El 29 de agosto de 2019, en su edición internacional, el New York Times destacaba en su portada que en Indonesia los jockeys se retiran a los diez años; que China buscaba en LinkedIn posibles espías; que un proyecto trataba de hacer visible online las colecciones privadas de arte y que tanto Trump como Xi podían ganar la guerra comercial. El tipo perfecto de noticia: podías leerla tranquilamente o dejarla de lado sin remordimiento. Ninguna mención todavía al coronavirus.

Ese New York Times, junto con tres periódicos nacionales generalistas y uno económico, estaban expuestos en una repisa a la entrada de la cafetería Gran Clavel, del hotel Las Letras, con la elegancia y el orgullo del pescador que sabe que ha traído el producto más fresco. Un bufé irresistible para el que, además de un cortado, necesita el chute de energía de un buen párrafo para despertarse del todo y buscar ese placer único de ser el primero en pasar las páginas del periódico elegido.

La cafetería, como otros locales, lleva tiempo cerrada. Con un poco de imaginación puedo verme ahí sentado, en una silla alta junto a esa mesa alargada, desde la que se puede ver la calle y que tiene la altura perfecta para leer el periódico: ni demasiado alta para no saber dónde poner las manos, ni demasiado baja para obligarte a inclinarte sobre el periódico. 

Sí, había que aceptar el peaje de unas canciones de fondo de los setenta, supongo que del gusto de los viajeros extranjeros que se alojaban en el hotel, y el precio más alto de la zona por un cortado. Pero eso no importaba. Ahora echo de menos esas canciones y todas las monedas que no me he gastado ahí no han servido para pagar cafés en otros locales. Están en un pequeño cuenco como ofrendas a la deidad encargada de proteger la rutina.  

Es posible que esa mañana las camareras me comentaran que tenían que disfrutar de esa calma de agosto porque ya en septiembre regresaría el ajetreo con los turistas. Pero eso todavía quedaba lejos. Había tiempo para colocar con tranquilidad trozos de mantequilla en cuencos blancos. Girar las botellas para que todas enseñaran bien sus etiquetas. Hablar de los días que todavía quedaban de vacaciones.

Podías coger el periódico y dejarlo. No llevabas mascarilla. No tenías que mantener la distancia de seguridad. No te pedían que pagaras con tarjeta. Lo que llegaba de China eran los mensajes con los que los servicios de inteligencia trataban de establecer contacto en LinkedIn con futuros enlaces. El fin de la novela negra clásica: en vez de mandar a agentes para convencer a un determinado objetivo, se quedaban en su país y escribían.

Camino por Madrid en agosto, bajo un sol que no concede ni la tregua de la sombra. Parece que la realidad, que vuelve a medirse con cifras de contagios y de muertes, dejará de lado los matices para expresarse con una intensidad ante la que no hay defensa ni filtro.   

Silencio y calor. Y, en medio de esta situación, el inesperado optimismo que provoca ver que, en una pastelería que había cerrado, los responsables de Sala de despiece van a abrir un nuevo restaurante. La imagen es anacrónica: albañiles trabajando en el interior del local, materiales en la puerta. Me quedo un rato mirando como el que da con un pequeño oasis y se sienta bajo unas palmeras a refrescarse.

Basta alejarse unos metros para regresar al terreno conocido. Detrás de esas verjas, como en una hibernación estimulada por el calor, los negocios esperan a que el escenario de fuera cambie. Sabemos que hay algo que se acerca, pero no nos podemos servir del incremento de los tonos agudos para, por el efecto Doppler, saber a qué distancia se encuentra de nosotros. Nos vendría bien algo de ruido para situarnos y anticiparnos. Pero la física no es aplicable en este caso para medir la dimensión del desastre cuando solo tienes silencio.

Los expertos ya anuncian cómo será la situación económica en otoño, pero, como siempre, su discurso, por narrativo, tiene poco impacto. Falta ese detalle que lo convierta en expresivo para que lo hagamos nuestro a través de la imaginación. A veces sobran algoritmos y faltan zapatos.

Para mí, ese detalle, del que me doy cuenta pronto, pero del que no soy consciente hasta que pasa un buen rato (y que me permitiría calibrar mi poca inteligencia), es la ausencia de carteles en las puertas anunciando el periodo de vacaciones. No hay hojas con las fechas de inicio y de final escritas a mano y subrayadas, pegadas con un trozo de celo en cada esquina en un rito en el que se piensa el resto del año. No hay ninguna indicación. No hay nada.

Otros años era inevitable fijarse en esas fechas y sentir envidia por el que acababa de marcharse y cierta pena por el que estaba a punto de regresar. Ese mismo impulso que, frente a una lápida, te lleva a calcular la edad del que está enterrado para compararte con él. El cartel, en todos los casos, te recordaba que lo que estabas viviendo era una tregua veraniega y que, pronto, todo volvería a ser como antes.

Esa ausencia de carteles hace que este silencio no sea ese acostumbrado de agosto, de siesta, sudor, café con hielo en la mesilla y ventilador negando suavemente desde alguna esquina en penumbra. El silencio que utilizaría Machado para escribir un poema sobre una mosca. El silencio en el que el tiempo se frena al caminar sobre arena caliente y la productividad se mide por las cosas que dejas de hacer.

Este silencio es distinto. Es el que te encuentras en la calle cuando sales de tu escondite temiendo que alguien te haya delatado y todo está detenido. No hay gente paseando. Ni coches circulando. Nada. Caminas hasta el centro de la calle y miras a ambos lados. No ves a nadie, pero sabes que estás rodeado. Como si fueras un agente doble y los servicios secretos chinos hubieran dado contigo finalmente.

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