. Lo que vino después fue un escarmiento por ser buena gente.

El Barça resucitó a lo grande con Rijkaard, Ronaldinho y Eto’o, mientras implosionaba el universo blanco de tantas estrellas. De repente, ellos corrían y los nuestros andaban. Ganaron un doblete Liga-Champions mientras Florentino abandonaba la fiesta, en la que sólo quedaba el confeti pegajoso en el suelo. Uno disfrutaba más viendo al Barça, cómo podían jugar así.

Se empezaron a autodestruir pero llegó Guardiola para reconducirlo a tiempo y hacerme pasar los años más angustiosos como madridista. Elegiría el 2-6 como la peor derrota que he vivido como aficionado blanco. Esa sensación de no saber por dónde está entrando el agua y verlo todo inundado. Qué crudeza.

Las temporadas posteriores en inferioridad hasta que Mourinho construyó, con sus armas, nos gustaran más o menos, un Madrid competitivo al máximo nivel. Pero ni entonces vi a los blancos mejores. Tuvieron que añadirse tres Champions a las vitrinas del Bernabéu para que por fin, como también confesó Piqué, sintiera que el Madrid podía barrer al Barça: fue en la Supercopa de 2017, y fue un espejismo. Ese equipo se fue descomponiendo como sólo el Madrid sabe: ganando la Copa de Europa a final de temporada.

Ahora parece que el Barça va cuesta abajo y sin frenos, y yo quisiera empujarles más aún. Me parece el mejor elogio que se puede hacer a sus últimos 16 años de historia. En el partido contra el Bayern, quería que les cayeran más goles todavía según marcaban los alemanes. Otro, otro. Seguro que algún culé también lo deseaba: las derrotas esconden excusas, las debacles alumbran revoluciones. Pero ésta no contará con mi pena por ellos.

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