Los madridistas hemos aguardado pacientemente durante los quince años de la era Messi. Quince años de sufrimiento, hostigados de manera persistente —unas veces con mayor intensidad y otras con menos—, sudando sangre para lograr cada título.

Afortunadamente, a lo largo de la travesía no escasearon los triunfos blancos, pero cada uno de ellos nos dejaba tentándonos la ropa cuando sonaba el pitido final, un poco incrédulos ante el desenlace feliz, como si la tragedia teñida de azulgrana fuese el guion por defecto de nuestras vidas. Una sensación de fatalismo se apoderó de los más jóvenes, los millennials, a los que haber crecido en un ambiente de estrés permanente acaso nos atrofió el legendario optimismo innato propio del madridismo.

De modo que, después de quince años de tensión constante, y en vista de los sucesivos ridículos del Barcelona en la Liga de Campeones, culminados en los odiosos ocho del otro día del Bayern —el apelativo no es baladí: Flick se da un ligero aire a Tarantino, quizá con menos mentón pero desde luego con idéntico gusto por la sangre ajena—, los merengues podíamos al fin descansar un poco. Si tras el terremoto de Lisboa de 1755 un personaje de Voltaire afirmaba en su Cándido que “vivimos en el mejor de los mundos posibles”, el segundo terremoto de Lisboa nos hacía sentir de una forma similar: solo había que cambiar a Pangloss por Coutinho. La contemplación reiterativa de un Messi hundido en las eliminatorias europeas, impotente, nos hacía soñar con varias temporadas más del argentino caminando por el césped en las jornadas decisivas. Eso sí, ingresando cien millones de euros en la nómina por meterle espléndidos goles de falta al Tenerife y al Éibar.

Tras quince años cotizando en el ministerio de la tortura, ahora tocaba disfrutar un poco; se podría afirmar que los madridistas millenials nos habíamos convertido en pensionistas antes de llegar a la treintena.

Pero, de la misma manera que un elemento externo e impredecible como un virus puede acabar con el sistema de pensiones, una sacudida inesperada perturbó en la tarde de ayer nuestra prometida paz. Lionel Messi, poco convencido por un Koeman que no debe de tener en la retórica la mejor de sus armas, había comunicado al club que no quiere continuar. De inmediato nos invade una sensación de desconcierto, e, instalados en la desconfianza, esperamos la intervención de un Arias Navarro que confirme el deceso. Sin embargo, la directiva actual del Barça no cumple ni los mínimos cánones que requieren los villanos: uno se imagina a Bartomeu caminando en círculos en su despacho mientras llegan las horcas caudinas, no se sabe si encomendado a Gaspart o a Doraemon, y siente hasta lástima. Transcurren las horas y no hay declaración pública oficial, si bien los medios afines indican que el Barcelona ha respondido a Leo también por burofax, pidiendo que lo reconsidere y que acepte acabar su carrera en el club catalán. Resulta llamativo el contraste entre el canal elegido para los mensajes, más bien gélido, y el tono y contenido suplicantes: cuelga tú, tontín. Aunque mientras la junta culé pone ojos lastimeros, por otro lado tiene al gabinete jurídico escudriñando el contrato y se afana en calcular el precio mínimo que pueda salvar sus cabezas.

Mentiría si negase que los madridistas disfrutamos con el espectáculo. Parece claro que el esperpento se saldará con la marcha del presidente, del jugador o incluso de ambos. La tradicional capacidad del Barça para autodestruirse, etcétera. Y sin embargo, un punto de prudencia nos impide entregarnos del todo al goce de vislumbrar el edificio enemigo en llamas. El pesimismo que el mejor jugador de la historia nos inoculó a la fuerza durante quince años nos hace temer que tras la catarsis pueda reconstruirse, bien con los millones de su venta invertidos en savia nueva, bien con la reestructuración de un organigrama disfuncional, un Barcelona distinto al actual, que garantizaba horas bajas en el futuro próximo. Se trataría de la última victoria de Messi, y llegaría después de muerto. Algo que no debería sorprendernos en absoluto, pues no cabe duda de que el del argentino será un cadáver que probablemente seguiremos alanceando otros quince años. No vaya a ser que, horresco referens, el día menos pensado haga la gracia y se levante.

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