“Jugad el partido, no la ocasión”. Es una frase habitual en el futbol inglés, tratando de extraer a los jugadores del peso adicional de un partido, tratando de normalizar la situación. No estás jugando la final de la Copa de Europa, la posibilidad de llegar a Europa por primera vez, un partido clave para el descenso, la final de la Eurocopa y la posibilidad de que tu país gane un título por primera vez. Es un partido más. Bélgica no debía dejar que eso le abrumase; se trataba de jugar contra Polonia, aunque fuese en Wembley, ante la mirada del mundo, ante la posibilidad de llevar una etiqueta de fracasados para el resto de su carrera, quizá para el resto de su vida.

Bélgica era la favorita y en ellos debería caer el peso de la ocasión. Polonia ya había hecho bastante con llegar hasta aquí y tenía la oportunidad de jugar sin presión, siempre y cuando olvidase que quizá habría que esperar varias décadas para tener una ocasión similar. Jugad el partido y no la ocasión.

Los favoritos aceptaron de buen grado su responsabilidad y desarrollaron una gran primera parte. Kevin de Bruyne llevaba las manijas del partido, dominando al medio campo polaco. Hazard ponía el peligro y Lukaku debería certificarlo. Si no pudiera ser el delantero del Inter, vigilado muy de cerca, entonces lo tendría que hacer el propio Hazard. Una vez más, centrado, recibido el balón de De Bruyne, hizo una pared con Lukaku, al que sujetaba un defensa polaco, y recibió el balón en el punto de penalti. Mientras Lukaku caía y reclamaba penalti, Hazard driblaba la salida de Szczesny. Catorce minutos de partido bastaban para poner a Bélgica por delante.

De Bruyne seguía dando clases de futbol y se hacia claro ganador del Balón de Oro del torneo, con permiso de los patrocinadores y de las rarezas de estos trofeos. Un disparo suyo, bien escondido en el defensa que salió a taparle, pegó en el palo. Otra jugada suya, de nuevo en combinación con Hazard, le ofreció una oportunidad más para probar desde la frontal del área. Su disparo duro y bien colocado fue despejado, a duras penas, por Szczesny, pero a los pies de Carrasco, que, sin mayores dificultades, empujaría el 2-0 con el que llegaríamos al descanso.

El fútbol tiene tópicos que no son del todo verdad, como que es más fácil jugar con 10 y que en 2-0 es el resultado más peligroso que puedes tener a tu favor. Tienen algo de sentido, aunque ningún entrenador elegiría quedarse con 10 o ir perdiendo 2-0, por cuanto que jugar con 10 implica mayor concentración y determinación, y porque cuando un 2-0 se convierte en un 2-1 se pueden generar dudas en el equipo que vivía cómodo con sus dos goles de renta. Pronto pondríamos la segunda de esas teorías a prueba.

Fue tras una jugada intrascendente, un balón mal despejado y el oportunismo de un 9 letal: Lewandowski recogió el balón suelto y sin pensárselo dos veces batió a Courtois, 2-1, con más de 35 minutos por delante. Bélgica había empezado la segunda parte relajada, demasiado, y de ahí el error del gol. Entonces empezaron a jugar la ocasión y mientras Polonia intentaba remontar un partido. Es curioso como jugadores tan expertos como los belgas se vieron tan comprometidos por una simple acción, una de esas que cambia un partido.

Polonia no tardaría en empatar. Witsel, Alderweireld y Vertonghen se hicieron un lio tratando de sacar el balón jugado. Zielinski lo recuperó y conectó con Milik. Este vio a Lewandowski solo, demasiado solo. Su disparo fue certero, tranquilo, pegado al poste. Batió a Courtois porque quizá se sabía en fuera de juego. Así al menos lo pensó el juez de línea. La revisión del VAR, sin embargo, dio por valido el empate. Los jugadores belgas protestaban: el juego se había detenido, el gol no debía valer. Otra de las frases clásicas del futbol: juega hasta que oigas el silbato.

Polonia jugaba con ilusión y Bélgica con miedo. El fútbol tiene esos momentos donde una acción puede cambiar la historia. Grosicki se había desecho de Meunier con facilidad y su centro fue, quizá, demasiado fuerte. Lewandowski estiró su pierna pero la puntera no alcanzó el balón. Ahí estuvo. Lo supo Courtois, que vio el balón alejarse, lo supo Lewandowski, que no pudo alcanzarlo. Ese era el momento en que Polonia pudo ser campeona.

Kompany aplaudía y animaba a sus compañeros. El público belga despertaba y se volvía más ruidoso que el polaco. De Bruyne volvía a aparecer. Sus pases empujaron a Polonia hacia su área y suya seria la ocasión, en el minuto 88, de cambiar la historia: A 35 metros de la portería, el golpe franco era demasiado centrado. Szczesny optó por poblar la barrera, quizá demasiado. De Bruyne aprovechó para, como un prestidigitador, esconder el balón el máximo tiempo posible. Cuando apareció por encima del lado de la barrera que no cubría el portero ya era demasiado tarde.

……….

Durante la escritura del torneo me ha mantenido fiel a la idea de ir escribiendo lo que ocurriese sobre la marcha, aunque si tenia alguna condición, autoimpuesta, que cumplir. El torneo no lo iban a ganar, por diversas razones, España, Francia, Portugal o Inglaterra, aunque sí quería que tuviesen cierto protagonismo. España por evitar el chovinismo y el pasteleo, Inglaterra por ser el lugar donde vivo (y porque a un par de colaboradores les daría un ataque), y Portugal y Francia porque eran los vigentes campeones de Europa y el mundo. Turno para otros.

Así, el cuadro del torneo, que no quise manipular, tenía una serie de condicionantes que dieron con Polonia en la final gracias a los inagotables goles de Lewandowski. Si Austria o Suiza, por decir, hubieran tenido un delantero así quizá ellos hubieran sido los finalistas. Llegada la fase de cruces, empecé a pensar que la final sería un Italia-Bélgica, y ya veríamos quién ganaba. El cuadro dejó aquel cruce para los cuartos de final, donde me apetecía una prórroga jugosa, como la del Francia-Alemania del 82. El 4-4 es una exageración, pero un día es un día.  Decidí en el momento que los penaltis los ganase Bélgica porque a Italia le queda mejor el traje de derrotado en esas lides. Con jugadores como De Bruyne, Courtois y, si está en forma, Hazard, más el liderazgo de Kompany, Bélgica parecía el ganador ideal del torneo.

Dentro de un año veremos las diferencias entre fantasía y realidad.

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