«Lo importante no es ganar, sino participar, porque lo esencial en la vida no es el éxito, sino esforzarse por conseguirlo».  Barón de Coubertin, fundador de los Juegos Olímpicos modernos.

Pierre de Coubertin fue un pedagogo, alguien que entendió el disfrute de competir haciendo algo, un deporte, por el mero hecho de participar en la competición. En 2020 parece que hablar de pedagogía y deporte profesional en la misma frase es imposible. El resultado ha devorado al juego y solo vale “ganar, ganar y volver a ganar”, aquello tan mediático como poco educativo —y tan frustrante— que repetía Luis Aragonés.

Escuché a Vicente Del Bosque hace unos días decir que estábamos creando una juventud que no entiende la derrota, a lo que yo añadiría que ni está preparada para ella. En esta sociedad canibalista ya no disfrutamos de haber bien algo por el simple placer de hacerlo. Solo valoramos el éxito que da la victoria. Ganar es el único fin y lo único que produce satisfacción.

En cualquier juego o deporte, se dispute por equipos o individualmente, da igual si es profesional o amateur, sólo puede haber un ganador, un primer lugar, una medalla de oro. Sin embargo, quedar el primero o el octavo, ser finalista o semifinalista, ganar, perder o empatar es simplemente una contabilidad. El resultado se da después de que suceda todo lo divertido y emocionante, porque en el deporte —como en el amor o en la guerra— lo importante es estar en el campo de batalla.

De este afán por la victoria como principio y fin de todo han surgido los resultadistas, esos  aficionados, periodistas y dirigentes que no ven más alla del resultado y que entienden que lo justifica todo. Los jugadores que eran ídolos perfectos en la victoria pasan a repudiados en la derrota, el entrenador pasa de genio a mediocre, el acierto en una acción convierte pésimos planteamientos en grandes argucias tácticas.

Lo más cruel es que muchas veces el resultado no depende del juego. El fútbol, por ejemplo, es un deporte que permite realidades imperfectas, como el hecho de que jugar mejor no te asegure la victoria. Demasiadas veces, el resultado y el juego conviven en mundos paralelos que no se entrelazan. El deporte es el viaje; Ítaca es solo el resultado.

Si nos centramos en el fútbol, observaremos que su entorno se ha llenado de resultadistas. Y la tendencia ha calado en el aficionado, que solo disfruta y valora a su equipo en base al resultado, no en función del juego desplegado. Lo mismo ocurre con las ideas y los proyectos, el éxito o fracaso se basa únicamente en datos cuantitativos. Lo importante es ganar. Diseñar un proyecto y transitar ese camino es algo secundario en el análisis. La idea de “ganar, ganar y volver a ganar” se ha instalado como verdad única y ha matado proyectos muy interesantes y arruinado la carrera de jugadores muy prometedores.

El resultado no debería tiranizar el análisis ni la visión del aficionado. Para  quienes piensan que la diferencia entre una derrota y una victoria es el marcador, propongo la escena final de la película Rocky: terminado el combate, ¿quién ha ganado y quién ha perdido? Por eso, cuando alguien tras un partido me pregunta «¿qué tal?», mi respuesta siempre es “bien, divertido” o “mal, aburrido”. Nunca respondo “bien, hemos ganado” o “mal, hemos perdido”, porque bien o mal, divertido o aburrido, no son consecuencias de ganar o perder.

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