Dicen que sus intervenciones eran milagrosas, así que supongo que esa será la razón por la que se refieren a Iker Casillas como el “Santo”. Cuántas portadas habremos visto con ese titular. Este adjetivo permite referirse a una persona destacada que carece de toda culpa, que está llena de bondad y que, además, tiene una relación especial con las divinidades. No dudo de que Iker Casillas guarde alguna de esas virtudes, pero mejor será no meterse en los terrenos de la divina providencia.

El éxito de Casillas es mucho más sencillo: un niño de nueve años criado en la cantera del Real Madrid que buscaba cumplir un sueño que poco a poco se fue convirtiendo en muchos y cada vez en más grandes. Un soñador empedernido que hubiera sido un regalo para Sigmund Freud. Los sueños se acompañaron a lo largo de los años de mucho trabajo y capacidad de sacrificio. Pertenecer a un club como el Real Madrid es sinónimo de exigencia y espíritu ganador, pero también de humildad y respeto, valores que pocos como Iker Casillas han sabido interiorizar para convertirlos en sus señas de identidad. Veintidós años jugando al máximo nivel con aciertos y errores. La vida sería muy aburrida sin errores y, en el fútbol, más aún.

Iker Casillas debutó en San Mamés con tan solo 18 años. Una edad insultante. El Real Madrid, el Oporto y la Selección Española han tenido la suerte de contar con el mejor portero de la historia del futbol español y probablemente uno de los mejores del mundo. Sus 23 trofeos conseguidos a lo largo de su carrera no dejan lugar a dudas: Mundial, Eurocopa, Champions League, Liga, Intercontinental, Copa del Rey, Supercopa y así hasta completar un palmarés único. Hablar de suerte sería un insulto a la inteligencia. Sus paradas son patrimonio de este país y pesadillas de muchos delanteros. Berbatov y Robben podrá dar fe de muchas noches en vela.

Siempre fue una pieza clave en los equipos que estuvo. Un portero de los llamados de la vieja guardia: reflejos, intuición, concentración, fuerza mental y capacidad de liderazgo. Más de mil partidos oficiales, jugador que más veces se ha puesto la camiseta de la Selección y cientos de paradas icónicas que hoy son historia del fútbol. Su personalidad, sencillez y naturalidad le han hecho ser un líder muy especial y representar mejor que nadie los valores del deporte. Llegó a ser uno de los personajes mejor valorados de este país, donde se popularizó el nombre de Iker. Cosas que tiene el fútbol.

Aquí es donde entra su especial relación con las marcas. Muchas se acercaron a él con el fin de ser más atractivas a sus consumidores: Adidas, Mahou, Reebok, Gillette, BBVA, Arriaga Asociados, Sportium, Pelayo, la desaparecida Groupama —El “Me siento seguro” es legendario— y otras tantas. No es de extrañar, ¿Quién no quería tomar una cerveza una persona así?

Poco se habla de su faceta solidaria. Supongo que por su forma de ser no ha hecho ruido con la Fundación Iker Casillas, una entidad sin ánimo de lucro que apoya a las personas más necesitadas de forma seria y honesta. O su última aparición apoyando una marca: Idoven, una startup española de cardiología deportiva. Supongo que esta última iniciativa tendrá mucho que ver con sus pasados problemas de salud.

La carrera deportiva de Iker Casillas ha concluido y es buen momento para agradecer y poner en valor la trayectoria de un jugador que es ya leyenda del fútbol, símbolo de una generación y, sobre todo, un buen ejemplo de para la sociedad. El fútbol no debería perderlo de vista. Su aspiración a presidir el fútbol español o los últimos movimientos de regreso al Real Madrid son buenas noticias. Quizá ahora, desde otra posición en el fútbol, podamos confirmar su santidad. Su nombre de origen vasco significa «portador de buenas noticias». No iban mal encaminados sus padres cuando se lo pusieron.

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